Volver a caminar con la carga del coronavirus

Perder la voz, la concentración y el caminar son solo algunas de las múltiples secuelas que sufren los pacientes de Covid-19 luego de estar hospitalizados. A varios meses del alta, muchos de ellos aún luchan para retomar su rutina.




La primera vez que intentó ponerse de pie después de 13 días con ventilación mecánica, Elvira Meza (61) no lo logró. Dos kinesiólogas la tenían tomada de las manos y la ayudaron a apoyar los pies en el suelo, pero las piernas se le doblaron de inmediato. “No puedo, no tengo fuerza”, les dijo. A pesar de la incertidumbre de no saber cuándo podría volver a pararse sola, no tuvo miedo. La alegría de haber despertado del coma superaba el temor a no volver a caminar.

Elvira solía dar entre ocho mil y 10 mil pasos cada día antes de contagiarse de Covid. Era parte de su trabajo, que consistía en repartir los desayunos que preparaba desde las 7 am en su casa, ubicada en el segundo piso de una casa en Santa Rosa con 10 de Julio. Su especialidad eran los Barros Luco, pero también le pedían muchos sándwiches huevo-jamón, huevo-queso o aliados calientes. Todo era a través de WhatsApp, como le había enseñado su hija para hacer el proceso más expedito. Desde su casa, luego de armar los pedidos, programaba la aplicación para contar pasos en su celular y salía a entregarlos por San Isidro, Carmen o Lira; a veces, incluso podía seguir más lejos. También subía y bajaba las escaleras desde y hacia el primer piso, donde vive su hermana, Herlinda Meza, quien la ayudaba con los desayunos. Esta rutina demuestra, según Elvira, que era una persona activa, a pesar de su asma e hipertensión.

Todo eso cambió con su hospitalización por Covid-19. Luego de llevar 10 días con síntomas fuertes, el 10 de mayo, una enfermera llegó a verla y de inmediato pidió una ambulancia. Elvira tenía los ojos desorbitados y estaba muy débil, por lo que fue llevada a la Posta Central para un examen ocular. Dadas las circunstancias, también le hicieron el examen PCR y un escáner al pulmón, que salió alterado, y cuya gravedad determinó su traslado al Hospital Clínico de la UC debido a la falta de camas UCI en la Posta.

Después de tres semanas de hospitalización, Elvira despertó del coma. Recuerda que en esos primeros momentos no lograba contestar tan rápido como siempre lo hacía, sin embargo, y para su sorpresa, logró hilar con claridad su primera idea. “Les pregunté por qué me trajeron acá, estos lugares deben ser muy caros, a lo mejor no tendré dinero para pagarlos”, recuerda. La respuesta de los doctores fue que solo debía preocuparse de su recuperación. Sin embargo, había algo que la tenía inquieta. Además de todos los dolores musculares, los moretones en el cuerpo provocados por tantas inyecciones y el dolor de garganta, dice, su mente no lograba conectar con su cuerpo.

“Cada día llegaban y me preguntaban dónde estaba, y yo sabía que estaba en la clínica de la Católica, pero no sé por qué respondía ‘en el hospital de la Fach’. Era como que no podía urdir las palabras”, cuenta.

El caso de Elvira refleja lo que la mayoría de los pacientes Covid con ventilación mecánica tienen que pasar luego de ser desconectados. Son las secuelas lógicas tras haber pasado semanas postrados, sin poder respirar por sí solos y con la mente en pausa. Esta serie de efectos colaterales, dependiendo de los días que estuvieron internados, puede extenderse incluso meses después del alta. “La mezcla del tiempo de ventilación mecánica conectado también a un bloqueo neuromuscular da como resultado la debilidad del paciente crítico (…). Esto es parte de un síndrome poscuidados intensivos, que afecta la parte muscular, esquelética, la parte cognitiva, la parte deglutoria, que es muy frecuente y que, si no se pesquisa, el paciente se complica en una neumonía y también puede que se complique más la evolución”, explica Pablo Iriarte, fisiatra y jefe de la Unidad de Medicina y Rehabilitación Física del Hospital Barros Luco.

Pasaron cuatro días de ejercicios con kinesiólogos en los que Elvira no pudo caminar hasta que logró ponerse de pie con ayuda del personal y comenzando de a poco a dar sus primeros pasos. “Tuve que aprender todo de nuevo, con esta enfermedad es como volver a ser un niño. Es aprender a caminar, a tomar cosas, todo”, cuenta Elvira, quien apenas estuvo más recuperada, fue trasladada nuevamente, esta vez a Espacio Riesco. Ahí la hospitalizaron por ocho días para seguir con su rehabilitación. Para ella fue el peor momento, pues pese a que se sentía mejor y había logrado hacer cosas como comer sola, el impacto psicológico de estar ahí la afectó más de lo que esperaba: “Muchas veces estuve asustada en la noche, porque la gente sufría crisis de pánico; eso que yo vi allá fue terrible. La gente gritaba diciendo ¡por qué apagaron la luz, me estoy ahogando! Era muy triste, yo me asustaba y mi hija me decía que me pusiera los audífonos”.

Elvira Meza todavía no puede volver a su trabajo como repartidora de desayunos. Aun le cuesta caminar, pero con kinesiólogos ha ido logrando dar sola sus primeros pasos.

Sacar la voz

Dentro de las múltiples secuelas que trae la hospitalización con ventilación mecánica invasiva, una de las más comunes es la disfonía posextubación, que involucra la pérdida de voz del paciente. “Esto puede ser un gran problema a la hora del alta y reinserción social y laboral. Por ejemplo, para una persona que se desempeñe como profesor y no se trate oportunamente, la disfonía puede impedirle volver al trabajo sin algún tipo de ayuda técnica para la voz”, sostiene Iriarte.

Eso fue lo que le pasó a Marcel Angulo, profesor de Comunicaciones del Duoc UC. Apenas despertó del coma inducido en la Clínica Santa María y le sacaron la intubación, intentó decir unas palabras, luego gritó, pero ningún sonido salió de su boca. Pasó 10 días comunicándose por chat, incluso con el personal que lo atendía diariamente, pensando en sus alumnos y en lo esencial que era su voz como herramienta para enseñar. “Es frustrante, porque no sabes qué va a pasar. De alguna forma, algo que era tan frecuente y de uso común de pronto ya no lo tienes, y eso genera bastante ansiedad”, dice.

El 21 de abril lo dieron de alta. Marcel cuenta que salió con una capacidad de hablar de un 80%, lo que le permitió retomar algo de su trabajo cuando volvió a su casa. Pero otras secuelas fueron apareciendo, como una baja capacidad respiratoria. Ahora, todo lo que hacía le costaba el doble. “Yo me doy cuenta: antes, cuando daba clases, me tiraba unos discursos súper largos, hablaba cinco minutos de corrido y ahora al minuto tres ya estoy cansado y tengo que parar un rato”, detalla.

Por eso lo conversó con sus alumnos cuando retomó sus clases online el 30 de abril. Habían pasado más de siete semanas que no veía los contenidos, así que les contó de su hospitalización y les transmitió que necesitaría ayuda para poder completar las clases. “Yo quisiera estar funcionando al ciento por ciento, pero me doy cuenta de que hay cosas que no puedo hacer. En época de exámenes, que vienen ahora, antes tenía unas tiradas largas corrigiendo trabajos, me quedaba hasta tarde, y ahora me canso con más facilidad”, comenta.

Hasta hoy, a casi dos meses y medio de haber sido dado de alta, Marcel no ha podido retomar su vida normal. Recientemente, en la celebración vía Zoom del cumpleaños de su hermano menor, intentó cantar junto al resto de la familia y no lo logró. Sin embargo, en lo cotidiano, cuenta que no ha sido tan terrible; lo más importante es el alivio de haber vuelto a su casa.

Ese mismo alivio lo sintió Elvira Meza. El 4 de mayo, cuando vio llegar a su hija Maritza Meza hasta Espacio Riesco para llevarla de vuelta a casa, pensó que se trataba de un milagro. “Yo estuve muerta en vida, porque estaba dentro de un cajón y Dios me sacó de ahí”, cuenta con la voz quebrada. Recuerda que cuando llegó al Hospital Clínico UC y le preguntaron si la podían intubar, ella se negó. Había escuchado la experiencia de un sobrino suyo que había muerto intubado a los 48 años y le daba pánico vivir lo mismo. Pero luego de pedirles a los doctores que prometieran que saldría con vida, accedió. Entonces entró en un coma inducido del que -asegura- guarda nítidas imágenes. “En un momento yo salí de mi cuerpo y vi lo que hacían conmigo, me atendían como a una princesa, todos estaban pendientes de mí, decían ‘nos tiene preocupados la Elvira Meza’”, recuerda.

Esa experiencia hizo que todas las secuelas que pudiera tener al momento de despertar se le hicieran irrelevantes. En ese momento, lo importante era que había sobrevivido. Solo ahora se da cuenta de cómo le ha afectado su hospitalización. Todavía no puede regresar a su casa, ni mucho menos retomar su rutina. Desde hace un mes y medio que está en la casa de su hija, quien permanece a cargo de ella y la ayuda con su recuperación, que incluye la visita de funcionarios del consultorio, fonoaudiólogos y kinesiólogos una vez a la semana. “Todavía me siento torpe, mi hija me tiene que bañar, me tiene que llevar de las manos para el baño. Es difícil describir cómo uno se siente, cuesta hablar, cuesta mantener una conversación, y al final es todo lo que uno tiene que aprender”, dice Elvira.

Marcel Angulo no ha podido recuperar del todo su voz, y dice que ahora al trabajar se cansa más que antes. Por eso le ha pedido a sus alumnos del Duoc UC comprensión y apoyo para avanzar con los contenidos.

Olvido

El delirium, un síndrome de confusión habitual en pacientes hospitalizados en UCI, explica en gran parte las dificultades cognitivas que tiene Elvira o el cansancio de Marcel al corregir trabajos. “Del punto de vista de los desórdenes neuropsiquiátricos en pacientes con Covid-19 se describen cuadros de delirio, psicosis y compromiso neurocognitivo. El compromiso del Sistema Nervioso Central puede manifestarse, entre otros síntomas, en pérdida de concentración, pérdida de la memoria y/o la realización de actividades mucho más lento de lo normal. Aunque estos dependen de la presencia o ausencia de daño neurológico secundario al Covid, y del tipo y lugar del compromiso neurológico”, explica el médico Daniel Andreu, de la Sociedad Chilena de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía.

Pablo Lillo (39), músico y economista español, conoce bien estas secuelas. Estuvo hospitalizado entre el 23 de marzo y el 21 de abril en la Clínica Biobío de Concepción y ha sufrido varias complicaciones tras su paso por la UCI. “No consigo dormirme por las noches, a veces duermo en la mañana o un rato en la tarde, pero en la noche no me duermo hasta las seis de la madrugada”, cuenta.

Además, ha notado una importante baja de concentración, mientras intentaba retomaba su Máster en Gestión Administrativa en la Universidad Politécnica de Valencia. Hasta antes de la hospitalización solo le quedaba terminar su tesis, que ya estaba bien avanzada. Sin embargo, en cuanto se sentó para continuarla, se dio cuenta de que había olvidado mucho de lo que había escrito. “Perder el hilo conductor de mi propio trabajo fue muy fuerte, ver que he perdido mi forma de trabajar. Me ha costado asumirlo y recuperarlo”, dice Pablo.

Mientras espera volver a España, intenta recuperarse en la casa de sus padres haciendo ejercicios de lectura con una profesora del mismo máster que lo ha ayudado a recuperar lo aprendido. Cuenta que le ha costado volver al ritmo de antes, cuando leía 200 páginas en hora y media. Ahora esa tarea le es imposible. “Es como un desorden mental de todo”, explica.

Por eso, está consciente de que será un proceso difícil. Como presenta problemas de motricidad y perdió un 40% de masa muscular, su recuperación física total está proyectada a un año. En ese período asistirá en calidad de oyente a clases que ya completó antes de su enfermedad, para repasar los temas y poder terminar su tesis.

Las últimas semanas también han sido complejas para Elvira. Su hija Maritza cuenta que todos los días aparecen nuevas secuelas. Aparte de los dolores de cabeza y los vómitos que la aquejan diariamente, el viernes pasado la tuvo que llevar a la Urgencia por un fuerte dolor en el costado izquierdo. El diagnóstico terminó siendo diverticulitis, una inflamación de bolsas del intestino a causa de la alimentación por sonda y los antibióticos.

En el barrio, sus fieles clientes de sándwiches Barros Luco le envían mensajes de cariño para que se recupere pronto, y le advierten que de ahora en adelante serán ellos quienes irán a buscar sus pedidos. Elvira se niega, dice que irá a dejar los desayunos igual, a lo mejor no tan lejos y más lento, pero que logrará recuperar toda esa energía.

“Ella dice que irá igual, es que la verdad a ella le encanta hablar con la gente, ahí hace de consejera. A muchos les va a dejar un pancito y conversa con ellos, algunos incluso le dicen ‘señora Elvira, su abrazo me recuerda a mi mamá’”, cuenta Maritza Meza.

La meta de Elvira parece un poco más cercana. De a poco se ha ido parando sola, aunque la mayoría de las veces tiende a inclinarse hacia un lado si no se afirma. Espera que sus piernas alcancen la misma seguridad que siente ella como sobreviviente de Covid: “La primera vez que caminé sola le dije a mi hija, ¡mira que estoy grande! Es una alegría cuando ya no hay nadie a tu lado afirmándote”.

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