Sergio Catalán, el arriero de Los Andes: "Me recordarán como un héroe"

El chileno que encontró a los rugbistas uruguayos tras 72 días perdidos en la Cordillera tiene ya 86 años, Pero recuerda su gesta como si fuera ayer.

Viernes 13 de octubre de 1972. Un vuelo de la Fuerza Aérea Uruguaya, en ruta hacia Santiago, se estrella en la Cordillera de Los Andes. En el avión van cuarenta pasajeros y cinco tripulantes, el viaje de la delegación del club uruguayo de rugby Old Christians -junto a algunos de sus familiares- a disputar un amistoso con Old Boys de Chile. Del accidente sólo sobreviven 16 personas. Tras 72 días sin ser encontrados,  luchando a cuatro mil metros de altura, sin comida suficiente, soportando temperaturas bajas extremas y alimentándose incluso de sus propios compañeros fallecidos, cuando la esperanza se consumía, se encontraron de frente con su milagrosa salvación, el arriero chileno Sergio Catalán Martínez.

“Pensé que nadie se iba a acordar de mí”, dice don Sergio a sus 86 años, con una débil voz y casi susurrando debido a su vejez. “Encontré a los dos uruguayos, les ayudé, pero pensé que al día siguiente se olvidarían”, añade. Se refiere a Roberto Canessa y Fernando Parrado, supervivientes que caminaron desesperadamente durante diez días en busca de ayuda. Finalmente, sin saber dónde estaban, llegaron a la precordillera de San Fernando, al lugar  donde vivía Catalán, y se encontraron al arriero trabajando. El chileno acudió rápidamente en busca de ayuda y permitió de forma exitosa el rescate.

Hoy, a 42 años del accidente, don Sergio sigue viviendo en la misma casa de la cual salió 72 días después a laburar transportando ganado. Ubicada en Roma, en un sector llamado Aguas Claras en un humilde hogar y junto a su esposa Virginia Toro, pasa sus días tras un vida entregada a la familia y a la austeridad. En su patio, destaca un horno de greda, un parronal techado y las gallinas que caminan, muchas veces a su alrededor, en forma vigilante. 

Operaciones de cadera

“Su vida hoy es muy tranquila. Ha tenido dos operaciones de cadera y le cuesta un poco caminar. No le gusta mucho quedarse quieto, es por eso que sale afuera a caminar”, cuenta Virginia. Su dia día es más bien simple, pero no puede faltar su té de hojas  con leche en un jarro, todos los días, en la mañana y en la tarde. En taza no le gusta. 

Don Sergio es padre de nueve hijos, Hijo Ilustre de la Municipalidad de San Fernando y ferviente colocolino. “Espero que el clásico lo ganen. Ojalá les vaya bien. Hay que jugar para ganar y para ganar hay que saber jugar”, lanza con una tímida risa.

En una de las piezas de su hogar se encuentra una camiseta enmarcada del club uruguayo con una leyenda que dice: “El Old Christians y los sobrevivientes, a Sergio Catalán y su familia, en recuerdo de su invalorable ayuda”. Catalán revive como si fuera hoy el día en que se encontró con los charrúas. “Yo los vi, pero nos separaba un río que por el ruido que hacía no nos podíamos escuchar. Me mandaron un papel en el que decía que estaban muy débiles y que había 14 compañeros más arriba en las montañas”, rememora. Y agrega: “Ellos se jugaron el todo o nada. Era cruzar hasta Chile y sobrevivir, o morir en el camino. Fue impresionante lo que hicieron”.

Quien también estuvo presente junto al arriero ese día que se encontraron con Canessa y Parrado, fue su hijo, Juan de la Cruz. “Eran muertos vivientes. Muy flacos, con los pómulos salidos; marcados, con muy mal olor y con los labios sangrando. Ya no podían caminar”, recuerda Cucho, como es apodado, quien agrega que su padre recibe una jubilación de cien mil pesos desde el Gobierno por su mérito. “Me parece que se merece más. Es un héroe mundial”, reclama. 

Cuatro panes 

La familia Catalán atiende a La Tercera con un punto de sorpresa pero extrema amabilidad. Siguen emocionándose cuando echan la vista atrás. Y a la vez a gusto. “Ésta nunca se ha contado en los medios, y  nosotros la conocimos 25 años después ”, dice Cucho:  “Mi padre se encontró con los rugbistas. Al verlos moribundos y hambrientos desde el otro lado del río, les lanzó cuatro panes amasados. Pero no se los repartieron,. Parrado, que llegaba  mejor físicamente que Canessa (roto tras caminar 55 kilómetros en diez dias), se comió tres de los panes a escondidas. Y con el cuarto encima se quiso hacer el generoso, se lo ofreció a su compañero como si fuera el único. El pobre Canessa se negó  a recibirlo entero; lo quería compartir”. Mientras el hijo desvela la historia, sus padres corresponden con carcajadas.

El rescate de los charrúas no habría podido ser contado si el invierno de 1972 no hubiera sido como fue, comentan como autoridades que son de la zona. “Fue uno de los más fuertes de la historia en Chile. Eso ayudó a Parrado y Canessa a cruzar todo lo que caminaron. Sin la cantidad de nieve que había ese año, hubiese sido imposible lo que lograron.Ellos pudieron avanzar deslizándose con la ayuda de la nieve. Con más piedras habría sido imposible”.

Este año no irá al acto

Todos los años, en octubre se realiza la conmemoración del llamado Milagro de Los Andes, jugando un partido entre los sobrevivientes de Old Christians y ex jugadores de Old Boys de la época, todo en un marco simbólico. Hoy, en el Old Grangonian Club, en Chicureo, al norte de Santiago, se realizará el 42° aniversario. Comenzará a las 15.00 horas. Sin embargo, debido a sus problemas en la cadera, esta vez Catalán no podrá estar presente en una ceremonia a la cual acostumbraba a ir. 

“Este año no podré estar lamentablemente, pero les mandó muchos saludos. Espero que estén bien, disfrutando de sus familias”, dice Sergio, quien además confiesa su preocupación diaria no sólo por los sobrevivientes. “Rezo siempre por ellos y también por los fallecidos de ese penoso accidente”.

Afuera, en su patio, se encuentra sentada en un silla su esposa Virginia Toro. Detrás,  en una de las paredes de la casa, una imagen de Juan Pablo II y con la leyenda: “Todo tuyo María”. Señales que confirman las convicciones católicas de una familia que dejó una huella no sólo en Uruguay, sino que en el mundo entero. 

“Todavía recuerdo el día que llegó de la montaña avisando que había encontrado a los rugbista”, relata Virginia. “Lo vi muy ansioso y preocupado; lo único que quería era ayudarlos lo más rápido posible”. El gesto no le sorprendió: “Sergio siempre fue así. Querido por todos, buen amigo, de buen corazón”.

Mientras escucha los halagos de su mujer, don Sergio se hincha de orgullo: “El rescate que hicimos no lo hace cualquiera. Arriesgué mi vida por salvarlos. Nos encomendamos a Dios. Lo que hice fue con una voluntad única. Cinco horas a caballo hasta que encontré a alguien  que me creyera. Y otras de vuelta en un camión a por lo chicos”.

Llega la tarde a San Fernando y al mismo tiempo el anhelo del arriero por su jarro de té con leche. Toma su bastón, se levanta de su silla y comienza a caminar a paso lento, pero con autoridad. Antes, dibuja una mirada inocente y alegre, y responde a la última pregunta: ¿cómo le recordará el mundo? “Como un héroe”.

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