La cicatriz de Polimá

Antes de convertirse en un fenómeno musical y que Ultra Solo sonara por el mundo, Polimá Miguel Orellana tuvo que entender quién era luego de que su padre biológico abandonara a su familia. Esos años formativos, en que buscó a sus otros hermanastros y se apoyó en su abuelo, forjaron el carácter de la estrella del trap nacional.


Natalia Orellana (47) supo que sería madre por primera vez cuando llevaba cuatro meses de embarazo. “Fue una noticia inesperada, porque no tenía síntomas”, dice. En ese momento tenía 22 años. Hace poco había terminado de estudiar Cosmetología y encontrado trabajo. Vivía, desde los 11 años, en la población Juan Antonio Ríos de Independencia junto a sus padres. Esa fragilidad la asustaba.

“Yo estaba sola, no tenía pareja -recuerda Orellana-. Iba a ser mamá soltera y no sabía cómo salir adelante económicamente”.

El padre del niño se llamaba Jostario Miguel. Era un angoleño que había llegado a Sudamérica escapando de la guerra civil que azotaba a su país. Trabajaba como marino, pero en Chile se ganaba la vida como electricista. Fue en ese tiempo en que se conocieron con Orellana. Nunca hicieron una vida juntos. “No estuvo presente. Era mujeriego”, admite ella. La relación nunca funcionó, a pesar de que lo intentaron.

El hijo de Miguel y Orellana nació el 29 de agosto de 1997. Le pusieron Polimá Ngangu, palabras que significan “respeto” e “inteligencia” en lingala, idioma hablado en África Central. A la madre le gustó cómo sonaba, pero le hizo más sentido cuando vio el rostro de su niño. “Su carita era especial, entonces no le podía poner un nombre chileno”, cuenta.

Jostario Miguel no estuvo muy presente en la crianza. Ni siquiera económicamente. Según Orellana, dejaron de verlo cuando Polimá tenía cuatro años. Ese abandono al principio no marcó su personalidad. Polimá Miguel, según su madre, era un niño tranquilo, “un poco mamón” y muy querido por los vecinos de la población.

“Era una novedad por su color. Pero nunca tuvimos problemas con eso”, dice.

La madre de Natalia, Georgina Canto, también se separó de su pareja en ese tiempo. Pero no estuvo mucho tiempo soltera. A Antonio Vásquez, un cerrajero, lo conoció en un club de tango que frecuentaba. Ambos se enamoraron y terminaron viviendo juntos en la casa de Independencia. En esa nueva dinámica familiar, Vásquez tomó el rol de figura paterna y de soporte económico. Eso lo acercó a su hijo, cree Orellana: “Antonio recitaba poesías y se las dedicaba a Polimá. Hablaba de su risa, de cuando él jugaba y saltaba”.

En el colegio Presidente Alessandri, de Independencia, Polimá Miguel se hizo amigo de un compañero: Ignacio Pérez. Su padre, Aldo Pérez, estaba viudo hacía un año. Trabajaba levantando estructuras metálicas. Con Orellana entablaron una amistad en las reuniones de apoderados, mientras sus hijos ensayaban coro en el colegio. A los dos años de conocerse, comenzaron una relación. Cuando les dieron la noticia a sus hijos, Polimá se puso celoso. “Me decía que solo la tomara de la mano”, recuerda Pérez hoy, entre risas. Él y Orellana tuvieron tres hijos. Las familias se juntaron en la misma casa de Independencia. Lo que fascinaba a Polimá, dicen sus padres, era que la familia de Aldo Pérez era numerosa. Con tanta gente dando vueltas, era imposible sentirse solo.

Con sus hermanastros jugaba a imitar artistas de reggaetón. Incluso grababan videos, cantando sobre las pistas originales. Empuñando un micrófono que compró con los billetes de mil pesos que le pasaba Aldo Pérez, Polimá imaginaba que cantaba como Ñengo Flow y De La Ghetto: dos artistas urbanos que admiraba en esa época.

Aún así había algo que le faltaba.

En cuanto tuvo acceso a Facebook, y entendiendo la fama que tenía Jostario, trató de encontrar a otros de sus hermanos en esa red, buscando a personas con el apellido Miguel.

“Me acuerdo que estuvo como tres horas metido, hasta que los encontró”, asegura Ignacio Pérez.

Polimá mandó solicitudes de amistad y un mensaje a cada usuario del que, pensaba, podía ser familiar. Decía: “Hola, ¿cómo estás? Parece que somos hermanos”. El mensaje le llegó a Makivavila “Makoli” Miguel, tres años mayor que él. Ambos se juntaron a comer completos en el patio de comidas de un mall del centro, donde también llegaron sus hermanos perdidos de la relación pasada de su padre: Lumengo, Joao y Aarón. El encuentro fue emotivo. “Nos abrazamos y la conexión fue instantánea”, cuenta Makoli. Ahí se pusieron al día. Él le contó que la relación de su madre con Jostario había durado 10 años. Que él nació en Brasil, pero luego de unos años todos terminaron en Maipú y que, como el angoleño trabajaba hasta tarde en la construcción, los dejaba en casas de amigos y conocidos. Incluso, le admitió Makoli, vivieron en un hogar de acogida. Su madre terminó dejando a Jostario por infiel. Luego del quiebre ella regresó con una de sus hijas a Brasil y él, con sus otros dos hermanos, se quedó acá. Toda esa historia, el patrón que su padre repetía en cada una de sus familias, remecieron a Polimá. De hecho, a pesar de que Jostario también llegó a esa reunión en el mall del centro, ambos no pudieron retomar la relación.

“Polimá trató de acercarse a él, pero nunca hubo interés. Así que, ¿para qué? El Aldo tapó todo eso malo y nos levantó”, indica Natalia Orellana.

Eso, de todas formas, Polimá Miguel lo había entendido antes.

Cuando tenía seis años, cuenta Aldo Pérez, el niño se le acercó y le pasó un papel. Tenía anotado un número de teléfono:

“Le dije: ‘¿Y esto?’”.

Polimá, dice Pérez, le contestó que era el número de Jostario. Así que el padrastro le dijo al niño que lo llamara.

“No, rómpalo -me pidió-. Ahora usted es mi papá”.

Ignacio Pérez recuerda que en ese tiempo sus papás se esforzaban para que no les faltara nada en la casa: “Mi papá nos iba a dejar en bici al colegio, porque no teníamos auto. Para las navidades los regalos eran juguetes y pelotas de fútbol. Éramos humildes, pero lo que nos importaba era estar todos juntos en familia”.

Veintiuno

Polimá Miguel necesitaba entender quién quería ser. Antes de terminar el colegio, su primer impulso fue buscarse la vida como futbolista. Viajó a Linares a jugar como delantero en un equipo de la zona, pero una patada en el muslo lo lesionó. Luego, trató de probarse en otro equipo en San Felipe, pero no quedó: una decisión que consideró injusta. Todo eso lo llevó a pensar que su respuesta no estaba ahí.

En Linares, Joao, su hermano mayor que había bailado en Mekano, le presentó a un cantante urbano llamado Shelo. Una noche subieron al escenario para probarlo como corista. Más allá de que nunca había cantado profesionalmente, todos se dieron cuenta del magnetismo que emanaba. A través de Shelo fue que conoció a Claudio Vargas, un joven productor de trap conocido como El Ambidieztro. Vargas se dio cuenta de que Polimá tenía un desplante especial: “Era como que controlaba al público. Tenía una vibra única, un magnetismo que contagia”, describe.

Cuando volvió a Santiago, Polimá siguió viviendo con sus abuelos en Independencia. Intentó un camino más tradicional, entrando a estudiar Ingeniería en Electricidad, en Inacap. Pero nunca dejó de trabajar en shows como corista, haciendo las voces de apoyo para otros artistas. Sus padres veían eso como un pasatiempo mientras sacaba su carrera, pero al cuarto año Polimá les dijo que iba a dejar los estudios para dedicarse por completo a la música. La decisión los sorprendió. “Nos dijo: yo creo que en dos o tres años voy a ser famoso”, recuerda Aldo Pérez.

De la mano de Vargas nacieron las primeras canciones de Polimá Westcoast, que fue el nombre artístico que adoptó. Era 2018, un momento en que en Chile el trap era algo de nicho y no lo pasaban en las radios. De hecho, les pagaban $ 20 mil pesos por cada presentación.

En esas primeras giras y presentaciones, Vargas fue conociéndolo más. Sobre todo, del apego que sentía por su abuelo, Antonio Vásquez: “Era como su papá”, admite.

Abrirse paso en ese mundo del trap, en bares y salas lejos de Independencia, obligaba a Polimá a distanciarse de Vásquez. A veces por noches y a veces por días completos. En ese momento estaba, cuando al abuelo le diagnosticaron un cáncer de próstata. Cuando obtuvieron los exámenes, los médicos le informaron a la familia que ya estaba ramificado. Su deterioro, por lo mismo, fue rápido.

Antonio Vásquez falleció en Colina, el mediodía del 21 de agosto de 2018, a los 73 años.

Polimá Miguel había cumplido 21 hacía una semana. Estaba grabando canciones ese día. Por eso, no alcanzó a llegar a despedirse.

“Él siempre se quedó pensando en eso: por qué no vino -lamenta Orellana-. Estaba ocupado, pero dice que podría haber dejado esas cosas para otro día”.

Claudio Vargas sí estuvo con Polimá ese día. Dice que se encerró mucho rato en su pieza. Luego bajó con los ojos llorosos y una idea de canción. La grabaron y la subieron a YouTube. La titularon 21. La letra recordaba su relación con Vásquez, su abuelo adoptivo y figura paterna. También era su forma de pedirle disculpas:

“Perdón si estuve ausente. No sé qué estaba pasando en mi mente. A veces el cerebro nos miente. Pero espero verte pronto para decirlo de frente”.

Polimá junto a su madre y a su abuela.

Renacer

La muerte de Antonio Vásquez no fue fácil de digerir. Para Polimá, después de haber crecido con un padre biológico ausente, no estar en los minutos finales del hombre al que había erguido como figura paterna podía ser demasiado doloroso. Según sus cercanos entró en un proceso reflexivo, durante algunos meses, en el que fue asimilando la pérdida. Cuando volvió a grabar, algo había cambiado: su energía era distinta.

“Le dio fuerzas para seguir adelante. Ahí dijo yo puedo seguir en esto -dice Orellana-. Entendió que había que vivir la vida y disfrutar el presente”.

2019 fue su año dorado. Sobre una pista producida por productores chilenos, Polimá pensó en una melodía. La tarareó en el micrófono y pegaba. Llamó a su amigo, el trapero Pablo Chill-e, y le hicieron una letra que hablaba sobre la calle y de salir adelante. Esa tarde nació My Blood: una canción que al día de hoy tiene 27 millones de reproducciones en YouTube. Ese éxito le cambió la vida: ese año lo llamaron a cantar en Lollapalooza y se presentó frente a un público, donde estaban su prima y abuela, que coreaban sus canciones. También lo contrató el sello Sony para distribuir su música. De esa reunión, recuerda su madre, volvió con un banano lleno de billetes. Los empezó a sacar sin parar. “Le pregunté qué estaba haciendo -dice Orellana-. Me dijo, toma, un regalo. Me pasó un millón de pesos”.

Con esa plata se compró un Mercedes Benz negro. Cuando empezó la pandemia, Polimá se mudó a una casa gigante en Colina. Invitó a todos sus hermanos a vivir con él. Hoy son parte de su equipo: su hermana Lumengo lo ayuda en el maquillaje, mientras que sus otros hermanos emprenden en la música.

Era como cerrar un círculo. A falta de Antonio Vásquez, él se había convertido en la figura paternal de su familia.

“Él quiere demostrarle al mundo que tiene algo que ofrecer -lanza Vargas-, y que, independiente de que cantes bien o mal, la música es arte y una expresión, y si tienes una idea, expláyate”.

Musicalmente, Polimá siguió mutando. Después de terminar su relación con Vargas, comenzó a trabajar con Diego Sagredo. Su nuevo mánager le cambió el estilo y le encargaron su nueva estética al artista visual Nase Monswang. La idea era dejar atrás la rudeza callejera, para convertirlo en algo más elaborado, con videos de mayor factura. Pero debajo de todos esos cambios, seguían las mismas heridas.

“El tema paterno es algo muy potente para él. No habla de eso, lo protege. Por eso sentía que había límites y no me involucraba mucho”, explica Monswang.

Esa nueva versión de Polimá fue la que produjo el hit Ultra solo, una canción que habla de soledad, redes sociales y amores rotos. La lanzaron el 14 de febrero del 2022: se expandió por discotecas de Europa y hasta a la misma Dua Lipa le gusta bailarla. La remezcla de ese éxito tuvo un valor simbólico. Polimá la trabajó con De La Ghetto, el mismo trapero que imitaba durante su infancia, en las calles de la Juan Antonio Ríos.

El dinero afirmó aun el cambio en la dinámica familiar: “Yo en un momento tuve un buen pasar y les traía zapatillas caras a los niños -cuenta Aldo Pérez-. El otro día me dijo, tío, ¿se acuerda cuando me compraba zapatillas? Ahora, ¿qué zapatillas quiere usted?”.

Todo eso pasa mientras Jostario Miguel sigue sin aparecer en su vida y viaja todos los días en bus desde su hogar en Melipilla hasta la obra donde trabaja en Vitacura, sin entender la dimensión del éxito del hijo que dejó cuando tenía cuatro años, ni mostrando interés en remediar esa ausencia.

Makoli Miguel aún no puede entenderlo.

Después de todos estos años, solo se le ocurre una razón para explicar que Jostario no quiera redimirse.

“Yo creo que tiene vergüenza de afrontar sus errores”.

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