Asistentes funerarios: la primera línea del duelo

Los asistentes de la Funeraria Hogar de Cristo han tenido que incorporar medidas de protección personal para trasladar a los fallecidos por Covid-19. Gentileza de Funeraria Hogar de Cristo.

Tres asistentes fúnebres describen sus vivencias trabajando en el rubro de la muerte durante esta pandemia. Preocupante, emocionante y alarmante, así describen lo que que es transportar a quienes han fallecido desde su lugar de defunción hasta los cementerios.




Son los encargados de lidiar con una de las partes más difíciles de la pandemia: los fallecidos y todo el proceso -muchas veces solitario- que ello conlleva. Desde la desinfección y traslado del cuerpo hasta la contención de los familiares.

Esta “primera línea” del duelo ha vivido cambios relevantes desde que el coronavirus se propagó por Chile. Debido a esto, por ejemplo, hubo una modificación total a la protección de los asistentes, que ahora es fundamental: cobertor especial para zapatos, overoles herméticos, doble guantes, doble mascarillas, antiparras protectoras.

Pese a estar ya inmunizados contra el Covid-19, algunos asistentes explican a La Tercera PM que el susto de contagiarse es permanente, en especial cuando deben sellar las urnas de los contagiados con sopletes.

La casa matriz de la Funeraria Hogar de Cristo -que desde 1954 está a cargo de la fundación del mismo nombre- está ubicada en Independencia. Tiene más de doscientos funcionarios trabajando las 24 horas, en turnos rotativos.

José Miguel Urzúa (57) es uno de ellos. Está a cargo no solo de manejar la carroza, sino también de higienizar los cuerpos con amonio antes de ingresarlos en una bolsa sellada que irá dentro del ataúd. Todos protocolos propios de la era Covid-19.

“Una vez, en octubre del año pasado, fuimos a buscar a una abuelita de 70 años que falleció de Covid-19 en el Hospital Dr. Luis Tisné Brousse, en Peñalolén. Su familia nos pidió que fuéramos hasta Macul para pasar afuera de la casa de su marido, un señor de unos 80 años. Estaba vestido de terno, impecable, como un caballero. Lloró todo el tiempo que la carroza estuvo detenida afuera de su casa, él se despedía desde su reja. Solo sacaba su mano con un pañuelito”, relata Urzúa.

Comenzó vendiendo seguros y luego fue jefe en un taller de vehículos. También manejaba las carrozas de la funeraria los fines de semana. “Esa paz que me generó manejar la carroza me gustó, por eso me quedé y llevo 14 años”, dice.

No obstante, este último año no ha sido fácil. “Cuando llegó la pandemia, se decía que el virus estaba en todas partes, en los plásticos, en los metales, entonces se armó una psicosis colectiva”, confiesa. El dolor de las familias que no pueden despedir a sus muertos también lo sensibiliza. “El servicio funerario en estos tiempos es muy frío y triste, aún más que lo normal”.

Su compañero Alexis Acosta (45) concuerda con esa afirmación. “Desde que comenzó la pandemia, este trabajo ha tenido varios costos en nuestras vidas, tanto físicos como psicológicos. Ha sido muy complicado, es algo que no estábamos acostumbrados a ver. La cantidad de fallecidos, algunos guardados en contenedores, fue algo fuera de lo común. Cuando partió todo esto la gente estaba un poco incrédula y decían que era algo inventado para controlar a la gente. Pero, no: de que existe el virus, existe. La verdad es que todo esto me preocupa y asusta un poco”, admite.

En promedio, desde que comenzó la pandemia, Acosta traslada tres fallecidos al día. Dice que durante el 2020, el 80% de ellos murieron por Covid-19. Pero pese a las vicisitudes de estos últimos meses, recalca que luego de 15 años trabajando en este rubro, es “muy feliz haciendo lo que hago”.

Su colega que lleva más tiempo en esta labor es Mario Ortega (55), quien cumplió 22 años en la funeraria. El 11 de marzo fue el encargado de trasladar el cuerpo del actor Tomás Vidiella desde el Hospital de la Universidad Católica hasta la fachada del Teatro Oriente. “Lo estaban esperando sus colegas actores con unas coronas de flores inmensas, habían como cien personas esperándolo en la calle. Le hicieron una ceremonia, dijeron sus discursos, muy emotivos. Después hicimos el recorrido por el centro, pasamos por la Pérgola de Las Flores donde le lanzaron pétalos”, narra Ortega.

A pesar de la pandemia, dice que su trabajo lo realiza de manera automática. “Hago todo muy mecánicamente. Ahora es lo mismo, solo que con más preocupaciones. Aunque, igual me afecta psicológicamente ver a las familias no poder despedirse bien de sus familiares”, destaca. “De hecho”, explica, “muchas veces las familias no tienen la certeza de si es o no su pariente el que está ahí, lo cual es triste”.

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