Las astillas que dejó la crujidera de Lavín en la derecha

El revoltijo que provocó en la UDI, la irrupción de Matthei y la molestia de Piñera. Todos, ingredientes claves del nuevo golpe al tablero que provocó el alcalde al declararse socialdemócrata.




El Presidente Sebastián Piñera apuesta a que Joaquín Lavín, al final, no será el único candidato presidencial. Tal cual ha comentado en los últimos días en La Moneda, en momentos en que el alcalde UDI volvió a revolver el tablero por segunda vez en menos de 60 días al poner en duda la regla sacra del Estado subsidiario, reafirmar que va por el Apruebo y declararse socialdemócrata.

La primera vez que la derecha crujió este año por una intervención de Lavín fue a mediados de julio, cuando se subió al bando que apoyaba el retiro anticipado del 10% de los ahorros previsionales. Esa vez, el Mandatario se indignó. Su gobierno trataba inútilmente de frenar el proyecto y estaba a punto de encarar una serie de derrotas en el Congreso, que precipitaría una crisis y un nuevo cambio de gabinete. La lectura fue que Lavín inclinó la romana en contra suya, volteando a diputados y senadores UDI y RN que le dieron la espalda a Piñera.

Del enojo presidencial fueron testigos sus ministros políticos del “gabinete Blumel”, después de una de las votaciones en la Cámara de Diputados. En una de las reuniones de ese comité, Piñera dijo que su dos veces exministro había cruzado una línea. Se habló de populismo. El entonces jefe de Interior y el Segpres Claudio Alvarado también se molestaron y se lo hicieron saber a Lavín.

En esa cita no estaba el jefe de asesores presidenciales, Cristián Larroulet, viejo amigo de Lavín y uno de los “samuráis” originales que lo asesoraron en sus campañas presidenciales del 99 y el 2005. Pero tampoco le gustó -según el bando lavinista- que se matriculara con el 10%. Intentó disuadirlo.

Lavín, en todo caso, lo pensó mucho antes de hacerlo. Temía -cuentan en su entorno- que si la nueva ley provocaba efectos negativos en la economía lo culparan, así que los suyos, que lo respaldaron para dar el paso, sondearon pronósticos en el mercado financiero, en mesas de dinero y otros especialistas. De vuelta les respondieron que eso no pasaría, y que a lo más habría efectos futuros en las pensiones de las que habría que ocuparse después. Con esa garantía en la mano, se lanzó.

La noticia de la molestia del Mandatario llegó a oídos de los ahora exministros, con el agregado de que además habría dicho que “esta era la última”. Y también a los de Lavín y su círculo, que entre otros integran el exjefe del partido Ernesto Silva y el exalcalde Francisco de la Maza. Desde esa segunda mitad de julio en parte del oficialismo sospechan que desde La Moneda, en algún momento, se movería algún hilo para hacerle más difícil el camino al aún inconfeso aspirante a sucederlo. “O sacarán un candidato o un conejo del sombrero, o tratarán de hacernos pisar el palito”, advertían entonces.

Si Piñera tuvo algo que ver o no en que Evelyn Matthei saliera a intentar cortarle el paso a Lavín esta semana tratándolo de “populista”, desordenando el tablero presidencial y forzando a que el alcalde se autoexplicara los cuatro días consecutivos siguientes, solo lo saben ellos dos. En Palacio, en todo caso, dicen que el Presidente “no tiene favoritos”, que “los quiere a los dos” y que no quiere perjudicar a Lavín.

El dato duro es que, al menos desde el domingo pasado cuando el edil salió a marcar que estaba por el Apruebo -algunos sostienen que esto ocurre hace más tiempo-, los dos no han hablado. ¿Lavín le avisó antes? En el bando presidencial dicen que sí; en el otro, que no. ¿Con Larroulet? Tampoco.

Este ruido es uno de los tantos síntomas que está dejando la crujidera que dejó quien hasta ahora corre como favorito para el 2021. Partiendo porque esta vez parece haberse roto el tabú de que en las filas derechistas no se torpedea a Lavín en mar abierto porque, como le oyeron decir a la presidenta UDI Jacqueline Van Rysselberghe el mes pasado, al final es peor no tener candidato. El otro dato es que el gobierno ya ha encargado encuestas internas para medir a los aspirantes a la sucesión.

“¡Chao, amigos! No se dejen desinformar”

La semana acusó otros síntomas, como el empujón a que varios ministros se definieran políticamente y ante el plebiscito. Pero el principal, sin duda, fue la sorpresiva decisión de Matthei de salirle al paso en la presidencial. Ella y su entorno insisten en que fue una iniciativa propia, que definió la madrugada del martes 25 y comunicó a las 11 de la mañana de ese día a Gonzalo Cornejo -quien la asesora a ella y a JVR- y al histórico UDI Gabriel Villarroel. Ellos se lo transmitieron a la directiva.

La alcaldesa reiteró todos los días de la semana sus críticas a Lavín. “Se han ido acumulando cosas. La gota que rebalsó el vaso fue lo de la socialdemocracia, porque había cruzado un límite que ya no estaba dentro de lo tolerable”, dijo el viernes a radio Duna.

La molestia que cundía internamente en la UDI se vio apalancada por las severas críticas que realizó José Antonio Kast, y por la inquietud respecto del flanco que se deja abierto en la banda derecha del conglomerado para que éste crezca. Aunque pocos lo dijeron públicamente, los senadores Claudio Alvarado e Iván Moreira lo trasuntaron. “No fue el mejor momento para expresar ese concepto, porque hay tanta sensibilidad y polarización, que eso ha llevado a que haya mucha molestia”, reveló este último en un matinal.

Lavín sinceró lo mismo el jueves: “Sé que en mi sector esto me acarrea puros palos”.

En la UDI se han apurado a pedir que el choque Matthei vs. Lavín se maneje en paz. Eso solicitaron en el grupo de WhatsApp de la comisión política UDI el martes en la tarde. Pero la promesa duró poco. Al día siguiente, el alcalde se tuvo que salir del grupo “#UDI de Jaime y Simón”, uno de los tantos canales de mensajería del partido, luego de que le cayeran puros palos, como dice él.

En éste participa cerca de un centenar de personas, como Van Rysselberghe, el exlíder Pablo Longueira y una variopinta gama de militantes entre parlamentarios, alcaldes, dirigentes de base y otros. Sus últimas intervenciones en la prensa -incluyendo un malentendido respecto de si incluiría o no al comunista Daniel Jadue como ministro a partir de una pregunta en un matinal- desataron la molestia de varios de sus integrantes. Uno de los más llamativos, Eliecer Yévenes, hijo de Simón Yévenes, uno de los mártires del gremialismo junto a Jaime Guzmán: “Nadie va a votar por alguien que no convence”, dijo.

Tras varias imprecaciones, a las 12:05 Lavín tipeó “Chao, amigos! No se dejen desinformar. Prefiero no ser parte de esto. Un abrazo”, y dejó el grupo.

En la riña no intervino Van Rysselberghe. Ella no ha tomado partido (y no puede) entre Matthei y Lavín. Con la primera no tiene amistad ni complicidad. Con Lavín tiene confianza para hablarle sin intermediarios pero es una relación de idas y vueltas: en la segunda mitad de julio le dijo algo parecido a “no te pases” para advertirle que no le desordenara más la casa con el asunto del 10%. Pero lo hizo igual, provocando una derrota de la timonel gremialista porque su intento de castigar a los parlamentarios que votaron a favor -cosa que el alcalde no apoyaba- quedó en nada luego de que el Tribunal Supremo del partido no los sancionara.

Tampoco intervino Longueira. En el bando de Lavín ponen sus fichas en que si en los próximos días se la juega por el Apruebo, tal vez incline las cosas a favor suyo en un partido casi entero matriculado por el Rechazo y que hasta ahora le ha vedado al alcalde el acceso a la franja televisiva UDI.

Ese background con Piñera

Más síntomas. Con Matthei ya jugada y reiterando sus duras palabras casi a diario, el Presidente tuvo que instruir a sus ministros mantenerse al margen. Pero en el comité político hubo quienes le dijeron a Piñera que la mitad llena del vaso es que así se instalaban “otros temas”.

Como sea, Palacio mandó emisarios. El lunes, el ministro vocero UDI Jaime Bellolio llamó a Lavín para que le descifrara su jugada: éste le reconoció que quizás había usado mal el vocablo “socialdemócrata” (ese domingo respondió a esa pregunta que le hizo Mónica Rincón en CNN Chile). Al día siguiente, el alcalde publicó en El Mercurio una columna en la que aseguraba seguir siendo de “centroderecha”, pero esta vez sí usó la palabra que tanta roncha ha sacado.

Pero para Lavín eso no fue darle explicaciones a la derecha ni retroceder. Su gente porfía en que él le está hablando a un electorado “huérfano” (partiendo por el centro que necesita), porque “hay que repetir la idea hasta que quede”, y no al votante fiel de derecha. Y que no va a retroceder porque, además, hace meses que tienen la convicción de que mientras más se aleje Lavín del gobierno y de la imagen presidencial, más opciones tiene de cruzarse la tricolor.

En esta ecuación -apuntan varios- no se puede soslayar la históricamente tensa y a ratos traumática relación entre Piñera y él. Desde 1999 que vienen disputándose el pináculo del poder, cuando el entonces RN declinó competirle y lo apoyó en el lance contra Ricardo Lagos. Después las huestes de cada uno hicieron lo posible para sacar al otro del camino, hasta que el 2005 Piñera lo dejó fuera del balotaje ante Michelle Bachelet (“Yo no le corté la carrera a Lavín”, se disculpó entonces).

En 2010 fichó al UDI en el gabinete luego de que perdiera la senatorial por la V Región. Pero cuando le habilitó una oficina en Palacio como ministro de Desarrollo Social no se aguantó las ganas de propinarle esa broma cruel en un Patio de Los Naranjos lleno: “Ministro, por fin llegó a La Moneda”. Lavín bajó el rostro y sonrió.

Se ha dicho varias veces que Piñera no es rencoroso (a otros rivales históricos suyos, como Sergio Romero y Jorge Arancibia, les ha dado embajadas premium), pero sí es competitivo y tiende a compararse con otros. Y con Lavín, dicen conocidos de ambos, le pasa un poco eso: mira que él habla con más libertad. Y que cosecha “más cariño” en la población.

Como sea, Lavín es y va a seguir siendo de tomar decisiones inconsultas, que es lo que tanto le han criticado ahora. Basta recordar que a comienzos de 1999, cuando en la derecha querían bajarlo de carrera porque -en parte- Augusto Pinochet quería levantar a Arturo Frei Bolívar, él y un reducido equipo partieron a lanzar su campaña presidencial a La Serena sin avisarle a casi nadie en la UDI, convencido de que “a (Ricardo) Lagos, no hay que dejarle ni un minuto, ni un centímetro”.

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