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Del desaire de Caszely a Pinochet al minuto de silencio en Temuco: reivindicaciones que traspasan el deporte

El abrazo de las selecciones de Chile y Honduras en Temuco, que desautorizó a la ANFP, es apenas un caso más de muchas reivindicaciones sociales que se han realizado en canchas y estadios en el país y el mundo.


El acto reflexivo que las selecciones de Chile y Honduras realizaron en la mitad de la cancha en el partido que disputaron en Temuco sorprendió a la ANFP y, sobre todo, a la opinión pública. Antes del último amistoso del combinado de Reinaldo Rueda en 2018, el presidente de la ANFP, Arturo Salah había negado la posibilidad de ofrecer un minuto de silencio en memoria del comunero mapuche Camilo Catrillanca, quien fue abatido por Carabineros. “Todos sabemos que es un tema tremendamente sensible y empatizamos con la familia. Es un ámbito que está fuera de la actividad del fútbol. Lamentamos este accidente, pero el fútbol está fuera de estas situaciones tan lamentables”, justificó el timonel del organismo. Una explicación poco convincente, dado que el fin de semana en los estadios chilenos se ofreció el mismo tributo al cantante Lucho Gatica.

Más allá de la consideración, lo concreto es que el deporte, la política y las reivindicaciones sociales han estado estrechamente vinculados. En el mundo y en Chile. A nivel local, el caso más célebre lo protagonizó Carlos Caszely. En 1974, antes de partir a disputar el Mundial de Alemania, la Roja concurrió al palacio de La Moneda para despedirse de las autoridades, encabezadas por Augusto Pinochet. El Chino le negó el saludo al dictador a raíz de la detención y los vejámenes a los que fue sometida su madre, una imagen que se transformó en icónica a nivel mundial. Más tarde, fue en los estadios de fútbol donde comenzaron a masificarse los cánticos en contra del régimen de facto. “El que no salta es Pinochet” e “Y va a caer”, fueron algunas de las expresiones que surgieron en las galerías de los recintos deportivos, un espacio público que, teóricamente, protegía a los aficionados de la represión, más allá de que, sin fútbol de por medio, el Estadio Nacional se transformó en el principal centro de torturas del país.

Más contemporáneo, y casi como una reedición del que realizó Caszely, es el desprecio de Marcelo Bielsa a Sebastián Piñera, también en el palacio de gobierno. Y más reciente aún, la tradición que instauraron los futbolistas de Universidad de Chile David Pizarro e Isaac Díaz, quienes en el partido local más cercano al 11 de septiembre de cada año (otra prueba que desacredita la negativa de Salah en Temuco) depositan ofrendas florales en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos, ubicado en el codo norte del Estadio Nacional.

Honduras, el rival de anoche de la Roja, sufrió con un conflicto bélico cuyo nombre ahorra comentarios: la Guerra del Fútbol. El conflicto armado se prolongó entre el 14 y el 18 de junio de 1969 y que nació en la tensión entre ambos países por un partido que protagonizaron en esos días. Ambos combinados disputaban un cupo en el Mundial de México del año siguiente. Las hostilidades comenzaron después de que El Salvador se adjudicara el desempate disputado en Ciudad de México. Ambos países mantuvieron rotas sus relaciones hasta 1980 y terminaron recurriendo a La Haya para definir sus conflictos fronterizos. La denominación La Guerra del Fútbol obedece al título del reportaje del periodista polaco Ryszard Kapuscinski.

Un sinnúmero de casos

En el mundo, y en el resto de los deportes, los ejemplos sobran. El año pasado, por ejemplo, el presidente estadounidense Donald Trump reaccionó con indignación ante la protesta de los jugadores de la NFL que se arrodillaban en el momento en que sonaba el himno de Estados Unidos, quienes criticaban sus políticas de inmigración. El mandatario solicitó a los propietarios de los equipos que aplicaran duras sanciones a quienes insistieran en la conducta, que también se propagó a otros deportes. Un año antes, Colin Kaepernick, mariscal de campo de los 49ers de San Francisco, realizó el mismo acto de repudio. “No puedo mostrar el orgullo por una bandera o un país donde se oprime a la gente negra y otras personas de color”, dijo. Recibió críticas, pero también respaldo, como el de la seleccionada de fútbol de Estados Unidos, Megan Rapinoe, quien incluso se arrodilló en un partido ante Tailandia.

En 2004, en tanto, el beisbolista puertorriqueño Carlos Delgado también se quedó sentado. Después, justificó su actuar: “Lo que pasó el 11 de septiembre fue algo muy terrible. Pero también fue terrible para Afganistán e Irak. Me entristece las familias que perdieron a su gente querida en la guerra. Pero creo que esta es la guerra más estúpida de todas”

Hay más antecedentes. Tanto o más potentes. En 1968, por ejemplo, Muhammad Ali, considerado el mejor boxeador de todos los tiempos, se negó a ir a la Guerra de Vietman. “Mi conciencia no deja que yo le vaya a disparar a un hermano, o alguien que sea más oscuro que yo, o alguien pobre todo por la poderosa Estados Unidos”, dijo en ese momento. “¿Y dispararle para qué? Nunca me han dicho negro, nunca me lincharon, nunca me lanzaron a sus perros, o tampoco me robaron mi nacionalidad, o me violaron y/o mataron a mi padre y mi madre. ¿Dispararles para qué? ¿Cómo puedo dispararle a gente pobre? Que me manden a la cárcel”, insistió, fijando una clara postura. Ali fue despojado de sus títulos mundiales y recibió la condena social. Años después, en todo caso, se le reconoció por su lucha.

Otro acto de protesta que aún se recuerda ocurrió en los Juegos Olímpicos de México, en 1968. En esa oportunidad, también marcada por problemas de carácter racial, los medallistas Tommie Smith, oro en los 200 metros planos, y John Carlos, bronce en la misma especialidad, alzaron el puño en el denominado Saludo del Poder Negro, mientras sonaba el himno estadounidense. Ambos fueron expulsados de los Juegos y amenazados de muerte.

También a nivel de Juegos Olímpicos, en 1908, atletas irlandeses decidieron no asistir a Londres pues Gran Bretaña rechazaba la independencia irlandesa. En 1980, 62 países, encabezados por Estados Unidos no concurrieron a Moscú, después de la invasión de Unión Soviética a Afganistán. Cuatro años más tarde, la URSS y sus afines devolvieron el desaire y no asistieron a Los Ángeles.

La NBA también aporta. En 2014, Derrick Rose, entonces figura de los Chicago Bulls, realizó el calentamiento con una polera que contenía la leyenda “No puedo respirar”. El mensaje no era casual, pues contenía las últimas palabras de Eric Garner, quien murió cuando un policía de Staten Island le realizó una maniobra física que le impidió respirar. LeBron James y Kyrie Irving, de los Cavaliers de Cleveland, así como otros jugadores, utilizaron también esta camiseta cuando jugaban en Nueva York. “Como sociedad tenemos que hacer mejor las cosas. Tenemos que ser mejores con las otras personas, sin importar su raza”, dijo James. En 2012, con sus entonces compañeros en los Miami Heat, King usó una capucha para recordar a Trayvon Martin, un joven negro que falleció por un tiroteo durante una disputa con un ciudadano blanco.

Otro ejemplo en la principal liga cestera en el mundo. En 2017, la NBA y su comisionado Adam Silver cambiaron la sede del Juego de las Estrellas, que iba a realizarse en Carolina del Norte. En ese estado comenzaba a regir una ley que discriminaba a la comunidad LGBT. “Gracias al poder que tengo voy a elevar mi protesta por las personas que quizás no puedan hacerlo”, declar Silver. El partido se jugó en Nueva Orleans.

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