Juan Luis Ossa (CEP): “El gobierno no puede estar marginado como actor secundario en el proceso constituyente”

El próximo 8 de septiembre, el historiador e investigador del CEP lanzará el libro "Chile Constitucional", un repaso por los procesos constituyentes de 1828, 1833, 1925, 1980 y también el que actualmente se está desarrollando en el país: “Muchos individuos de la derecha están más preocupados de que el rechazo no pierda por tanto”, comenta.




No habían pasado ni dos meses del acuerdo del 15 de noviembre que habilitó el proceso constituyente, y el historiador e investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP), Juan Luis Ossa, recibió una llamada del director del CEP, Leonidas Montes. En la conversación, este último le planteó la idea de escribir un libro sobre los procesos constituyentes que ha vivido Chile a lo largo de la historia.

Y a fines de marzo, el mismo día en que se decidió aplazar para el 25 de octubre el plebiscito a raíz de la pandemia, Ossa -parte de la nueva generación intelectual de la centroderecha- terminó de escribir “Chile Constitucional” que será lanzado el próximo 8 de septiembre. En el texto, además, aborda la actual discusión constitucional que vive el país.

En esta entrevista, el historiador -que en enero manifestó estar a favor de la redacción de una nueva Constitución- aborda la importancia de la historia para entender el proceso actual y hace un análisis político de cómo el gobierno de Sebastián Piñera debe enfrentar la discusión que se avecina.

¿Cómo aporta al proceso que estamos viviendo conocer más de nuestra historia en materia constitucional?

La discusión actual tiene un transfondo más amplio, mucho más estructural e histórico. No es que la historia sirva para dar cauce a lo que estamos viviendo en el presente. Más bien, el presente puede tomar un cauce más institucional más claro, si es que consideramos un contexto histórico. Lo que busca el libro es darle un cierto espesor histórico a la discusión actual para que no sea tan presentista, para que no se quede únicamente en el estallido social. Me parece que es una discusión demasiado importante como para resolver únicamente con las herramientas del presente. En ese sentido, analizar y estudiar los procesos constituyentes anteriores al actual me parece una buena forma de no solo conocer lo que ocurrió antes, sino que también para darle un espesor a una discusión que de otra forma muy presentista. Las constituciones no pueden quedar solo con el presente.

¿A qué se refiere?

Lo digo en el libro: las constituciones son pactos intergeneracionales, donde el pasado, el presente y el futuro se juntan. Por mucho que estemos mirando hacia el futuro y se vaya a construir una nueva Constitución, no podemos desentendernos del pasado. La Constitución futura tendrá que construirse sobre esa vida, sobre esa historia, no puede empezar de cero. En ese sentido, no puede empezar de fojas cero la discusión porque el país tampoco puede empezar de cero.

¿Qué elementos de nuestra historia constitucional rescataría para el proceso que viene?

Hay pilares y cimientos que se han ido construyendo y reconstruyendo, gradual y progresivamente, a lo largo de la historia y que conforman una especie de tradición. Una que no es homogénea, que es muy ecléctica, no lineal, pero que, sin embargo, todos los procesos constituyentes al menos hasta 1980 comparten ese espíritu gradualista y continuo que va paulatinamente reformándose a sí mismo con el objetivo de responder a las necesidades del presente.

La Constitución del 80 rompió con esa gradualidad...

Sí, el gran quiebre que produce la Constitución del 80 es que los constituyentes se pararon a sí mismos como los redactores de una nueva Constitución. La Constitución del 33 fue una reforma de la del 28 y la del 25 fue una reforma de la del 33. Mientras que la Constitución del 80 se para a sí misma, y explícitamente, como un nuevo pacto constitucional. En un sentido, es revolucionaria y no reformista. Y ahora estamos en una disyuntiva bastante similar. En el sentido que la nueva Constitución que se haga va a ser nueva, sin lugar a dudas, porque el texto que va a salir será original. Sin embargo, no tiene que ser revolucionario pues si toma en consideración la tradición constitucional o la Constitución histórica, no tiene que empezar todo de nuevo. Ni a definir qué es Chile, qué es la ciudadanía, si la soberanía debe residir en la nación, todas esas cosas que ya se decidieron en 200 años de historia. A pesar de que el texto va a ser nuevo, los insumos no son para nada nuevos. La discusión no comenzó el 15 de noviembre de 2019.

Los últimos años de la discusión política chilena han evidenciado algunas cosas que se podrían revisar en una eventual convención. Desde el sistema político hasta el funcionamiento del Tribunal Constitucional. ¿Qué tan reformista debe ser la posible nueva Constitución?

Hay dos planos: uno práctico y material, y otro que es más simbólico. No me cierro a la posibilidad de que la discusión constitucional derive en un cambio de régimen político, por ejemplo. Lo que significaría un cambio material que no es menor. Otra cosa, es cuánto cambio simbólico le vamos a introducir al discurso de la nueva Constitución. Y ahí es donde los constituyentes del 25 fueron muy inteligentes porque dijeron: ojo, estamos haciendo una nueva Constitución pero sobre la base de la del 33. Cuestión que no hicieron los constituyentes del 80 pero que nosotros sí podríamos decir. No diciendo que la nueva Constitución se va a construir sobre el pilar de la del 80, sino que desde el pilar de larguísima tradición constitucional. Y eso sería una continuidad histórica sumamente importante.

¿Por qué?

Porque sería razonable. Esto, para que la Constitución sea considerada como algo de todos y no únicamente de un grupo en específico y para que los sectores más asustados con todo esto vean que se hará un pacto donde su voz pueda ser escuchada. Y hasta dónde apretemos lo nuevo de la nueva Constitución, tendrá que ver con lo simbólico.

La legitimidad de origen de la actual Constitución es puesto siempre como uno de los argumentos para impugnarla. ¿Cómo ve esa discusión?

Eso remite a lo simbólico. La gran diferencia entre la Constitución del 25 y la del 80 es que la primera nació con un vicio de origen. Mismo origen viciado que tiene la del 80, sin embargo, la del 25 se legitimó en el ejercicio. De hecho, en agosto de 1973, tanto la oposición como la Unidad Popular apelaron a la Constitución para legitimar sus respectivos proyectos políticos. Eso no ha ocurrido con la Constitución del 80 porque por más reformas que se le introdujeron el 89 y el 2005, aquí estamos: discutiendo sobre la legitimidad de ejercicio de la Constitución del 80. Entonces, me pregunto: ¿Queremos traspasarle esta discusión, que ya lleva 40 años, a las próximas generaciones? No veo cómo podamos traspasar esto con una victoria del rechazo en octubre y una que otra reforma.

“Muchos en la derecha están más preocupados de que el rechazo no pierda por tanto”

El gobierno del Presidente Piñera ha definido una posición prescindente sobre las opciones del plebiscito. Sin embargo, algunos creen que este puede ser un error histórico si es que el Ejecutivo no está presente en la profundidad del debate que se viene. ¿Cree lo mismo?

La neutralidad no significa restarse completamente. De hecho, significa participar y facilitar el debate pero no marginarse. Debe generar espacios de discusión y eso perfectamente lo puede hacer el gobierno. Cuando uno dice que el gobierno es garante: es un rol no menor, para nada. El gobierno debería agarrar esto y ser un garante activo, un facilitador activo, no pasivo.

¿Y cómo se lleva a cabo ese rol de facilitador activo?

Haciendo política. Estando presente en la discusión política y no estar marginado como un actor completamente secundario. Ahí sí que perderán todo tipo de iniciativa política. Si es que le dan todo el control de la facilitación del debate a los partidos o a la ciudadanía, estarán perdidos.

¿El gobierno debe, entonces, dar su opinión y marcar una postura sobre lo que se discuta en la convención?

O al menos abriendo canales de debate. No creo que sería bueno que el ministro del Interior, por ejemplo, comentara lo que se discutió en la sesión constituyente sobre la soberanía. Pero sí que el gobierno esté discutiendo, por ejemplo, sobre cómo han funcionado los mecanismos de elección de autoridades a lo largo de las últimas décadas.

¿Cómo ve el paso de personas de la centroderecha que antes estaban por el apruebo y ahora votarían por el rechazo?

La derecha, la centroderecha y los sectores moderados de centroizquierda, tienen una oportunidad de hacer valer sus principios mediante la negociación y discusión política que quizás nunca habíamos tenido. Por lo tanto, sumarse a esa discusión el 26 de octubre puede ser un poco tarde. Hay una oportunidad histórica de liderar el proceso de recambio constitucional. Me parece que para los sectores más apegados al rechazo les va a ser más difícil sumarse a ese carro y que muchos individuos de la derecha están más preocupados de que el rechazo no pierda por tanto. Lo que ya es una posición sumamente derrotista y se pierde el tiempo para estar discutiendo contenidos. No tengo idea quiénes van a ser los candidatos de la constituyente que van a representar a la derecha, puedo conocer a uno o dos, pero no son tantos. Me parece pésimo. Deberíamos saber quiénes podrían ser los constituyentes.

¿A qué atribuye que ocurra eso?

Puede ser que es porque ven en el apruebo el fin del mundo, como una hecatombe. Es una visión muy poco histórica finalmente. Denota una cierta incomprensión histórica de lo importante que es la discusión.

Comenta