Ascanio Cavallo y el futuro del periodismo: No está muerto quien…
En el marco de los 25 años de la promulgación de la Ley de Prensa, la Federación de Medios de Comunicación Social realizó el martes su ceremonia de cambio de mando, instancia en la que José Tomás Santa María, presidente de la ANP, asumió la titularidad del organismo. Aquí el discurso completo que ofreció ese día Ascanio Cavallo, premio nacional de Periodismo.
Vengo a hablar por un ejército derrotado. Por casi 30 años, los medios que representa esta Federación han sido asaltados y expoliados de manera incesante. Nadie lleva la cuenta de cuántos medios han cerrado desde entonces. Los que quedan en pie son un testimonio de heroísmo, no de poder. Un ejército diezmado, arrasado. Derrotado.
En el curso de esos casi 30 años, empresas tecnológicas de carácter global se han dedicado a robar los contenidos de los medios sin siquiera dar las gracias. En los últimos 10, frente a la amenaza de demandas judiciales, algunas de esas empresas han comenzado a pagar ciertos montos por el tráfico que ellas redirigen a los medios, según métricas y estándares que fijan ellas mismas. Se trata de montos escuálidos, medidos por cualquier parámetro.
En los mismos casi 30 años, estas empresas desarrollaron subsidiarias dedicadas, por un lado, a la medición del consumo de los contenidos asaltados y, por otro, a la comercialización de la publicidad que podría asociarse a esos contenidos y a esos públicos. Estoy simplificando un poco; en realidad, hay más negocios en los intersticios de estos. De algunos de ellos, me parece, no queremos participar, porque nunca lo hemos hecho. Por ejemplo, de la venta de los datos de los consumidores. Las tecnológicas lo hacen; nuestros remilgos, supongo, les parecerán los restos fósiles de un mundo más pequeño y anónimo, con menos exhibición, menos porno.
El desarrollo de estos holdings sigue el patrón de lo que la ley chilena define como acción monopólica de integración vertical. Esa actividad se castiga, principalmente, gracias a la demanda de un tercero que se declara perjudicado. Eso es lo que ha hecho un grupo de medios chilenos.
Es una medida tardía. No inútil, sino demorada. No nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. Muchos de nosotros les preguntamos a las empresas tecnológicas y no vimos el cuchillo bajo la manta. Otros le creímos al optimismo de intelectuales como Alessandro Baricco, que se declaraban entusiasmados por el fin de la intermediación entre la gente y las noticias, como si eso fuera posible. Una desintermediación paralela a la del pueblo con la realidad, el pueblo con la política, el pueblo con el poder… En realidad, la desintermediación es una ideología. Una ideología que cree que la disputa por el poder es la disputa por la verdad, y que la verdad puede ser machacada para conseguir el poder. Una ideología que acepta -no, mucho más: que alienta- el subjetivismo, las fake news y toda esa panda malévola.
Esa primera batalla corresponde a la época que hoy llamamos “de la web abierta”, una época feliz en la que los medios liberaban sus contenidos para que las tecnológicas los expandieran, sin pagar, y les devolvieran a los medios un tráfico de lectores o espectadores multiplicado. Parecía una época feliz. Se convirtió en la más amarga de la historia. Al final, las tecnológicas se llevaron los lectores, el tráfico, la publicidad y las ganancias.
Si Tucídides hubiese estado observando esa guerra, habría escrito que uno de los contendores creía que era poderoso, mientras que el otro fingía ser débil. Uno le permitía al otro que difundiera sus contenidos creyendo que eso contribuía a una mayor amplitud en la circulación de ideas, una ganancia para la libertad. La trampa de Tucídides, ni más ni menos.
Ahora, el ejército de las tecnológicas viene por su segunda guerra. Viene reforzado con la inteligencia artificial, otra tecnología asombrosa.
Igual que lo fueron las redes interpersonales, la IA tiene un lado prodigioso, que indudablemente ayudará a muchas actividades humanas. Por ahora, sus modelos avanzados -como los de Anthropic y Open AI- han cometido ciertas chambonadas, como equivocarse, mentir, falsificar, robar y suplantar. Pero, a menos que se tuerza para siempre, la IA servirá a muchas personas.
Nadie puede oponerse a eso. Mejor todavía, es una obligación para periodistas y medios aceptar el desafío intelectual y buscar el modo de que la IA sea un complemento de su trabajo. The Economist, por ejemplo, ha decidido trabajar con la tesis de “las dos redes”: una que ofrecerá la lectura optimizada para el público y otra adaptada para los agentes de IA que buscan estructuras y datos. Ambas podrían tener material de marketing diferente. Esta es, posiblemente, una opción entre muchas, y cualquiera avanzaría muy rápido si se desarrollase en una colaboración de medios con sistemas de IA. Es una opción que no se puede dar por cerrada, aunque signifique un nuevo modelo de trabajo para los periodistas. Pero soy escéptico respecto de esta posibilidad. Me parece que, si ocurre, será porque las acciones judiciales les muestren que no hay otra opción. Estas empresas han mostrado ser no las idealistas que proclamaban sus creadores, sino las más codiciosas de la historia humana.
Así que antes que todo hay que resolver otro problema.
El componente decisivo de la IA no es la ingeniería, sino los datos. ¿Y quién produce los datos? Los datos del presente, los datos del hoy que van construyendo el mañana, los producen los periodistas. Nadie más. Salen de la presencia constante de los periodistas en los lugares de los sucesos. Cuando no hay periodistas, no hay datos. Por ejemplo, sobre el 18 de octubre del 2019 en Chile. Por eso aún es un enigma.
Los especialistas dicen que diseñada y construida la máquina, lo más importante es el conjunto de datos que la alimenta. Esto es el dataset. Y los mejores datasets son los que proceden de los medios, de sus archivos y de sus producciones diarias.
Pero las empresas más ricas del mundo, las que redefinieron el concepto de millonarias, las que pagan todo el desarrollo de las máquinas, no quieren pagar estos datos. O los quieren pagar a precios ridículos, que no financian a los periodistas que están en los lugares de los sucesos. Y además de no pagar este insumo esencial, se proponen controlar las mediciones sobre el consumo y la publicidad asociada a este. ¿Pensamos con mala fe? No. Vemos lo que pasó en la era de la web abierta y lo que sigue pasando con las plataformas vigentes. Lo que pasó con los medios mientras no hicimos nada. En junio pasado, un tribunal de París condenó a Google por prácticas abusivas en publicidad digital. ¿Alguien cree que Google tiene estas prácticas sólo en París?
El presidente de The New York Times, Arthur Sulzberger, dice que sólo en Estados Unidos la inversión privada en IA llegó a unos 350 mil millones dólares en 2025. Según sus estimaciones, y de acuerdo al pequeño número de acuerdos conocidos, las tecnológicas han gastado algo así como medio punto, 0,5%, en el pago de derechos de autor. The New York Times mantiene demandas contra Open AI, Microsoft, Perplexity y Google.
Muchos medios chilenos han decidido no aceptar esta segunda embestida, cuyo desenlace ya conocemos. Lo menos que pueden exigir los medios es que los datos que producen no sean saqueados sin autorización, la que supone un acuerdo.
La segunda exigencia mínima es que se aplique la doctrina antimonopólica de la legislación chilena, que prohíbe la integración vertical. Una misma empresa no puede mantener una posición dominante en todas las fases de una actividad. Se puede distribuir energía, pero no se puede estar también en la generación y la transmisión. La ley debe impedir que las plataformas difundan contenidos, usen buscadores exclusivos para medir su consumo y gestionen y vendan publicidad sobre ellos. Las tres cosas juntas, no. La conducta monopólica debe ser detenida. Esto también se discute desde comienzos de año en la Comisión Europea, que investiga la forma de operar de AI Overviews para Google.
No es todo, pero son dos buenos capítulos para empezar.
La buena noticia es que ya no estamos solos. Hay investigaciones, demandas y cambios legislativos en desarrollo en Bruselas, Londres, Roma, Munich, París, Ottawa, Canberra y Sao Paulo. En junio pasado, 400 periódicos locales de Estados Unidos demandaron en un tribunal de Nueva York a Open AI y Microsoft por la copia masiva de sus noticias en ChatGPT y Copilot, la primera acción coordinada a una escala significativa después de casi 30 años de reacciones fragmentadas y muchas veces solitarias.
En estas semanas hemos sabido que las redes interpersonales han superado a los sitios de noticias como fuentes de consumo de noticias. Además, la gente que no desea noticias, que no quiere ser informada, ya supera al 50% del mundo. Avanzamos así hacia una situación demencial: si se acaban los medios, ¿quién informará a las redes y plataformas? Es como en la novela La carretera, de Cormac McCarthy, cuando la muerte, sin nada que hacer ni nadie a quien hacérselo, se pregunta: “¿A dónde se han ido todos?”.
La situación es, pues, urgente. Tenemos que afrontar esta segunda embestida con todo lo que tengamos a disposición. Alguien se preguntará: ¿Es necesario todo esto? ¿No será mejor abandonar una pelea tan difícil? Tengo dos respuestas para esto.
La primera es que los periodistas nos hemos dado cuenta de que no somos conejos. No estamos condicionados por naturaleza para quedar paralizados por la mirada de la serpiente. Tampoco le reconocemos a la serpiente el derecho de engullirnos. No estamos condenados a caminar, casi con alivio, hacia la boca que debe darnos el mordisco fatídico. Al revés, la glotonería tecnológica nos ha mostrado el valor que tenemos, lo codiciado de nuestro trabajo, lo desoladora que puede ser nuestra ausencia. Vamos a defender ese valor.
La otra razón es que nos creemos un pilar de la democracia. Nos creemos eso que han dicho tantos, desde los albores de la democracia moderna. Allí están los tres poderes clásicos -el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial-, pero el cuarto somos nosotros: el que vigila a los otros tres, el que los asedia y los engrandece, el que les avisa o les advierte. Los medios garantizan el pluralismo y el debate público. Los periodistas producen las noticias con arreglo a estándares profesionales que intentan asegurar veracidad y exactitud. Nadie más hace estas cosas. Nadie. Son funciones que mantienen unida a la sociedad, mientras preservan su diversidad y sus divergencias. En fin: lo que está en el acta de fundación de esta Federación.
Los medios y los periodistas nos desenvolvemos en un pacto tácito, por el cual el público nos cree, cree que trabajamos arduamente y que no tenemos intenciones aviesas o desleales. Siempre están los paranoides que nos vinculan a conspiraciones, pero sólo son parte del paisaje. Los periodistas trabajamos en esto, vivimos de esto. Si el público percibe que alguna de estas cosas no sucede, retira su confianza.
Si perdemos la confianza, lo hemos perdido todo. Entonces sí. Lo que toca ahora es hacer frente a la segunda embestida tecnológica, mientras intentamos que termine la primera. Somos un ejército derrotado, pero no muerto. Y, como se sabe, no está muerto quien…
Muchas gracias.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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