Woketubre como nicho de mercado

La Batalla de Chile, de Patricio Guzmán, es el documental chileno más reconocido en el mundo.

Bueno sería que se bajaran del corcel de tamaño diferente y se abrieran a la realidad de un país que es más diverso y complejo que lo que les gustaría. Un país donde su comunidad de sentido tiene un espacio legítimo y chiquitito, que el resto está dispuesto a tolerar en la medida en que no quieran imponérselos a todos por la fuerza.




El escándalo tuitero en torno a la emisión de La batalla de Chile por La Red está lleno de sabrosas ironías que giran en torno al nicho de mercado en que se ha ido especializando el canal. Es decir, el de los “woketubristas”: un sector de las clases medias y acomodadas que cultiva una estética y ética paranoica y supremacista según la cual la dictadura de Pinochet nunca terminó y ellos serían “freedom fighters” del más alto estándar moral. Es el grupo que mira para abajo la transición, desprecia la libertad de expresión, defiende las funas y cree que escuchar cosas con las que no están de acuerdo es un tipo de violencia (respecto a la cual no tienen problema en responder con violencia física). Los hijos ultrones del mall, exponentes de la famosa “cultura de la cancelación”.

El episodio de La batalla de Chile dejó claro que para dicha izquierda mistificante esta pieza de propaganda es un objeto de culto y reverencia. Que aceptan de manera acrítica un relato absurdamente unilateral, adornado con imágenes de obreros y campesinos repitiendo a duras penas frases aprendidas de memoria. Y que les enfurece que se los hagan ver, tanto como les enoja que les recuerden el hecho de que la izquierda desde la cual el documental habla tuvo una responsabilidad central en el naufragio y aislamiento político del gobierno de Salvador Allende. Es la ultra que le prendió fuego a la UP mucho antes del golpe. Llorar a Allende a través de ella es tan cómico como triste.

Luego, tenemos el hecho genial de que sea un canal de televisión privado, manejado por capitalistas mexicanos, el que esté explotando el nicho de mercado woketubrista sin ningún asco para obtener ganancias. Esto lo han hecho convirtiéndose en un sumidero de pseudoperiodismo, teorías conspirativas y activismo fanático. Todo aderezado con personajes de derecha pinochetista, que le meten carbón al fuego. Es capitalismo de espectáculo en su forma más pura, y la demostración de que es el código de la farándula el que hoy gobierna casi todo nuestro debate público. Este fenómeno muestra también que el octubrismo es algo tan cosificable y mercantilizable como cualquier otra cosa, y que “el mercado” no es de derecha, como asegura la izquierda, sino que se debe a los consumidores. Si hay suficiente demanda para un producto, será puesto en circulación. Los sonrientes sueldos de los llorosos e indignados rostros de La Red así lo demuestran.

El gran show de falsa polémica en torno a la transmisión de un documental que lleva más de una década en YouTube es una joya publicitaria. Predicarles a los convencidos de que habría algo clandestino y rupturista en dicha transmisión es de un cinismo brillante y eficaz. Y el epílogo de denuncia a Carozzi en redes sociales por supuestamente no querer auspiciar propaganda política anacrónica es un broche de oro.

La Red sabe perfectamente que así como ellos pueden transmitir lo que quieran, las marcas pueden auspiciar lo que quieran. Pero decidieron convertir la pérdida de un auspiciador (cosa que todavía no está ni clara, pero el woke le cree a ojos cerrados a La Red) con un “target” más bien familiar -lejano al octubrista- en una oportunidad publicitaria. Y vaya que les resultó: lograron, para empezar, que algunos hipsters hicieran a un lado sus escrúpulos medioambientales y botaran comida a la basura, subiendo esas fotos a las redes sociales con llamados a boicotear a una marca de fideos. Ardió esa pequeña y exclusiva parcelita del mundo que es Twitter. Hasta Heraldo Muñoz quiso sentirse parte del momento, y puede que le haya ordenado a su trabajadora de casa particular purgar de oprobio fascista la despensa.

Un punto interesante que salió al ruedo, en medio de tanta faramalla, es por qué parte de los ahorros previsionales de los woke enojados con Carozzi estaban invertidos en Carozzi. La respuesta es que es una empresa con altos niveles de rentabilidad, lo que genera utilidades para los ahorrantes. Pero es insuficiente: ¿Por qué los ahorrantes no podemos elegir, por ejemplo, invertir en portafolios adecuados a nuestras posturas políticas, medioambientales o religiosas? Esto legitimaría bastante el sistema de ahorro individual (aunque la “pedagogía lenta” -al punto del retroceso- de los retiros ya lo ha fortalecido harto). Todas las empresas que ofrecen instrumentos de ahorro e inversión deberían tomar nota de las oportunidades que abre la segmentación ética de sus productos. Ojalá, eso sí, las entidades dentro de un eventual portafolio de inversión octubrista estén mejor administradas que la Arcis.

Pero la cosa no paró ahí: el dios de la cancelación exige sacrificios mayores que unos cuantos tallarines en la basura. Gabriel Boric declaró que si hubiera trabajadores en los directorios estas cosas no ocurrirían -porque, obvio, esos trabajadores pensarían como él, y considerarían clave auspiciar programas que no tienen nada que ver con el nicho de mercado de la empresa-, y Camila Vallejo aseguró que era clave impulsar la propuesta comunista de ley de medios para evitar situaciones de este tipo. Esto segundo es un absurdo típicamente comunista: su propuesta de ley de medios básicamente permite intervenirlos bajo el argumento lastimero del monopolio político de ellos producido teóricamente por el régimen de mercado, pero estamos justamente frente al caso de un canal privado transmitiendo propaganda de ultraizquierda en horario prime. ¿Qué mejor prueba de que ese supuesto monopolio político no existe y que la censura e intervención propuesta por los comunistas no tiene sentido?

A esto se sumaron las críticas a TVN por el terrible pecado de omisión (el favorito de la inquisición woke) de no haber transmitido nunca un documental que tuvo un rating harto más bajo que casi todo lo que el canal nacional transmite. Si TVN fuera realmente público, nos decía Vallejo, eso no habría ocurrido. En otras palabras, si TVN fuera realmente público, en la mente de la diputada, se dedicaría a transmitir propaganda política del gusto de ella que no mucha gente quiere ver. Flor de idea de lo público. Seguro que no ha visto, por lo demás, la serie Libre, del propio TVN, que propone una crítica harto más contundente de la sociedad chilena actual que un largometraje de propaganda política de hace 50 años.

Que Boric y Vallejo hayan tenido estas reacciones delirantes muestra el nivel de dependencia que tienen respecto de las dinámicas de redes sociales y también nos recuerda la clase social a la que pertenecen y los círculos en los que se mueven. La tormenta generada por La Red cabe en un vaso de agua, pero es el vaso de agua en que ambos representantes -y varios otros representantes- habitan.

Eso nos lleva a un último punto: toda esta farsa publicitaria tiene también como resultado hacer visibles el volumen y los límites del woketubrismo. Son suficientes como para ser un nicho de mercado atractivo para un canal chico y pagarles sueldos millonarios a unos cuantos animadores periodísticos tragediosos. Es muy probable que marcas como Wom o Báltica -interesadas en targets universitarios con estética rebelde- reemplacen a Carozzi. Pero nada más. Su rating los delata. No son el pueblo, no son las mayorías, no son el hombre libre que transita por las grandes alamedas. No son el 80%. Entonces, bueno sería que se bajaran del corcel de tamaño diferente y se abrieran a la realidad de un país que es más diverso y complejo que lo que les gustaría. Un país donde su comunidad de sentido tiene un espacio legítimo y chiquitito, que el resto está dispuesto a tolerar en la medida en que no quieran imponérselos a todos por la fuerza. ¿Por qué no comenzar a hacer política, mejor, desde ahí? ¿Por qué no abandonar el supremacismo moral y ayudar a construir un país donde quepamos todos, quizás no juntos como hermanos, pero al menos como primos lejanos que no se desean la muerte?

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