“Me toma la pierna tres veces con palmadas rápidas y sonríe”: El testimonio de uno de los denunciantes del obispo Roncagliolo

Los antecedentes se presentaron ante la Conferencia Episcopal en octubre de 2020. Los hechos ocurrieron en la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá y en una jornada de trabajo del Arzobispado de Santiago el año 2019. El denunciante nunca supo lo que pasó con esto, ni tampoco si la Iglesia abrió una investigación en contra del prelado. Lo único claro, hasta el momento, es que el relato se derivó a la Nunciatura y luego a la Congregación para los Obispos en el Vaticano.


Fue en plena pandemia cuando Sebastián Fuenzalida (35) tomó la decisión de formalizar una denuncia en contra del obispo auxiliar de Santiago Cristián Roncagliolo. Habían pasado meses desde que los hechos habían ocurrido y Fuenzalida consideró que esto ameritaba utilizar los canales formales para, sobre todo, evitar que más personas pudieran pasar por lo mismo que él.

Esta es solo una de las denuncias que existen en contra del prelado. El caso del obispo se destapó luego de que La Tercera PM revelara la semana pasada que Roncagliolo se fue de un día para otro de Chile, rumbo a España, argumentando tener un viaje de “recuperación integral”. Este medio ha podido constatar, con distintas fuentes y con la confirmación oficial de la Conferencia Episcopal (CECh), que el obispo hace años que tiene denuncias por hechos de connotación sexual en su contra y que esos antecedentes fueron derivados al Vaticano.

Uno de esos antecedentes es el de Fuenzalida. En su proceso fue clave el diácono Jaime Coiro. El periodista, quien en ese tiempo era secretario general adjunto de CECh, lo acompañó y le marcó el camino a seguir para que la denuncia fuera recibida por la entidad encargada de tramitar estos asuntos al interior de la Iglesia.

Fuenzalida -quien trabajó como productor audiovisual en los equipos de comunicaciones del Arzobispado de Santiago y luego en la CECh- entregó a La Tercera PM la copia de la denuncia que realizó el 20 de octubre de 2020. El documento parte de la siguiente manera: “El solicitante toma contacto con este servicio para entregar antecedentes sobre lo que considera una conducta abusiva por parte del obispo auxiliar de Santiago, Cristián Roncagliolo Pacheco”. A ese primer enunciado luego se agrega un párrafo que cuenta que al denunciante “lo motiva el hecho de que sabe que el obispo se relaciona frecuentemente con jóvenes y piensa que lo que a él le ocurrió no debe volver a pasar, especialmente con jóvenes más vulnerables”. Luego se adjunta el relato original de la denuncia.

La primera vez que esto ocurrió fue en Panamá en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud que se realizó en ese país en enero de 2019. Viajé junto al equipo de comunicaciones del Arzobispado de Santiago, donde trabajaba en ese tiempo. Éramos varios en el equipo. También fue el obispo Roncagliolo, llegó después que nosotros. Hace poco tiempo que había asumido como obispo encargado de las comunicaciones en la arquidiócesis”, dice el testimonio.

“Una de esas tardes en el casino, mientras mis compañeros departían en un extremo de una mesa larga, yo estaba en el otro extremo trabajando. De pronto me di cuenta de que el obispo Cristián Roncagliolo estaba junto a mí, yo lo saludé con un simple y protocolar ‘hola’, sin apretón de manos. Él hizo lo mismo. Se sentó a mi lado, no le di importancia. Seguí trabajando hasta que en un momento me sentí cansado. Me quité los audífonos, me incliné hacia atrás en la silla y comencé a escuchar lo que conversaban en la mesa. De pronto y sin diálogo alguno, sin motivo alguno me miró, dio dos ‘palmadas’ a mi muslo izquierdo, lo apretó con su mano de una manera que describo como sutil, pero segura, no con una fuerza notoria, sino más bien como un tipo de ‘cariño’. Después del apretón me sonrió, se cruzó los brazos y volvió su mirada hacia el resto de la mesa, que seguían conversando”, relató Fuenzalida.

Luego el extrabajador del Arzobispado de Santiago continuó con su testimonio: “Me impresioné mucho, me quedé congelado (pensé…. ¿y es esto?). Nunca me habló, no me dijo ‘felicitaciones’ o ‘buen trabajo’… solo hizo el gesto, sonrió y dio vuelta su mirada. Sentí que esperaba una respuesta de mi parte, como si yo pensara que me gustó ese ‘cariño’. Él continuó en la mesa, al igual que yo. Volví a mis audífonos, pero me alejé unos centímetros del sacerdote. Yo me quedé muy impresionado, me di cuenta que lo que el obispo había hecho era muy inapropiado, me dio rabia, pero recordé que él era ahora ‘el jefe’ y además un obispo. Yo no podía representarle mi molestia. Era mi trabajo. Yo sabía que él tenía mucho poder y tuve miedo. Se me vino a la cabeza ‘si digo algo, es su palabra contra la mía, y perderé mi trabajo’. Y no podía darme el lujo de perderlo”.

La situación que relató Fuenzalida volvió a ocurrir ese mismo año. Esta vez fue en Chile, durante una jornada de planificación de trabajo del área comunicaciones que se realizó en la casa San Francisco Javier, en la comuna de Ñuñoa, a la cual también asistió Roncagliolo.

“En un momento estábamos todos sentados en un gran círculo y él se sentó a mi lado. Una vez más, sin decirme nada, me tomó la pierna. Esta vez el gesto tuvo una variación: me toma la pierna tres veces con palmadas rápidas y sonríe. Vuelve su mirada al círculo. Esta vez reaccioné molesto. Tomé la silla para alejarme de él. No dijo nada por mi reacción. Sólo dejó de mirarme y se concentró en la conversación. En esta ocasión sentí mucha rabia, hasta el extremo de pensar en golpes. Pero de nuevo, era mi jefe, no podía perder mi trabajo. Le dije a algunos de mis compañeros, que él lo había vuelto a hacer”, continúa la denuncia.

Luego Fuenzalida dejó de trabajar en el Arzobispado de Santiago y se fue a CECh. “Allí he estado tranquilo, pero sé que trabajando en la Iglesia no es fácil poner en evidencia a un obispo. Eso hizo que me callara todo este tiempo. He pensado mucho sobre lo ocurrido. Yo soy joven, pero tengo herramientas, me di cuenta de que su gesto no fue casual, era intencionado. Si bien lo enfrenté directamente, tuve la fuerza para contarlo a mis compañeros de trabajo para reaccionar ante su segunda arremetida. Pienso en jóvenes más vulnerables, en aquellos con los que Cristián Roncagliolo se relaciona, chiquillos que no tienen recursos personales y que puedan caer en las manos de ‘un depredador’, con todo el daño que eso puede causar en la vida. Eso me animó a hacer este relato. No quiero que la Iglesia sea un lugar inseguro para los jóvenes, y esos actos simplemente no están bien”.

El final de la denuncia la CECh deja constancia de lo que se iba a hacer con ella: “Dada la naturaleza de los hechos descritos en los antecedentes presentados, estos serán entregados al Sr. Nuncio Apostólico Alberto Ortega, a quien se solicitará gestione los mismos según resulte pertinente”.

También se dejó en acta que “se conservan tres copias del presente registro, una de las cuales se entrega al solicitante, la otra se entrega en sobre cerrado a la autoridad eclesiástica competente y la otra se conserva en el registro respectivo. Además, quienes intervienen en el proceso están obligados a mantener la confidencialidad que corresponde”.

“Hecho de la mayor gravedad”

Lo que Sebastián vivió es un hecho de la mayor gravedad, considerando que el denunciado es un sacerdote y obispo llamado a ser garante y no agresor”, dice hoy Coiro al ser contactado por este medio para referirse a esta denuncia.

El diácono agrega lo siguiente: “No hay que olvidar que en las situaciones denunciadas existía una relación de dependencia laboral. Dudo que alguien pueda estar suficientemente preparado para poder responder ante la irrupción sorpresiva y violenta de estas conductas abusivas en un contexto eclesial y laboral por parte de un jefe. En lo personal, también me impacta que esto haya ocurrido en el contexto de una instancia como la Jornada Mundial de la Juventud, que para mí, como para tantas otras personas ha sido una instancia de espiritualidad y fraternidad”.

El diácono también recoge lo que ha ocurrido estos días, luego de que La Tercera PM revelara que existen denuncias por hechos de connotación sexual contra Roncagliolo, que fueron derivadas para la Congregación para los Obispos, pero nunca más se supo de ese proceso. “Ante las confusas informaciones que se han entregado en estas semanas, valoro mucho el paso de Sebastián para ayudar a que no haya dudas sobre lo que ha ocurrido. Aquí se ha hecho presente hace dos años al Vaticano que una persona ha sido vulnerada en sus derechos por parte de un obispo y no ha habido respuesta, como tampoco la ha habido para muchos/as otros/as denunciantes que esperan para sus denuncias noticias de los dicasterios de la Doctrina de la Fe y de los Obispos. Es muy vergonzoso que los traslados y las renuncias sigan siendo, veinte años después de Boston, la forma vaticana de abordar los abusos sexuales de clérigos”, comenta Coiro.

El diácono, mientras estuvo en la CECh, le tocó vivir el periodo más duro de la crisis de la Iglesia chilena por los casos de abuso sexual. Por lo mismo conoce de cerca el tema y lo que cuesta que las cosas salgan a la luz. “Personalmente creo que las víctimas y sobrevivientes de abuso sexual que no pueden develar públicamente lo que han sufrido, no son menos valientes que quienes han podido dar el valioso paso de revelarlo. Lo digo como compañero de camino de varias personas que han sufrido abusos y, por comprensibles razones de cada historia particular, no pueden inscribir sus nombres en los listados de denunciantes. Aunque no pueden hablar por sí mismas, ellas aún esperan que la autoridad de la Iglesia les crea, les reconozca y les repare el daño. Ojalá estas víctimas y sobrevivientes pudieran contar con un programa de ‘recuperación integral’ de la salud física, sicológica y espiritual como el que tendrá el obispo denunciado”, concluye el diácono.

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