Por Andrés GómezEmmanuel Carrère: “Espero que a partir de esta vida particular que es la mía pueda decir algo que conmueva a otras personas”
De visita en Santiago, el escritor francés habla de su más reciente novela, "Koljós", donde recorre un siglo de historia familiar y de historia de Europa a partir de la figura rutilante de su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse. En esta entrevista el autor habla de sus últimos días, revela también la figura de su padre, cuenta cómo cambió su visión de Rusia y reflexiona sobre su obra.

Fue aquel verano cuando ella le enseñó a leer. El mismo en que Emmanuel Carrère aprendió a nadar en la piscina municipal. Tenía cinco años y cruzaba el agua bajo la mirada atenta de su madre. “Veía lo orgullosa que estaba de su pequeño, y también yo estaba orgulloso, increíblemente orgulloso y feliz”, recuerda. La escena aparece hacia el final de Una novela rusa, un libro autobiográfico y controversial que lo distanció de su madre. Veinte años después, Carrère vuelve a ese instante en Koljós, el libro que escribió a la muerte de ella.
–Es un libro mucho más sereno, incluso tierno –dice.
Hace unos minutos, Emmanuel Carrère cruzó el umbral con actitud relajada y amable, y con pocas horas de sueño en el cuerpo. Viene de Brasil, Montevideo y Buenos Aires, las estaciones de una gira latinoamericana que lo trajo por segunda vez a Santiago. Inclinado en un sillón, con la cabeza apoyada en una mano y el pelo desgreñado, el escritor francés habla con calma y bebe café. A menudo se toma unos segundos antes de responder. Afuera llueve.

No solo lleva encima el cansancio de las últimas semanas. También lleva consigo el personaje o la leyenda que ha construido. En las últimas décadas, junto con narrar vidas ajenas en El adversario o Limónov, Carrère ha convertido sus obsesiones, sus conflictos familiares, sus rupturas y sus crisis personales en materia literaria. Incluso las sesiones de electroshock que recibió para tratar su depresión. Ha expuesto su intimidad como pocos escritores contemporáneos.
Carrère describe los últimos días de su madre con una mezcla de admiración y ternura. Los hijos están con ella, a los 94 años, como si hicieran el último koljós.
A los 68 años regresa a la historia de su familia con Koljós, una extensa narración que tiene en el centro a su madre, Hélène Carrère d’Encausse, célebre historiadora de Rusia y secretaria perpetua de la Academia Francesa. Novela de duelo, comenzó a escribirla días antes de su muerte, el 5 de agosto de 2023. Siguiendo su vida y la de sus antepasados, recorre más de un siglo de historia europea, desde la Revolución rusa hasta la guerra en Ucrania.
“Los libros, las películas y las historia que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida”, escribe.

La novela explora cuatro generaciones de una familia marcada por el exilio, la pobreza y las convulsiones del siglo XX. Aparecen aristócratas rusos, intelectuales georgianos y personajes desplazados por la historia. Entre ellos, Georges, el abuelo materno, el que nunca logró adaptarse a la sociedad francesa y, sospechoso de colaboracionismo, desapareció tras la guerra. Un fantasma triste que Carrère sacó a la luz, contra la voluntad de su madre, en Una novela rusa.
Junto a Hélène está la figura discreta de Louis, el padre del narrador, que vivió a la sombra de su esposa y dedicó buena parte de su tiempo a investigar la genealogía familiar. Tras su muerte, meses después de ella, Carrère encontró las carpetas, fotografías y documentos que había reunido y que le permitieron reconstruir la historia. “Como si, donde quiera que esté, mi padre me dijera: ahora te toca a ti”.
Koljós remite a las granjas colectivas rusas y es el nombre que su madre daba cuando Louis salía de viaje y los niños dormían con ella. La novela abre con el homenaje de Estado a Hélène, encabezado por el presidente Emmanuel Macron, y cierra con una imagen silenciosa: el padre subiendo los Pirineos en solitario, tras las huellas genealógicas de su esposa.
Creo que el extraordinario ascenso de mi madre dentro de la sociedad francesa viene de ahí, del hecho de que su padre vivió y murió como un paria.
Carrère describe los últimos días de su madre con una mezcla de admiración y ternura. Mujer de carácter fuerte y rigurosa, a los 94 años mantiene la entereza y una gran tranquilidad ante la proximidad de la muerte. Los hijos están con ella, como si hicieran el último koljós. Carrère la mira, y más allá del personaje brillante, y más aún de los conflictos que hubo entre ellos, recuerda cuando los cargaba en sus brazos, cuando los sostenía “con un amor tan confiado y tan grande, más grande que cualquier otra cosa en el mundo”.

Aquella imagen del niño desbordado de alegría en la piscina, bajo la mirada de la madre, está en Una novela rusa y vuelve en Koljós. ¿Cómo ve usted la relación entre estos dos libros?
Hay evidentemente una relación estrecha. Son dos libros que son un poco gemelos, con veinte años de diferencia. Exactamente veinte años. Pero creo que el primero era, de todos modos, un libro muy conflictivo, doloroso, violento, transgresor, mientras que el segundo es un libro mucho más sereno, yo diría incluso tierno. Y hay que decir que también puede serlo porque existió el primero. Porque, en el fondo, todo lo que había de más conflictivo en mi relación con mi madre fue expresado en el primero. Así que eso permite que el segundo sea más distendido, digamos.
Del mismo modo, la figura de su abuelo Georges vuelve en Koljós.
Sí, era difícil que no volviera. Es, de todos modos, un personaje importante de la historia.
Su madre tenía 15 años cuando él desapareció. ¿En qué medida esa desaparición marcó su vida?
En una medida enorme. Creo que fue un acontecimiento central en su vida, y diría que la extraordinaria integración de mi madre en la sociedad francesa, su extraordinario ascenso dentro de la sociedad francesa vienen de ahí, del hecho de que su padre vivió y murió como un paria, realmente. Y ella se construyó a sí misma en relación con ese acontecimiento, creo. Y poco antes de morir ella dijo que a veces soñaba que su padre regresaba.
Usted habla de la “generosidad suntuosa” de su madre, que le gustaba hacer regalos eventualmente caros. ¿Esa generosidad se relaciona con la pobreza de su infancia?
Oh, sí, creo que sí, y era una de las cosas que hacían que mi madre resultara realmente simpática. Es verdad que creció realmente en la pobreza, en una pobreza verdadera: un abrigo, un par de zapatos. Y sí, tenía ese gusto por las cosas un poco lujosas, que le gustaba ofrecer a quienes la rodeaban... A mí me parecía un rasgo extremadamente conmovedor en ella.
A veces me decía, incluso, que soñaba en ruso, pero nadie estaba más apegado que ella a la nación francesa, a la lengua francesa.
Usted cuenta que su madre habló ruso hasta los cinco años, antes de convertirse en una gran historiadora y especialista en la historia de Rusia. Sin embargo, dice que ella era profundamente francesa. ¿Cómo convivían esas dos identidades en ella?
Esas dos identidades convivían muy bien. Esa era realmente la identidad de mi madre: las dos. Es decir, hablaba ruso tan bien como francés. A veces me decía, incluso, que soñaba en ruso, pero nadie estaba más apegado que ella a la nación francesa, a la lengua francesa. Por eso, también, su papel en la Academia Francesa estaba realmente muy justificado, porque defendía la lengua francesa de una manera quizá un poco conservadora… Ese amor por Francia, por las instituciones francesas, todo eso es algo que siempre tuvo. Y al mismo tiempo era especialista en Rusia. Pero yo diría que se veía un poco como una especie de embajadora de Rusia ante Francia y de Francia ante Rusia, como si su papel consistiera en hacer que los franceses conocieran mejor Rusia y que los rusos conocieran mejor Francia. Quizá eso era un poco una ilusión, pero me parece que era una bella ilusión. Era realmente algo en lo que ella creía.

Su madre era una intelectual pública admirada y tras su muerte recibió honores de Estado. Vivía en una especie de palacio, vestía con elegancia y, sin embargo, dormía en un pequeño sofá y cada noche ella misma ponía las sábanas y las quitaba a la mañana siguiente. ¿Cómo veía usted ese contraste?
Ah, eso era típico de mi madre, sí. A ver, vivía en un palacio, pero era una residencia oficial. Era la residencia que la Academia Francesa reserva al secretario perpetuo. No era un lujo personal. Quiero decir, mis padres vivían con mucha holgura, pero no eran gente rica, no eran personas que tuvieran una fortuna… Pero eso era típico de mi madre, tener esa especie de ascetismo. A mi madre no le gustaba la comodidad, le parecía que ablandaba el carácter... Bueno, ella era un poco como un oficial prusiano.
Para mí esa fue realmente la feliz sorpresa de este libro: que mi padre, de ese modo, entrara en la luz.
¿Ese ascetismo, le resulta ajeno a usted?
No, tampoco me resulta tan ajeno. Yo no duermo en un pequeño sofá como mi madre, pero soy relativamente austero, ascético, sí.
Su padre vivió a la sombra de la figura deslumbrante de ella, como un personaje secundario. Sin embargo, en Koljós adquiere una dimensión extraordinaria.
Me alegra que diga eso. Para mí era lo más importante de este libro: darle su lugar a mi padre.
¿La escritura de este libro le permitió descubrir la grandeza de su padre?
Sí, absolutamente. No aprendí gran cosa sobre mi madre escribiendo este libro, porque a mi madre en realidad la conocía bien, pero aprendí mucho más sobre mi padre, y para mí esa fue realmente la feliz sorpresa de este libro: que mi padre, de ese modo, entrara en la luz. Y fue gracias al descubrimiento de los documentos genealógicos, es como si mi padre de cierta manera le hubiera dado forma al libro.
Mis hermanas y yo encontramos que la muerte de nuestra madre fue magnífica, que tuvo una especie de grandeza un poco romana.
El relato de los últimos días de su madre es uno de los momentos más conmovedores. Cuando ella le anuncia que tiene cáncer, usted llora como un niño. ¿Cómo vivió la escritura de esos momentos?
Curiosamente, de una manera bastante serena, porque, en realidad, mis hermanas y yo encontramos que la muerte de nuestra madre fue magnífica, que tuvo una especie de grandeza un poco romana, estoica. Y, entonces, hacer su retrato durante esos últimos días, así, me daba placer. Me daba placer describirla en ese momento que fue uno de esos momentos extraordinarios… En fin, es como una muerte que corona una vida, que le da sentido a esa vida. Y por eso fui feliz de contarla. Creo que ella habría estado de acuerdo.
¿Sí?
Sí, con eso sí.
¿Piensa que ella sabía o presentía que después de su muerte usted escribiría sobre ella?
No lo sé. En cualquier caso, durante los últimos días de su vida, cuando yo la interrogaba, de todos modos, nunca manifestó la menor desconfianza. Nunca dijo algo del tipo: “Eso no quisiera que lo contaras”. No, hablaba de una manera muy confiada, a menudo con humor, realmente hasta el último día, con humor. Estaba bastante distendida. Aunque “distendida” no es la palabra que utilizaría habitualmente para describir a mi madre, estaba bastante distendida ante la proximidad de la muerte.
El rostro de Rusia
“Rusia, para bien o para mal, es un asunto de familia”, escribe. Su madre consagró su vida al estudio de Rusia. Sin embargo, no había imaginado la guerra contra Ucrania. ¿Cómo vivió la invasión?
Mi madre quedó muy conmocionada tanto por la invasión de Ucrania como por el hecho de haberse equivocado. Así que eso no le gustó nada. Ahora bien, sinceramente, no fue la única. Muy poca gente anticipó la invasión de Ucrania. Quizá los servicios estadounidenses, pero nada más. Entonces creo que ella estaba muy sorprendida… Mi madre era muy optimista; tenía una especie de positive thinking que hacía que incluso sobre Putin dijera: “Sí, de acuerdo, Putin no es perfecto, es un poco autoritario, pero, de todos modos, el país va en la buena dirección”. Lo que a mí me parece objetivamente falso, pero daba cuenta de esa especie de confianza suya, de esa manera de decir: “Las cosas avanzan”.
Realmente amé Rusia. Pero es cierto que desde hace algunos años Rusia muestra un rostro, de todos modos, muy desagradable, muy horrible.
Leyendo Koljós, a veces uno tiene la impresión de que se encuentran dos pérdidas: la muerte de su madre y el derrumbe de cierta imagen de Rusia. ¿Esa imagen es en parte herencia de su madre?
Es verdad, es completamente cierto. Y más que en parte, realmente heredé eso de ella desde la infancia. Fui educado en el culto de la gran literatura rusa. Por otra parte, realmente amé Rusia. Pero es cierto que desde hace algunos años Rusia muestra un rostro, de todos modos, muy desagradable, muy horrible.

Usted viajó a Moscú justamente cuando comenzó la guerra. ¿De qué manera cambió su imagen o el amor que sentía por Rusia?
Para mí había algo novelesco, la sensación de que todo es posible en Rusia, algo exaltante… Después de la guerra esa imagen cambió. Cambió, creo, bajo la influencia de los amigos que he hecho en Ucrania durante estos últimos años, haciendo reportajes, una película, todo eso. Cambió también por el hecho de que fui por primera vez a Georgia, y fue como si hubiera empezado a ver el punto de vista georgiano, que es el mismo que el de Ucrania. Es decir, el punto de vista de países que simplemente fueron colonizados por Rusia y cuyas colonias Rusia quiere recuperar, está claro. Y yo antes no había visto las cosas de ese modo. Había sido educado en la pasión por Rusia y en cierto desdén hacia esos países satélites, como Ucrania, Georgia. Entonces eso cambió algo para mí, fue un cambio de perspectiva. Hoy es imposible no verlo: es una Rusia fascista.
Estoy muy desconcertado, no solo por lo que está ocurriendo hoy, sino por la dificultad de dar cuenta de ello.
Emmanuel, usted forma parte de quienes piensan que quizá nos encaminamos hacia una catástrofe histórica, el fin de nuestra civilización, incluso nuestra extinción. Ante esa perspectiva, ¿qué sentido tiene para usted escribir?
Me gustaría conseguir escribir algo sobre esta situación catastrófica, pero no sé cómo hacerlo. No sé. En este libro tomo una parte muy pequeña de esta situación catastrófica, esta guerra en Ucrania, que hace que el libro no trate únicamente sobre mi familia. Pero estoy muy desconcertado, no solo por lo que está ocurriendo hoy, sino por la dificultad de dar cuenta de ello.

¿Y hoy piensa ya en un nuevo proyecto?
Por ahora, no.
¿Y está preocupado, como le ocurrió otras veces?
No demasiado, porque hago otras cosas. Tengo la suerte de poder hacer a la vez guiones y reportajes. Así que trabajo, no podría quedarme sin trabajar, pero son trabajos que estoy contento de hacer. Me gusta hacer periodismo. Así que eso permite esperar a que un libro se imponga sin demasiada inquietud.
Libros y lecturas
En Santiago, Emmanuel Carrère sostuvo una conversación con Cristián Warnken para clientes de Fintual; y un diálogo abierto con Rafael Gumucio en la cátedra en homenaje a Roberto Bolaño, en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP. Un millar de personas desafió la lluvia para escucharlo, entre ellos el embajador de Francia, Cyrille Rogeau, y el expresidente Gabriel Boric.
La noche del lunes salió a comer con un pequeño grupo de escritores, entre ellos Mauricio Electorat y Benjamín Labatut, a quien lee con mucho interés.
–Creo que Benjamín Labatut intenta decir algo sobre lo que nos está ocurriendo actualmente. El libro que escribió sobre John von Neumann, MANIAC, es realmente una especie de arqueología de lo que estamos viviendo ahora. Yo estoy muy interesado en lo que escribe.
Vino a participar en la cátedra en homenaje a Roberto Bolaño. ¿Qué piensa de su obra?
Soy un lector apasionado de Bolaño. Ha sido una de las grandes revelaciones literarias para mí desde comienzos de este siglo o de este milenio. Ahora bien, no formo parte de los lectores pioneros de Bolaño. Yo empecé a leerlo después de su muerte. Antes no lo conocía. Pero empecé a leerlo y lo leí todo. Es realmente un escritor extraordinario. Y es un escritor que inspira no solo una gran admiración, sino también amistad. Me parece que uno siente ganas de ser amigo suyo.
(El reconocimiento) quizá permite tener más confianza cuando uno escribe, decirse que hay lectores a quienes eso les interesa, que lo siguen a uno, que sienten curiosidad.
En 2021 usted recibió el Premio Princesa de Asturias y Koljós fue finalista del Premio Goncourt y recibió el Premio Médici. ¿Qué piensa del reconocimiento?
Creo que primero está la satisfacción del amor propio y después se puede decir que, bueno, que está muy bien. Quiero decir, quizá permite tener más confianza cuando uno escribe, decirse que hay lectores a quienes eso les interesa, que lo siguen a uno, que sienten curiosidad. Es como si uno se dirigiera a ellos conociéndose mejor. Desde ese punto de vista, está muy bien. Pero también está el riesgo simétrico, que es la vanidad, el exceso de confianza en uno mismo. Hay que tener confianza en uno mismo, sí, pero no demasiado. Así que, bueno, uno intenta arreglárselas con eso como puede.

Hace décadas abandonó la ficción. ¿Ya no le interesa?
A mí me encanta la ficción. Soy un lector de ficción, me encantan las novelas, pero ya no escribo ficción. Y no es una elección ideológica. Es así, es que encontré... una forma que me conviene desde hace ya veinticinco años. Veinticinco años, vaya. Pero no tengo ningún prejuicio en contra de la ficción.
¿Cuando mira su propia obra, qué ve?
No sé... Veo que intenté hacer algo, que trabajé, vaya, que hice algo con mi tiempo en la Tierra. Eso está bien o está mal, pero, en fin, hice algo con él e intenté darle forma a mi experiencia de la vida en la Tierra, a través de esta vida particular que es la mía. Y espero que a partir de esta vida particular que es la mía pueda decir algo que conmueva a otras personas aparte de mí.
Sobre la mesa, la portada de Koljós muestra una fotografía en blanco y negro de los años 60: Hélène, la madre, sonríe jovial, rodeada de sus hijos pequeños que le llegan a la cintura. Emmanuel Carrère, vestido con pantalones cortos y chalas, mira a la cámara con el mismo pelo desgreñado que lleva este día de lluvia en Santiago.

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