Claudia Heiss, politóloga: “Están todas las condiciones para que se mantenga el poder de veto de la derecha”

FOTO: Fernando Ramírez.

La académica de la U. de Chile, integrante de la mesa técnica que ayudó a echar a andar el proceso constituyente, da una mirada a los resultados de ayer y reflexiona en torno al escenario que se abre con el triunfo del Rechazo.


La politóloga Claudia Heiss es académica de la Facultad de Gobierno de la U. de Chile y tuvo un rol, representando a Revolución Democrática, en la “mesa técnica” que ayudó a echar a andar el proceso constituyente que derivó en la propuesta rechazada ayer. También es autora de ¿Por qué necesitamos una nueva Constitución? (2020), volumen que vendió más de 7 mil ejemplares y en el que buscaba orientar a quienes se sumergían en las dinámicas constituyentes.

Hoy, un día después del contundente triunfo del Rechazo, toma nota de que el procedimiento adoptado fue “bien inusual”, pues “debe ser inédito tener un proceso con un plebiscito de entrada, con un quorum tan alto de aprobación (2/3) y con un plebiscito de salida. Son tres requisitos electorales bien exigentes. Otros procesos que tienen un plebiscito de entrada: si la Asamblea aprobó el texto, con eso basta. Es muy raro que tengamos todos estos hitos, y es inédito que una convención apruebe con un quorum tan alto y que después tenga la ratificación ciudadana”.

Muchos expertos, constata Heiss, “han dicho que no era necesario, después de este proceso, tener una ratificación ciudadana. Ahora, Chile tiene una tradición de ratificación plebiscitaria de sus constituciones: lo tuvimos, aunque haya sido fraudulento, en 1980, y lo tuvimos con la Constitución del 25. Pero no es lo usual en un proceso constituyente, y menos cuando uno tiene una norma exigente de aprobación en la Convención”. El caso es que se dio de esa manera.

¿Cómo evalúa el resultado de ayer?

Creo que no fue posible separar el debate de la Convención, ni la crítica a los convencionales, del texto propuesto. El Rechazo se centró no solamente en el texto, si no en un proceso que partió con una legitimidad muy grande y que fue cayendo drásticamente con el paso del tiempo a partir de algunos episodios que dieron la impresión de poca seriedad; a partir de la de la dificultad para el diálogo y para el respeto de las opiniones distintas. Creo que se vio como una Convención poco dialogante, con integrantes que no tenían posiciones sobre muchos temas, que venían con una agenda específica, en particular los de los movimientos sociales (con la agenda del agua, por ejemplo). Eso hacía difícil también abordar los temas de manera más programática, más general, como lo hacen los partidos. Entonces, es contradictorio, pero junto con la crítica a los partidos políticos, creo que la Convención fue blanco de una crítica a la dificultad de articulación, así como a la fragmentación, que fue un problema real.

¿Hay algo que el plebiscito de ayer redefina el clivaje izquierda-derecha o que apunte a una moderación del electorado?

Está claro que el electorado chileno no quiso una propuesta que fue leída como muy radical. Yo creo que eso va a llevar a la moderación en futuras propuestas, o más bien el poder de veto de la derecha. Pero también creo que hay una voluntad de cambio más gradual de lo que estaba proponiendo la Convención Constitucional, y en esto es importante no sobreinterpretar los resultados electorales hacia la izquierda o la derecha. Ya vimos un 80% a favor en el plebiscito de octubre de 2020. Después, un apoyo en primera vuelta mayoritario José Antonio Kast; después, una elección muy masiva con mucho apoyo electoral a Gabriel Boric, y ahora un apoyo muy robusto al Rechazo. Yo creo que decir que el electorado es de izquierda o es de derecha es una sobreinterpretación.

Lo que creo que es una constante es una especie de voto de castigo a las élites y al sistema político. Hay que tomar en consideración que muchas veces la gente tiene más facilidad para votar por lo que no le gusta que para respaldar propuestas alternativas. Y ahí hay que buscar maneras de traducir la voluntad popular en proyectos constructivos y no solamente estar sometiendo permanentemente a control las decisiones políticas. El control ciudadano es muy importante, pero no suficiente. También se requieren mecanismos constructivos que convoquen, y eso es lo que nos ha faltado en Chile.

Se consideró en su minuto necesario que la discusión constituyente estuviese fuera de los partidos, por lo demás muy deslegitimados. ¿Qué aprendizaje puede dejar esto a la luz de los resultados?

No hay respuesta simple, y creo que es inapropiada la crítica que hacen algunas personas en el sentido de que el problema habría sido de la política identitaria: que no debió haberse considerado la política identitaria y que debió haber sido solo un proceso para instaurar el Estado social de derecho, olvidándonos del tema de género, del tema de los pueblos originarios. Creo que la inclusión también era parte de las demandas [de 2019]. Cuando uno recuerda el estallido social, lo que se veía eran banderas mapuches; hoy, las banderas mapuches ya no se ven y tenemos, además, el hecho de que la población mapuche tampoco ha respaldado masivamente el proceso constituyente. Se dan contradicciones como que, por ejemplo, el tercer capítulo de la propuesta está completamente dedicado al medioambiente, una normativa inédita de protección ambiental, y sin embargo, las “zonas de sacrificio” (Petorca, Puchuncaví) tampoco la respaldaron. Entonces, la relación no es uno a uno. También se especulaba que el tema de género debía movilizar masivamente a las mujeres a respaldar la propuesta, porque contenía un sistema de cuidados, los derechos sexuales y reproductivos, y eso no ocurrió. Ahora, que las cosas se hayan dado así no es argumento para decir que esas agendas no deban estar incorporadas, porque creo que también el sistema político en el estallido reaccionó a la exclusión.

Lo que hay que ver es cómo se combina la agenda redistributiva con las agendas de reconocimiento: no se puede dejar de lado una ni la otra. Ahora, eso no significa que la agenda reconocimiento deba considerarse a expensas de la representación política. La fragmentación y la dificultad para articular propuestas tiene que ver con esta percepción de poca expertise de los convencionales, de falta de capacidad técnica. Finalmente, es la articulación política la que permite tener programas: no se trata solamente de que haya suficientes abogados constitucionalistas.

¿Qué tan atado estuvo el destino del proceso constituyente al nuevo gobierno?

Es inédito que en medio del trabajo de una convención constitucional haya una elección presidencial en general. Nadie lo haría así por diseño, pues es muy mala idea. Hay gente que hoy dice que el gobierno se equivocó en anclar su agenda a la del proceso, pero eso no era una opción. No hay cómo desacoplar al gobierno del proceso constituyente: la emergencia del Frente Amplio y el triunfo de Boric obedecen a las mismas fuerzas sociales que el proceso constituyente. No es que el presidente haya querido vincular los dos procesos, sino que la fuerza de cambio que impulsó el proceso constituyente es la misma que demandó nuevos actores políticos y la que le dio el triunfo a Boric.

Convención Constitucional.

La propuesta de la Convención usa 46 veces la palabra “género” y ninguna vez la palabra “partidos”. ¿Puede haber ahí algún insumo para entender lo ocurrido?

Se ha dicho mucho que esta propuesta no daba gobernabilidad porque no tenía la palabra “partido”, pero no hay una causalidad ahí. La propuesta constitucional fue producto de la fragmentación, y el hecho de que no estuviera la palabra “partido” y de que no hubiera normas para fortalecer el sistema de partidos, fue producto de las mismas fuerzas que la crearon. Un producto de un movimiento antipolítica y antipartidos difícilmente podía generar disciplina partidaria o eliminar la fragmentación política. Pero, por otro lado, fue un triunfo de los 2/3 y un triunfo de los partidos que, teniendo 2/3 de independientes, no quedara en la propuesta de la Convención la posibilidad de esos independientes de competir en igualdad de condiciones con los partidos.

Hay trabajos de Jon Elster, experto en procesos constituyentes, que muestran que las convenciones o asambleas constituyentes tienden a reproducir, para el sistema político posterior, las mismas reglas que las crearon. Eso lo vimos con los escaños reservados: esta Convención se eligió con escaños reservados y perpetuó los escaños reservados para el resto sistema político, mandatando para ello al sistema electoral. Fue electa con paridad de género y reprodujo la paridad de género para el futuro sistema político, incluso en los órganos de administración. Pero eso no ocurrió con los independientes, que no lograron instalar en el futuro sistema político la igualdad de condiciones, que habría sido muy compleja de cara a la fragmentación, a la capacidad de generar programas políticos, a la disciplina partidaria, etc., que son bienes de los sistemas democráticos.

En la prensa internacional se había venido prestando atención a una “constitución progresista” cuya eventual aprobación podía marcar pautas. ¿Le parecía una propuesta programática o progresista?

No estoy de acuerdo en que haya sido una constitución programática. Ahora, creo que hay un sentido en el que es progresista, en cuanto incorpora agendas nuevas de manera robusta, como el medioambiente, el derecho a la ciudadanía digital, el tema de los animales, que son agendas más bien recientes, pero no es un texto programático en términos de que hacía posible un gobierno de derecha, que es el test, finalmente. O sea, ¿es una Constitución que permite que gobiernen los oponentes de una manera distinta a como lo haríamos nosotros? Jaime Guzmán decía de la Constitución del 80 que su objetivo era que, si gobiernan los oponentes, no pueden hacer algo muy distinto. Yo creo que esta Constitución sí tenía espacio para hacer cosas bien distintas y tenía los resguardos del constitucionalismo liberal, que son en general baluartes de la derecha y que tienen que ver con la libertad, con la autonomía individual, con la autonomía del Banco Central, con un derecho de propiedad robusto, etc. No era un texto que fuera a condenar a Chile a tener gobiernos de izquierda.

¿Qué futuro le ve al proceso constituyente? ¿Qué debería tenerse en cuenta esta vez?

El proceso que se inicia ahora va a estar mucho más controlado por los partidos políticos, lo que no es malo en sí mismo, salvo que no sean capaces de representar a la ciudadanía. Porque el problema que dio origen a esta propuesta constitucional fue, justamente, una falencia en la mediación política: tenemos problemas serios de mediación en el sistema político chileno. Y creo que la clave está en que, cualquiera sea el proceso que se inicie hoy, sea capaz de recoger demandas, visiones de las bases sociales. Y ahí la duda es si los partidos que tenemos en el Congreso serán capaces de incluir todas esas visiones. En ese sentido, es importante mantener algunos elementos de acción afirmativa que no reproduzcan el sistema político, que en los últimos 30 años no fue capaz de canalizar esas demandas. Hay que hacerse cargo de las falencias de los partidos existentes para canalizar demandas. Creo que es importante abrir espacios de participación. El problema es que tenemos también una ciudadanía muy cansada. No es lo mismo iniciar un tercer esfuerzo de proceso constituyente que el primero: ya tuvimos el proceso de Bachelet, tuvimos este segundo fracaso y no va a ser tan fácil entusiasmar a la ciudadanía con un tercer proceso, pero es muy importante que las élites políticas hagan un esfuerzo de ir mucho más allá de las cúpulas. Porque si, finalmente, es un proceso percibido como totalmente elitista, cupular -a puertas cerradas o a espaldas de la ciudadanía-, el fruto de ese proceso no va a tener la legitimidad social que necesitamos para avanzar a una nueva Constitución legitimada, que finalmente permita la legitimación del sistema político, que es lo que está en juego aquí.

¿Qué elementos ve a mano para que eso se produzca?

Lo deseable sería tener espacios de escucha ciudadana, espacios amplios de participación política, y también mecanismos de acción afirmativa para grupos subrepresentados en el sistema político.

Lo importante es que en este proceso no primen miradas de corto plazo, y que prime la capacidad de diálogo, que fue deficiente en el proceso constituyente anterior. El proceso constituyente no acogió suficientemente las visiones más conservadoras, sobre todo de la derecha más dialogante, más moderada, que pudo haber sido incorporada con más fuerza en la propuesta constitucional y que seguramente habría llevado a un resultado distinto. Ahora, también hay que respetar el principio de mayoría: quien es electo tiene la capacidad de votar la norma. El principio de mayoría es algo que ha fallado en la política chilena en las últimas décadas, porque hemos tenido una distorsión tal de la mayoría, que hemos tenido minorías con capacidad de veto. Me temo que esa situación pueda reproducirse en un proceso más controlado por los partidos: mantener el poder de veto de la derecha. Y están todas las condiciones para que así sea. Este respaldo al Rechazo le da el poder negociador a la derecha, porque estamos al final regidos por la Constitución del 80. Cualquier cambio político que se haga hoy, no parte de donde estábamos, sino que parte de más atrás, parte del momento institucional previo al acuerdo del 15 noviembre, o sea, hoy volvemos al momento previo al acuerdo el 15 noviembre, donde lo que rige es la Constitución del 80 y estamos sometidos, para cualquier nuevo proceso constituyente, a las reglas de la Constitución vigente y esa Constitución vigente le da poder de veto a la derecha.

Acompañado del voto obligatorio, el referendo de ayer marcó un récor de participación ciudadana. FOTO: REUTERS/Ailen Diaz

¿Cómo evalúa la respuesta que ha tenido al Presidente Boric?

El Presidente siempre ha tenido una disposición muy convocante, siempre ha dicho que aspira a al diálogo, e inmediatamente invitó a todos los partidos a una reunión para conversar sobre cómo seguir el proceso. Y lamento que la derecha se haya restado de esa reunión, porque la señal política de juntarse con el Presidente el día después del plebiscito habría sido muy positiva para lo que viene. Es preocupante que la primera acción que toma la derecha es no concurrir a una invitación del Presidente. Me parece una mala señal.

¿Qué piensa de la irrupción del voto obligatorio?

Esto puede ayudar a reponer la discusión sobre el voto obligatorio, que a mi juicio es positivo para la democracia: le da un mandato mucho más sustantivo a quienquiera que salga electo en elecciones representativas o, en el caso de los plebiscitos, a la opción que sea aprobada. Y pone un cierto cuestionamiento sobre el mecanismo de los plebiscitos como forma de dirimir problemas políticos complejos: los plebiscitos son sí o no, y aquí teníamos una discusión constitucional muy compleja, donde a algunas personas puede haberle gustado una parte de la Constitución y no otra. En ese sentido, creo que es importante entender la necesidad de fortalecer la democracia representativa, ojalá con voto obligatorio.

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