Jorge Larraín: “Estamos en un período de crisis de la identidad chilena”

El sociólogo examina los factores individuales y colectivos que dan hoy sentido a lo nacional. Y observa que en este aspecto queda poco a lo cual aferrarse.




Pasó hace no mucho, pero parece que fue hace tanto. Corría la primera quincena de septiembre de 2008 y a lo largo de la Av. Providencia, de Plaza Baquedano al Oriente, se desplegaban cientos de pendones en los postes de luz: lucía en ellos la larga y angosta faja de tierra, abrazada por una bandera nacional extralarga y una leyenda -"Chile, uno solo"- llamando a participar en la fiesta dieciochera de la comuna, aún a cargo del coronel (R) Cristián Labbé.

Doce años después, coronavirus mediante, no hay en Providencia ni en el resto de Chile pendones que promocionen endieciochamiento alguno. Ahora, si estuviera en curso la fiesta masiva de Fiestas Patrias, si hubiera tales pendones, difícilmente transmitirían ese mensaje monolítico de unidad nacional. Menos después de octubre pasado, cuando más de un millón de personas se convocaron en la mencionada plaza, ya rebautizada, sin que la simbología de la nación chilena tuviera gran participación (más la tuvo la wenufoye, la bandera mapuche) y sin que un gran eje identitario, político o no, aunara a los presentes. Más bien lo contrario.

En sus versiones individual y colectiva, la identidad -quién se es, a qué se pertenece, a qué se adhiere- ya era en 2008 cuestión de primera importancia en la investigación social, y en 2020 asoma por todos lados. Y cuando a los ritos de la chilenidad les llega su hora, incluso en medio de una pandemia, cabe preguntarse por lo que acostumbran celebrar y evocar. Por su presencia y su latencia. También por su sentido, más aún como están las cosas.

¿Qué elementos significativos comparten, en este escenario, los habitantes de este territorio? Hace más de un siglo, cuando lo propiamente nacional parecía ser tema acuciante, Nicolás Palacios se preguntó por la “raza chilena”. Décadas más tarde, Hernán Godoy abordó con otro tenor y otros métodos el “carácter chileno”. Y despuntando el nuevo milenio, el sociólogo y académico Jorge Larraín Ibáñez hizo lo propio al publicar Identidad chilena (2001).

Desde entonces este volumen, que conoció una edición revisada en 2014, es número puesto para abordar “lo chileno”: lo que subsiste y lo que se ha reformulado; su lugar en los discursos públicos y en la percepción ciudadana. Y hasta su propia existencia, tal como la ve Larraín, hoy profesor emérito y presidente del directorio de la U. Alberto Hurtado.

Si los ritos pueden expresar un concepto tan esquivo como el de identidad chilena, ¿qué pasa con ellos, y con esa identidad, en un “18” con restricciones sanitarias?

En general, todas las identidades nacionales cumplen con cierta ritualidad donde se expresa el significado que tiene esa cosa que llamamos identidad: se manifiestan sentimientos y al mismo tiempo se reaniman las historias, las narrativas de la nacionalidad. Son cosas importantes. Los seres humanos somos esencialmente ritualísticos, en el orden espiritual y hasta en el fútbol. Todo tiene sus ritos: para marcar el sentido de comunidad, de expresar lo que somos, por lo que uno deduce que, cuando la expresión de esa ritualidad es frustrada por acontecimientos como el que estamos viviendo, que impide las fondas, impide las reuniones grandes, las salidas de la gente, eso tiene un resultado en el ánimo, una cierta frustración por no poder expresarse.

Son días de desborde, de fiesta masiva, de música. ¿Qué puede implicar su ausencia?

Que eso tenga una proyección mayor, lo dudo. Los seres humanos hemos aprendido que tenemos que adaptarnos a ciertas situaciones de la vida donde hay cosas más importantes que otras, como mantener la salud y no provocar un colapso nacional con personas muertas. Eso tiene preeminencia y, por lo tanto, uno está dispuesto a no ser expresivo en esta oportunidad.

En paralelo, ¿hay algo en los símbolos de lo nacional que esté en tensión, especialmente después de octubre?

No sólo son los signos externos y rituales, también lo que está más abajo. Podríamos decir que estamos en un período de crisis de la identidad chilena. Este es un momento de preguntas sobre lo que somos, y ya nadie se atrevería a hablar del “Chile, uno solo” tan fácilmente como quizá pudo hacerlo antes. De todas maneras, uno siente algo con la chilenidad, aferrándonos a las pocas cosas que van quedando en común (por ejemplo, qué va a hacer la gente el “18”, si se va a preocupar de la comida, de las empanadas, del vino, de la música). Todo eso que se puede mantener, sin ofender ni ofenderse mucho, se va a mantener, pero las grandes expresiones comunes solidarias no son ya tan habituales. Tenemos un período de mucha violencia, y lo que está detrás de esa violencia es una rabia contenida muy importante. El país ha tenido, a ojos de mucha gente, grandes fracasos, y por lo tanto hay un sentido ya no sólo de desazón, no sólo el malestar de la cultura, sino explosiones de rabia destructiva, y no es algo que haya empezado súbitamente el 18 de octubre. Es algo mayor y marca, ciertamente, un cambio cualitativo.

Por lo tanto, esta es una fecha en la cual nuestra identidad está en juego, en que la gente está redefiniendo los parámetros de esa identidad. Estamos en un proceso de búsqueda y de intranquilidad, y la pregunta por quiénes somos realmente está saliendo de nuevo. En tiempos de tranquilidad, de paz, la gente celebra con los ritos tradicionales mucho más fácilmente. Ahora nada es tradicional: no existe una unidad nacional aparente, ni en las comunas ni en el Parlamento, ni en el gobierno, ni en la oposición ni en ninguna parte. Las divisiones crecen por todos lados, hay un problema que ciertamente afecta la identidad, que desata un proceso de nueva búsqueda, de necesidad de reconstrucción.

Identidad, subjetividad, colectividad

En Identidad chilena plantea Larraín que “las versiones públicas de identidad emergen con mayor fuerza y reciben más aceptación en los períodos de estancamiento, cuando bajan los índices de desarrollo, de bienestar, en suma, cuando hay una crisis”. Qué tan emparentada se encuentran esas crisis con lo ocurrido localmente en los últimos 11 meses, o qué tan identitario ha sido el uso del término, son factores para considerar el día de hoy. Pero también hay que mirar para adelante (y para atrás).

Para el autor, “vienen desafíos a los criterios tradicionales, a las versiones o relatos tradicionales de lo que éramos. Qué lejos estamos de esa idea idílica del huaso y de la trilla, y de los fardos de paja y de vestirnos de huaso y bailar cueca, como les gustaba hacer a muchos alcaldes”. Pero eso no significa que haya un reemplazo o que esté claro el discurso alternativo: “Está la búsqueda, hay atisbos, expresiones contra lo que tenemos, rabias que explotan, pero es un proceso más largo el reconstruir formas de convivencia, modos de ser, de trabajar juntos”. El agua está “muy movida”, piensa, y no cree tener capacidad predictiva para saber en qué va a terminar todo.

Lo nacional, la República, ¿son vistos hoy como el maquillaje de un país fragmentado? ¿Por ahí va la crisis?

A partir de 2010 se ve una crisis con dos elementos. Una es la crisis de la democracia representativa, que trajeron con mucha fuerza los secundarios, que empezaron a cuestionar eso de los representantes. Empezó el asambleísmo, y la asamblea tenía que revisarlo todo, y ahí se les complicó el panorama a las negociaciones en todos lados, porque nunca se podía estar seguro de con quién se estaba negociando. La gente deja de creer porque los representantes como que traicionan, o eso es lo que piensa la masa: traicionan los principios, dejan abandonada a la gente, y se dedican a ganar plata.

La otra pata del conflicto que se estaba cocinando es esa sensación de desigualdad y abuso, que empieza por un problema de sueldo, de pobreza, pero también de abuso de las isapres, de las farmacias, de los supermercados. Y a eso, hacia finales de la primera década del siglo XXI, se agrega la sensación de rabia por el fracaso de las expectativas que se tenían tan altas, con que la reforma educacional iba a ser el caballo sobre el cual íbamos a llegar galopando a formas mejores de igualdad. Y la gente ya no se satisface con palabras sobre el espíritu republicano, sobre la democracia. Ahora prima el grupo en la calle expresando su rabia, e inevitablemente esa rabia está acompañada de gestos muy influidos por lo que hemos sido en los últimos 40 años; es decir, por el neoliberalismo, como se vio con el retiro del 10% de las AFP, que se hizo desde perspectivas muy de propiedad privada, de esta platita es mía y nadie me la toca. Una visión curiosa, no muy colectiva, de cómo vamos a superar los problemas que tenemos con las pensiones.

¿Ve una subjetividad muy fuerte definiendo esta nueva etapa de lo identitario?

Hay mucho de eso, y por eso un sentido más colectivo de identidad, con un relato claro y un conjunto de sentimientos claros que lo acompañan, está siendo desafiado en este momento. Es un momento de preguntas, más que de soluciones o de definiciones, acerca de lo que somos y de las maneras en que nos concebimos. Hay, yo diría, una creciente atomización y una expresión bastante particularizada. Hay una variedad tan grande de motivos individualizados, que cuesta ver un proyecto detrás que una a todos. Lo que uno ve, más bien, son causas comunes de la rabia, como el fracaso de la educación como igualadora de oportunidades.

¿Estamos dando por sentadas cuestiones que no deberíamos?

Lo que uno da por sentado, a veces deja de estarlo. Las identidades no son esencias permanentes, las cosas están cambiando y uno sabe, al estudiar las identidades colectivas, estas tienen importancias relativas y cambiantes en el tiempo. Hubo una época en la cual la religión católica era definitoria de la sociedad y de las personas, pero eso ha tenido un derrumbe en poco tiempo. Hay ciertas identidades colectivas que dejan de tener preeminencia para la definición de la gente, y puede haber una pérdida del sentido nacional: que a la gente le importe menos.

¿Qué le agrega la inmigración a este escenario?

Nuestras formas migratorias habían sido muy contenidas, y de repente eso se soltó con la llegada de peruanos, bolivianos, venezolanos, haitianos. Empezamos a tener, no tanto problemas culturales, en el sentido de que “no me gustan, porque tienen otro acento”, sino de competencias más básicas, de que “no me vayan a quitar las cosas”. Un poco como pasó hace unos días en el barrio Meiggs con ambulantes haitianos y chilenos peleando. Es otro pelo en la sopa espesa que es ahora nuestra nacionalidad, un desafío más a nuestras concepciones de los elementos que influyen en la construcción de nuestra identidad.

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