Por Gloria FaúndezFlorencia Álamos, presidenta ejecutiva de IInara: “Hay que reconfigurar la forma en la que entendemos la resiliencia”
La neurocientífica sostiene que buscar evidencia en la ciencia permitirá entender mejor cómo conseguir el bienestar de niños y adolescentes y potenciar las políticas públicas sobre este tema.

El diálogo entre ciencia y política pública es clave para la eficacia de las decisiones que se tienen que tomar para fortalecer el bienestar de niños y adolescentes. Así lo plantea la presidenta ejecutiva del Centro de Investigación e Innovación en Niñez, Adolescencia, Resiliencia y Adversidad (IInara), Florencia Álamos, una iniciativa que reúne a investigadores de seis universidades del país dispuestos a buscar evidencia que contribuya a ese propósito.
Hay consenso en que las experiencias tempranas influyen en la salud, en el aprendizaje, en el bienestar. ¿Cómo operan?
Lo podemos mirar desde dos ángulos. Históricamente se partió estudiando las experiencias adversas y cómo éstas, sobre todo en los primeros inicios de la vida, podían tener impactos en las trayectorias, generar condiciones en el neurodesarrollo que luego pueden tener impacto en múltiples dimensiones: en salud física, salud mental. Pero lo que considero más interesante es que en el último tiempo también se sabe que hay factores benevolentes. O sea, pese a que exista esa adversidad, hay cosas que pueden ocurrir antes de que ésta se traduzca en daño o en psicopatología.
¿Cuáles serían esos factores benevolentes?
Esos factores de protección no son cosas extraordinarias, sino que simples, cotidianas, que se pueden aplicar e implementar. Hay dos categorías: los vínculos y las experiencias. En los primeros años de vida es muy importante que haya un vínculo con un adulto significativo, un papá, una mamá, una abuela, un cuidador, un profesor. En el caso de un adolescente, son los pares. Eso es capaz de amortiguar las condiciones que al final lo que hacen en el cerebro es generar un estrés que es permanente, frecuente e intenso que influye en el neurodesarrollo. Y en la categoría de las experiencias que sean protectoras, que tengan rutina, que tengan un colegio donde se sientan cuidados, etc.
Expuestos a factores adversos y benevolentes, ¿cuáles son más influyentes en la vida?
Es que depende. Por eso hay que reconfigurar la forma en la que entendemos la resiliencia. Muchas veces la resiliencia se ha atendido desde el factor individual, una suerte de superpoder que uno tiene o no tiene, ¿cierto? Y hay ciertos rasgos, pero hoy día la ciencia de la resiliencia ha mostrado que los contextos tienen un rol fundamental. Entonces es un fenómeno que es mucho más complejo y más dinámico. En el fondo, importa el barrio que rodea a ese niño, importa la escuela, la familia.
¿Y cuán decisiva es la edad en que se produce la adversidad?
Mucha evidencia muestra que todo lo que tú generas en los primeros años de vida provoca cambios muy importantes porque el cerebro tiene una plasticidad increíble y eso, en el fondo, lo que hace es que puedas hacer programas, intervenciones o vínculos capaces de mover la aguja fácilmente. Desde el punto de vista de política pública, es muy eficiente. Pero hoy día también se sabe, y esto en gran medida por los estudios neurocientíficos, que después se abren otras ventanas de oportunidades que tienen que ver con fenómenos como por ejemplo la toma de decisiones, el juicio o incluso la capacidad de autorregulación y de formar relaciones con otras personas. Ahí hay una ventana superatractiva: la adolescencia.
¿Influye la adversidad temprana en los niños a nivel biológico?
Cuando un niño o niña vive experiencias adversas intensas y repetidas -violencia, negligencia, abandono-, su sistema de estrés se activa una y otra vez y aumenta la secreción de cortisol, la hormona del estrés. Si además no hay un adulto que lo contenga y lo ayude a calmarse, ese estrés se vuelve tóxico y con el tiempo, el sistema nervioso empieza a modificarse en un intento por adaptarse a ese entorno, y se producen cambios en distintas redes neuronales. Esto hace que ese niño o niña empiece a leer su contexto como una amenaza permanente y viva en estado de alerta. El cerebro se va ajustando para sobrevivir. Lo importante es que no es irreversible.
Y en ese contexto, la resiliencia es un concepto clave, ¿no? ¿Se puede aprender a ser resiliente?
Sí. Podemos hacer que las personas tengan relaciones más saludables. Probablemente las adversidades que son más estructurales son más difíciles de mover, pero que un niño cuente con alguien que pueda tener un vínculo, que puede ser su profesor, su papá, su mamá, un vecino, es algo que sí, como sociedad, podemos potenciar. En la resiliencia hay atributos que son personales, pero es un proceso que se da con tu contexto.
Y si la resiliencia es un tema colectivo. ¿Qué herramientas se pueden dar para que ésta se potencie?
Hay que mirar todas las capas que influyen. Hay una capa muy importante en relación a la familia. Hay que hacerse cargo de esta reconfiguración de la familia, Chile tiene deudas pendientes. Hay un gran desafío en relación al desarrollo de habilidades parentales, que sí es algo que se puede aprender. Después hay otras capas: Está el barrio, la escuela. Creo mucho en el rol de la escuela. Tenemos un nivel de cobertura escolar que es envidiable, quizás, respecto a otros países de Latinoamérica y sé que los profesores ya no dan abasto en muchas funciones, pero sí es un espacio donde los niños debieran y podemos hacer que se sientan protegidos, donde pueden explotar miles de talentos. Tenemos que entregarles más herramientas a los docentes sin agobiarlos más aún, pero para poder responder a situaciones, a climas que están cada vez más complejos.
¿Hay comparativas entre Chile y otros países respecto a cómo los niños están afectados por adversidad temprana?
Hay un estudio comparativo que se ha publicado este año, que es un estudio de Unicef en relación al bienestar infantil. Lo que hacen es que se construye un índice de bienestar que tiene tres categorías: salud física, salud mental y desarrollo de competencia. De los 37 países que se logran evaluar porque tienen datos comparables, Chile ocupa el último lugar.
Desde la perspectiva de la política pública, ¿cómo se encara ese proceso?
Este nuevo centro de interés nacional que es IInara tiene un rol importante. Acá no hay que inventar la rueda, no es nuevo que los vínculos sean factores de protección, ni que los niños están en una etapa demasiado importante para la trayectoria y para el desarrollo posterior. Quizás donde está la brecha es en ser capaces de generar programas basados en evidencia que realmente logren esas transformaciones. Falta una mirada más preventiva y promocional, y también decisiones presupuestarias. Hay que hacerse preguntas más difíciles. Si ya tenemos pocos recursos, ¿dónde vale más la pena invertir esos recursos para poder ver mejores retornos? Ese es un inicio.
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