Por Óscar HasbúnMK4: Desenredar para empezar a tejer
La reforma al Mercado de Capitales presentada por el Gobierno ayuda a desenredar una serie de nudos de nuestro sistema financiero y tributario que nos impiden desarrollar un mercado de capitales más profundo, dinámico y atractivo para inversionistas extranjeros y nacionales. Es un primer paso positivo y necesario.
El mensaje enviado por el Presidente de la República plantea que el país debe “generar la confianza necesaria para atraer inversionistas extranjeros” para que “el país se convierta en una plataforma que administre y canalice capital hacia el resto de América Latina”. Sin dudas un objetivo ambicioso y loable, que puede requerir la profundización de algunas de las medidas propuestas o la incorporación de otras no contempladas en el proyecto.
Chile ya cuenta con algunos de los atributos más importantes para ser un centro financiero regional: tiene el capital humano necesario para operar en un sector altamente calificado y competitivo; contamos con una institucionalidad sólida, transparente y eficaz en la regulación y fiscalización del mercado; y tenemos una industria bancaria y financiera seria, solvente y competitiva, con presencia de los bancos más relevantes del mundo. Entonces ¿qué nos falta? Las condiciones necesarias para que el capital fluya hacia y desde Chile a costos conocidos y comparativamente competitivos a nivel internacional.
Bajo nuestro sistema actual, si una empresa nacional recibe dividendos en el extranjero, paga los impuestos en el país donde se desarrolla la actividad operativa, y luego, al traer esos dividendos a Chile, vuelve a tributar en nuestro país, haciendo ostentosamente más costosa la inversión. Si bien nuestro país cuenta con un sistema de créditos por impuestos pagados en el exterior, la complejidad e incertidumbre que lo acompañan hacen que muchas veces no sea posible utilizar este beneficio, volviendo a Chile una sede muy poco atractiva para inversiones hacia el extranjero.
Un ejemplo: un “Family Office” basado en Chile que compra y vende acciones o bonos de una compañía listada en la bolsa de Nueva York no pagaría impuestos en Estados Unidos por la eventual ganancia de esa operación, pero sí lo haría en Chile, donde, al ingresar los recursos, tendría que cancelar una tasa del 27% (23% después de la reforma). Y si el inversionista basado en Chile es una persona natural, entonces esa tasa llegará al 40%. O una inversión en dólares en un bono americano que tiene un cupón de 4%, al tributar en Chile un 40% transforma esa inversión en una verdadera expropiación ya que ni siquiera se puede recuperar la inflación. Esta es una de las razones de la salida de fondos de Chile hacia el extranjero que, luego de pagar impuestos en nuestro país, buscan lugares más eficientes para este tipo de inversiones.
Para ser un centro financiero regional, Chile debe ofrecer una estructura tributaria internacional que sea comparativamente competitiva. Esto requiere, como punto de partida, incorporar exenciones (“participation exemption” en muchas jurisdicciones) para dividendos provenientes del extranjero y que sean percibidos por empresas domiciliadas en nuestro país. Además, establecer criterios de exención o reducción de impuesto a las operaciones bursátiles o de instrumentos financieros internacionales, fijando exigencias como plazos mínimos de tenencia de las acciones.
Actualmente, Chile cuenta con 37 convenios para evitar la doble tributación, lo que facilita la definición de un universo de países sobre los que pueden operar estas condiciones, las que tampoco requieren de innovaciones muy disruptivas, pues ya se conoce la experiencia de otros países que han apostado por volverse centros financieros, como Singapur, Inglaterra, Holanda o Irlanda, entre otros, los que sirven de referencia para adoptar medidas similares.
En cuanto a las inversiones en el mercado financiero local, es positivo que se flexibilice la exención a las ganancias de capital. Sin embargo, convendría analizar su ampliación a todos los instrumentos financieros y rentas pasivas, incorporando deuda de empresas más pequeñas que muchas veces no tienen acceso al financiamiento local o extranjero y que en consecuencia son las que más necesitan liquidez.
Si bien el proyecto va en la línea correcta, y hay que aplaudir los esfuerzos del Gobierno en la materia, se puede hacer más para que no solo se desenrede la madeja, sino que se libere lo suficiente para volver a tejer un sistema que convierta a nuestro país una real plataforma financiera global.
Por Oscar Hasbún M.,
Director de empresas.
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