El quiosco de la excomunidad de Pirque

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Miembros de la comunidad venden sus productos en la playa de Cachagua.

Algunos de sus miembros se trasladaron por el verano hasta Cachagua para vender productos naturistas. De esta forma, reaparecen 12 años después de ser considerados una secta, algo que hoy ellos descartan apoyados en estudios científicos y fallos judiciales.


Paola Olcese (47) camina por la playa de Cachagua: viste una manta y carga a un bebé en brazos. Casi en simultáneo con el ocaso del día, la argentina y líder de la excomunidad de Pirque llega hasta el quiosco que un grupo de comuneros administra desde diciembre pasado en el balneario de la comuna de Zapallar. Queques, helados artesanales, y una amplia oferta naturista es parte del catálogo de manufactura propia que ofrecen a los veraneantes.

La reaparición de este grupo, hoy residente en el valle Valeriano, en la zona del Huasco, sucede a 12 años de su aparición. Transcurría 2007, y la entonces comunidad de Pirque se veía envuelta en un escándalo judicial producto de la inhumación ilegal del cadáver de una de sus integrantes: Jocelyn Rivas (28). Este hecho desencadenó diversas acusaciones que apuntaban a este grupo de ser una secta religiosa. Las miradas, por entonces, estaban puestas en la argentina Olcese, quien estuvo un mes en prisión preventiva acusada de homicidio por omisión y luego fue sobreseída al ser considerada inimputable por un peritaje psicológico que la diagnosticó poseedora de un "delirio místico mesiánico".

Desde la comunidad hoy rechazan de plano las acusaciones que han existido en su contra. Incluso, aseveran que la instalación del quiosco demuestra que no se trata de un grupo cerrado, sin contacto con la comunidad, y destacan que en el norte venden sus productos en Vallenar.

En cuanto a Olcese, en 2014 debió enfrentar una nueva pericia psicológica ante una posible incapacidad de cumplir su rol de madre. Este último examen contradijo aquel que la acusaba de delirio y advirtió que "no presenta trastornos psiquiátricos mayores o de otra índole".

En la actualidad, la comunidad se distribuye en cuatro núcleos familiares, lo que, dicen, descarta un supuesto orden interno. "En el valle no hay un lugar tan grande para albergar a tantos y, aunque seguimos con el mismo espíritu y forma de vida, la comunidad se ha ido haciendo cada vez más familiar, sin necesidad de estructuras", explica Ismael Castillo, uno de sus integrantes.

La composición de la comunidad ha sido tema para el decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica, Eduardo Valenzuela, quien ha estudiado al grupo desde 2013. "Se aprecia un cierto alternativismo. Es decir, sus miembros se autocomprenden como personas que tienen un modo distinto de vivir al que presenta la sociedad en general", señaló sobre aquello que, en la práctica, se refiere al alejamiento que mantienen de un centro urbano, su permanencia mayoritaria en la comunidad y una cierta autosuficiencia.

"No existe evidencia de creencias o prácticas esotéricas de ninguna especie, lo que constituye un signo inequívoco de su inspiración cristiana", considera el estudio, que agrega no haber encontrado rasgos que demuestren "que la organización de esta comunidad se asemeja al tipo que se describe habitualmente en la literatura sociológica como secta".

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