Arturo Godoy: El campeón sin cinturón

El 9 de febrero de 1940 se celebró la pelea más importante del boxeo chileno: el boxeador iquiqueño enfrentaba, por el título mundial, al campeón Joe Louis, el más grande peso pesado después de Muhammad Alí.




Arturo Godoy quiere bailar. Hay una guerra mundial allá afuera, acaba de perder una pelea a 15 rounds por decisión del árbitro, y los termómetros en Nueva York apenas llegan a cero. Pero Arturo Godoy quiere bailar, y toma a su primera esposa, la actriz argentina Leda Urbinatti, y sale a confirmar que está en la ciudad que nunca duerme. Un paseo por Broadway, conga y rumba formarán parte del menú. La dicha lo embriaga esa noche.

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No fue hasta que ingresó al Regimiento Carampangue, en el epílogo de la década de 20, que el joven Arturo Godoy creyó que sus puños se transformarían en el sustento de su vida.

Nacido el 10 de octubre de 1912 en Caleta Buena, un poco más al norte de un Iquique que gozaba pujante de la explotación del salitre, su infancia y adolescencia la pasó en el mar.

De madre lavandera y padre pescador, en la extracción de erizos, choros y cholgas encontró su forma de aportar a una familia que requería de toda la ayuda posible. Eran 12 hermanos.

Su primera experiencia en un ring fue a los nueve años: un triunfo que le reportó cinco pesos y una paliza de su madre que, aunque molesta, se quedó con el dinero.

En el Ejército potenciaron sus aptitudes, las que también tenía para el polo acuático, el básquetbol, el fútbol y, por supuesto, la natación.

No pasaría mucho hasta que el prestigioso Louis Bouey, el mismo que en 1925 llevó a otro iquiqueño, Estanislao Loayza, a pelear por el cetro mundial de los livianos, lo cobijara bajo su alero y le construyera una carrera que, por sobre los títulos nacionales y sudamericanos, tuvo su punto de inflexión luego de derrotar en 1936 al argentino Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, en el mítico Luna Park de Buenos Aires.

A partir de ahí repartiría su vida en combates entre Argentina y Estados Unidos. Pese a algunas derrotas, todo iría hacia arriba. Sus triunfos, en especial dos sobre Tony Galento, otro aspirante a la corona de los pesados, validarían sus opciones de enfrentarse a Louis el 9 de febrero de 1940. The Challenger (El Retador), como lo llamaba la prensa allá y acá, llegaría a ese día con 27 años, 1,80 metros de estatura y un peso de 91,625 kilos.

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Joe Louis, 1,88 metros y 90 kilos, nacido en Lafayette, es una leyenda del cuadrilátero. En la historia de los mejores pesos pesados sólo lo supera Muhammad Alí, el más grande de todos. La mención no es gratuita. Desde junio de 1937, cuando superó a James Braddock, hasta junio de 1948, momento de su retiro luego de vencer a Jersey Joe Walcott, sostuvo invicto el cinturón de su categoría. Hasta hoy nadie ha vuelto a hacerlo. Peleó 69 veces, y apenas cayó en tres.

Uno de sus victorias más sonadas fue sobre el alemán Max Schmeling, en 1938, quien dos años antes lo había derrotado e iniciado así el halo de superioridad aria bajo el que se disputó la revancha.

Fuera del ring, el Bombardero de Detroit dio su propia lucha por la igualdad de razas, al convertirse en el primer afroamericano en disputar un torneo del PGA de golf, el San Diego Open de 1952. Después dedicaría recursos a apoyar las carreras de los primeros jugadores de raza negra en el exclusivo circuito.

En los 60 cayó en la tentación de las drogas, cuyas consecuencias lo afectaron hasta su muerte, el 12 de abril de 1981, a causa de un paro cardíaco.

El día en que enfrentó por primera vez a Godoy tenía 25 años.

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Como suele suceder en una pelea por el título mundial, el movimiento de las apuestas marcaba la previa. Siete a uno para Louis, decían las primeras; 10 a 1 para Louis, crecían; 1 a 1 que no le dura cinco rounds; 8 a 5 que noquea a Godoy antes del quinto; 2 a 1 que el chileno no llega al 10º. Que le aguantara hasta el final pagaba 4 a 1.

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Las voces de expertos también se multiplicaban en esos días. La mayoría dejaba en claro que el Guapo de Caleta Buena no era un paquete y hasta alguno lo creía ganador, lo que, de suceder, sería uno de los grandes golpes de la historia. Pero, a decir verdad y siguiendo la línea de las apuestas, casi todos confiaban ciegamente en el monarca.

Joe Jacobs, ex manager de Max Schmeling y Tony Galento: "Godoy es duro, se mueve rápidamente, tiene resistencia para mantenerse los 15 rounds. Además, posee un fuerte hook de izquierda. Godoy le dará trabajo a Louis".

El New York Times: "Se espera que Godoy sea la próxima víctima del poder paralizador de Joe Louis. Si el sudamericano triunfa, será uno de los hechos más sorprendentes registrados en la historia del boxeo. Sin embargo, la victoria del recio y joven chileno es siempre una posibilidad, aun cuando pequeña".

Tony Galento: "Louis va hacia abajo y está perdiendo su potencia. Ruego que Godoy no lo noqueé, porque yo quiero hacerlo".

Lou Ambers, dominador de los livianos entre 1936 y 1940: "Godoy es la versión peso pesada de Herny Armstrong (otro gran liviano de le época). La diferencia es que Arturo golpea al cuerpo y no a la cabeza. Le dará bastante trabajo a Louis".

Jack Dempsey, monarca de los pesos pesados entre 1919 y 1926: "(Godoy) puede ser el próximo campeón".

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Nueve semanas y cinco días duró la preparación de Godoy. Desde 1932 que peleaba en Estados Unidos, así es que sabía de qué se trataba un evento de esta magnitud. Hizo su base en Summit, un pequeño pueblo a una hora en auto de Nueva York.

En la última etapa, el nortino bajó la intensidad. Su itinerario incluía cortas sesiones con su sparring James Johnson, para después hacer largas caminatas y un poco de trote por los bosques nevados del poblado.

Hasta unas 400 personas llegaban a esas prácticas. En una de ellas, 60 marinos chilenos del vapor Aconcagua animaron al púgil, que por entonces se cuidaba de cualquier lesión inesperada y también de su garganta inflamada, producto del duro clima de finales de enero y principios de febrero en la Gran Manzana, que poco antes lo había postrado cuatro días en cama con gripe.

Tanto él como su mánager Al Weill rebosaban confianza. Por fin, después de que en 1937 lo viera vencer a su amigo Braddock, el que inspiró la película El luchador (2005), el chileno tenía al frente al gran Joe Louis, el último escalón en el largo camino hacia la cima que se había trazado.

"Me estoy entrenando muy fuerte desde hace dos meses y me siento bien. No le temo a Louis: voy a ir al ring a pelear como nunca lo he hecho", decía.

En el entorno del campeón también abundaba la seguridad en el triunfo y ya se planeaban sus próximas defensas. Tommy Farr, Tony Galento, Max Baer, Valentin Campolo y Lee Savold aparecían en el largo listado de posibles contendores.

Poco antes de la pelea, Godoy se enteraba del fervor que iba alojándose en Chile, donde era uno de los temas más relevantes en los medios, y el único que importaba en lo deportivo.

Aprovechó de leer cartas y telegramas que le llegaban, entre los que destacaban los del embajador Alberto Cabero, del ex cónsul chileno en la ciudad, Alfonso Grez, y de cientos de fanáticos y conocidos que querían darle un mensaje de apoyo para la gran noche.

El Mercurio había contratado un servicio radial que transmitiría la pelea en directo y en español. Se ubicaron parlantes en distintas plazas públicas de todo el país. La madre de Godoy, doña Vicenta, se la perdería. Los nervios pudieron con ella y debió ser trasladada al hospital con problemas cardíacos.

A diferencia de su mamá, el iquiqueño estaba tranquilo. Mientras el árbitro Arthur Donovan daba las indicaciones, el chileno, que vestía pantalón púrpura con una G en la pierna izquierda, se concentraba en ejercitar las rodillas.

Louis no sabía muy bien qué esperar. Había reconocido que esta sería la primera vez que vería en acción a su rival, pero que sus dos triunfos sobre Galento lo hacían merecedor de todo su respeto.

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El viejo Madison Square Garden, el de la Octava Avenida entre la 49 y la 50, aúlla desde lo alto. Buena parte de los 15.657 espectadores, que dejaron la insatisfactoria cifra de US$ 88.523 (se esperaban US$ 100 mil), abuchean al dueño de casa.

No es porque crean que no merece la victoria que acaba de conseguir, como se llegó a especular, sino que están descontentos con su actuación y celebran la "gallardía de Godoy", según relata el New York Times.

La decisión ha sido dividida. George Lecron le dio la victoria al estadounidense: le atribuye el triunfo en 10 asaltos, otros cuatro son para el chileno y el restante, una paridad. Tommy Shortell va por el iquiqueño: 10 rounds a su favor, sólo dos para el local y tres empates. Lo resuelve todo Donovan, el mismo que ha estado en todas las peleas de Louis en la Costa Este. El árbitro coincide con las impresiones de Lecron y el campeón retiene la corona por novena oportunidad, aunque por primera vez su instinto asesino queda en deuda.

El vencedor entendía las pifias. Era apenas la segunda ocasión en su carrera que llegaba al máximo de asaltos. Y sólo le volvería a pasar en dos ocasiones más. 

"Esta ha sido la peor pelea que he hecho desde que gané el título. Pero temía lastimarme las manos en la cabeza de este payaso", declaró respecto de la estrategia del Car'e Mapo.

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Godoy peleó varios pasajes del combate agachado, con la cabeza a la altura del cinturón del contrincante, al límite de lo que permite el reglamento -y a veces, superándolo-, dándole como única zona de golpe la dura mollera.

A lo largo de los 15 asaltos, no le causó daño preocupante al campeón. Tampoco recibió un castigo mayor. Muchas veces buscó el cuerpo a cuerpo, llevarlo a las cuerdas, no darle espacio a Louis, agotarlo. Siempre intentando ese gancho de izquierda decisivo no llegaría.

Tuvo rounds en que pareció tener chances de triunfo, pero su principal hazaña fue llegar entero al final, al punto de lanzar algunas provocaciones en el 14º round (le tiró un beso), y ponerse a saltar una vez tocada la campana definitiva, contrastado con lo exhausto con que termina en el ring una de sus mayores leyendas, incómodo en su hábitat, gesto que no cambia ni siquiera cuando escucha su nombre como ganador.

En esas escenas asoma la sensación de triunfo robado que se asumirá en el tiempo.

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Existen versiones de que Louis no se preparó adecuadamente para la pelea y que eso afectó su performance esa noche. Uno de sus biógrafos, David A. Adler, justifica todo ese rendimiento en lo hecho por el chileno.

"Godoy fue un peleador corajudo, más que un oponente digno para Louis. Godoy fue una gran boxeador durante la era más grande del boxeo… Me cuesta imaginarme lo que significa pelear 15 rounds contra el campeón. A cualquiera se le puede noquear por un golpe de suerte, pero llegar hasta el final significa ser un grande", describe.

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Mientras Louis se llevaba el cinturón a casa, Godoy recibía de besos y abrazos a todos los que entraban a su camarín. La derrota le reportó 13.540 dólares, pero su euforia no tenía nada que ver con lo económico. Parecía como si el resultado hubiese sido otro. Ni siquiera cuando escuchó que no era el nuevo campeón y Al Weill, su agente, lanzaba al aire un ademán molesto con el brazo. No, ahí el Guapo de Caleta Buena se acercó feliz a saludar al monarca.

De ahí en más, Godoy no hizo más que buscar la revancha. A los pocos días, el programa de radio We The People volvió a reunir a los pugilistas y el chileno no dejó pasar la oportunidad. "Que sea mañana mismo, no tengo planes", lanzó. Algo irritado, el monarca respondió: "Realmente quiere recibir una paliza. Lo haré tragarse sus palabras". 

No mucho después, concretaría su objetivo.

La segunda pelea quedó pactada para el 20 de junio de ese año en el estadio de los Yankees, en el Bronx.

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El viernes 16 de febrero de 1940, una semana después, la película de la pelea llega a dos salas de cine de Santiago, uno de ellos el Central. Las funciones se agotan y, aun cuando el resultado es por todos conocidos, los golpes y la actuación de Godoy es ovacionada. Columnistas de diversos medios asisten. Todos coinciden, "patriotismos aparte", que la victoria debió ser para el chileno.

El ensalzar la derrota surgió desde las más altas esferas. El Presidente Pedro Aguirre Cerda le escribía la misma noche del combate un telegrama al deportista que decía: "Su valiente y pujante pelea demuestra extremos de vigor a que llegaría nuestro pueblo, debidamente cuidado en salud y bienestar, como es programa actual Gobierno".

No muy distinto del presente, los hitos deportivos no abundaban en el Chile de los 40, que como grandes epopeyas atesoraba la caída de Loayza frente a Jimmy Goodrich en 1925, que popularmente se asume resuelta luego de un supuesto pisotón del árbitro al chileno (otros reportes hablan de una mala pisada del iquiqueño), y la medalla de plata de Manuel Plaza en Amsterdam 1928, la primera de carácter olímpico y que por años estuvo envuelta con la versión de que el atleta se perdió, algo que nunca fue comprobado.

Godoy vino a engrosar el tímido listado.

"La primera de las victorias morales fue el 13 de junio de 1925, cuando el otro iquiqueño, el Tani Loayza cae derrotado por lesión, en su pierna, por el pisotón del árbitro. Godoy repite, de un modo inconsciente, por cierto, este especie de mala suerte chilena. Esta fatalismo es muy de esta parte del país", describe Bernardo Guerrero, sociólogo iquiqueño y escritor del libro Arturo Godoy.

El periodista e historiador deportivo, Edgardo Marín, disiente. "La suya no fue una 'victoria moral' ni sé que alguien la haya calificado así. Louis lo ganó y punto. Godoy peleó agachado toda la pelea y en la segunda, cuando se irguió, el campeón lo masacró", opina.

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Para el escritor Roberto Castillo Sandoval, la leyenda del Guapo de Caleta Buena fue la inspiración para su novela de 1998, Muriendo por la dulce patria mía, obra de ficción que encontró reticencia de la familia Godoy por "enlodar" el recuerdo del deportista.

"Me interesaba acercarme a la cuestión de la memoria histórica chilena, cuestionar el modo en que nos contamos cuentos y nos identificamos con nuestro pasado", comenta.

La hazaña de Godoy fue libro y quiso ser película. A fines del siglo pasado, el cineasta Pedro Mallol se encontró con el libro de Castillo y junto a Edgardo Viereck desarrolló un libreto en inglés llamado A Kiss for Joe en honor ese minúsculo hito durante el 14º asalto de la primera pelea contra Louis y que se puede encontrar íntegro en la web.

"Nos gustó mucho la novela, ya que a partir de un personaje popular se construía una narración de proporciones casi épicas y que involucraba a varios países, épocas y culturas distintas… Recibimos un significativo apoyo del programa Ibermedia, pero en definitiva no se pudieron reunir los fondos necesarios", se lamenta Mallol.

Pero no sólo eso. Ese primer combate también generó un cuento del argentino Raymundo Cibral ("Agáchate Godoy", la mítica frase que se le escucha al periodista Gabriel Meredith, amigo del chileno, durante la pelea), una ilustración de antología hecha por el ilustrador Raúl Manteola para la revista El Gráfico del 21 de junio de 1940, un libro del sociólogo iquiqueño Bernardo Guerrero Jiménez, los poemas El Canto a la derrota de Arturo Godoy (Floridor Pérez) y Dale Godoy Dale (Guillermo Ross-Murray), además de tangos y cuecas.

Para el propio pugilista, la derrota le dejó otro instante de gloria. Como solía ocurrir con los hombres a los que vencía Louis, fue invitado a participar de una película, Grandpa Goes to Town (Andanzas de un campeón, de 1940), en la que aparece bailando en una escena con su mujer, Leda Urbinatti.

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Hace unos años, el homónimo hijo de Arturo Godoy dijo, en La Cuarta, que Iquique estaba en deuda con su padre. "La gente se olvida", se lamentaba.

Con él, coincide Guerrero: "A Godoy no se le da el valor que merece. La memoria deportiva en Chile, es corta, frágil y egoísta, sobre todo con los deportistas que no son de Santiago, y más aun con los nortinos.... Godoy es en la actualidad un desconocido para las generaciones jóvenes".

Marín, nuevamente, defiere: "Godoy fue -y sigue siendo, creo- famoso en Iquique y en Santiago, que es donde me consta... Es una de las grandes figuras del deporte chileno".

De la misma idea es Castillo Sandoval. "No creo que Godoy sea subvalorado. Hasta diría lo contrario, que hay una elevación al nivel heroico de sus enfrentamientos con Joe Louis. Mucha gente sigue convencida de que ganó la primera pelea contra Joe Louis".

El diputado comunista Hugo Gutiérrez siente que existe cierta amnesia, aunque no completa respecto del pasado. De ahí que junto a su correligionario Guillermo Teillier lanzaran un proyecto en el Congreso para levantarles un monumento conjunto a Loayza (fallecido en 1981) y Godoy (1986).

"Fue presentado en la Comisión de Cultura. Ya está para ponerlo en tabla durante el próximo período legislativo. Hay disposición para aprobarlo. En Iquique ambos son altamente valorados. A nivel nacional, no. Es parte de la memoria de corta distancia de los chilenos", dice Gutiérrez, uno de los que cada vez que ve la película de la primera pelea ante Louis cree que el nortino debió ganar.

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Arturo Godoy quiere bailar. Es de noche, hace frío, la Segunda Guerra Mundial se vive al otro lado del Atlántico y acaba de perder una pelea que parece un triunfo, muy distinta a la paliza que recibirá en junio de ese mismo 1940, cuando no completará el octavo round y su cara terminará desfigurada, necesitada de cirugías varias en las semanas posteriores. Godoy no piensa en eso aún. Quiere celebrar. Sabe que ha perdido un combate, pero que se ha ganado la inmortalidad.

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