Mi experiencia con el covid

Dibujos que el autor de esta columna hizo sobre lo que sintió estando enfermo de Covid-19. Ahora se exponen en Barcelona.

Mirando esos ojos que me observaban, a través de anteojos parcialmente empañados por la respiración tras las mascarillas, percibí una comunicación intensa, de esas que no requieren palabras. En esos “barcos” en que se combatía por la vida, los hospitales, vi la empatía y la humanidad, esa humanidad que en el día a día y en la “normalidad” tanto se olvida y se pierde…




A fines de Febrero, estando en Barcelona, me contagié con el covid. Luego de varias semanas, el 3 de abril, salí del hospital, débil, muy débil. Había pasado por la UCI, había tenido una crisis de mi sistema inmunológico, mi cuerpo cansado había estado dispuesto a la partida mientras mi razón se debatía luchando, atenta, sin dormir. Había estado, como me dijo después el médico, ”a punto de cruzar la línea”, y volvía a la vida…

Todo empezó con dolor de cuerpo y temperatura, luego una tos seca, y finalmente falta de oxígeno, lo que me impedía dormir en las noches. Durante doce días en casa, antes de ingresar al hospital, me vieron tres médicos. Uno diagnosticó gripe, el otro, bronquitis, y el tercero ratificó el segundo diagnóstico. Ninguno me hizo el test del Covid. Era principios de marzo y no había experiencia ni habían tests. Yo sentía una especie de “pac-man” dentro de mí, que avanzaba devorándome, los antibióticos no me hacían nada y me sentía impotente.

Ya al día trece, me llevan en ambulancia al hospital. Llegando, me ponen oxígeno y me recibe una doctora, fuertemente protegida. Ya había cambiado el escenario y el sistema sanitario se había adecuado a lo que se venía… Me hacen el test, me hospitalizan y luego me ingresan a la UCI.

Mi estado se va complicando, me siento en un pantano, más líquido que el barro y más sólido que el mar, algo pastoso, que me va envolviendo, voy hundiéndome, solo escucho lo que dicen alrededor mío y veo gente moviéndose, pero yo voy perdiendo fuerzas. Los tentáculos rojizos del virus me envuelven y me jalan hacia abajo, me cuesta respirar, me duelen los pulmones, parece como que fueran a reventar. Me hundo, asumo, mantengo una extraña tranquilidad. Se me van cerrando los ojos con el cansancio, siento los ruidos de las pantallas que vigilan mi estado, veo las líneas que muestran el ritmo de mi corazón, nuevamente cierro los ojos, y en la oscuridad pienso en mi mujer y mis hijos, me apena dejarlos, ¡no quiero dejarlos! Imploro fuerzas, abro los ojos y decido no cerrarlos más, luchar. Pido que no me conecten a máquinas, pues intuyo que, al dormirme, puede que no vuelva.

Con el celular en mi mano (nunca me impidieron tenerlo), con mi brazo repleto de vías hacia mis venas, veo mensajes de amor y de ánimo, no tengo fuerzas para responder, pero alivian mi soledad y me alimentan el corazón.

Veo los cuerpos vestidos de verde con mascarillas, gorros y anteojos, y sus guantes celestes, que me toman de los brazos, me ayudan a salir poco a poco del pantano. Entran y salen, se arriesgan también con el virus, se cuidan lo que pueden, pero no dejan de ayudarme, me hablan, me dan ánimo, me muestran alegría. Aunque vengan de llorar del pasillo o del baño, por todo lo que han visto, siempre me sonríen.

Saliendo de la UCI, hice a mi hijo Ismael unos bosquejos de lo que sentí que estaba viviendo. Los fotografié y se los mandé en un chat por el teléfono, con el objeto de que le sirvieran para un eventual guión de un corto animado (él venía saliendo de estudiar cine en la universidad). Lo hice con lo que tuve a mano.

Es algo vivencial, precario, una forma de auto mirarme en el límite, y de registrarlo para la autoconciencia de la fragilidad, de la belleza de la vida y de lo natural de la muerte.

Como enfermo de Covid percibí la tensión de enfermeras, médicos y personal auxiliar. Vi cómo el hospital se convertía en un “barco” cuya tripulación éramos pacientes solitarios, portadores y enfermos del virus, y el personal sanitario concentrado en jornadas extenuantes y con fuertes medidas de aislamiento del entorno exterior. A estos “barcos “, nadie, que no fuera de estas dos tripulaciones, podía o quería acercarse.

Creo que en medio de la ciudad estos eran los “barcos” que portaban la amenaza de lo desconocido, el virus frente al cual no había protocolos certeros ni medicamentos probados, y por el que estaban muriendo cada día más personas. Y en esa situación aislada, con el miedo presente y de máxima fragilidad para nuestra especie, se generaron experiencias límites y afloró intensamente la cooperación, la fraternidad y la humanidad. Allí, a pesar de las capas de protección con las que el personal sanitario cubría todas las partes de sus cuerpos, percibí a los seres humanos en su desnudez más básica. Mirando esos ojos que me observaban, a través de anteojos parcialmente empañados por la respiración tras las mascarillas, percibí una comunicación intensa, de esas que no requieren palabras.

En esos “barcos” en que se combatía por la vida, los hospitales, vi la empatía y la humanidad, esa humanidad que en el día a día y en la “normalidad” tanto se olvida y se pierde…

* Los bosquejos “Registro del Covid” de Guillermo Del Valle publicados a continuación están siendo expuestos en la galería Werner Thömi Artspace en Barcelona.

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