Al rector le haría bien
Una ministra es maltratada, insultada, detenida (o secuestrada) en una universidad, institución donde se supone que se cultiva el debate racional.
Se suspenden clases por la violencia, o por la amenaza de violencia de alumnos contra alumnos, contra profesores, o contra visitas, en el caso de la Universidad Austral esta semana.
La pregunta que ronda en espiral es ¿qué puede parar esto? ¿Qué funciona?, como si fuera un botón que se prende y apaga.
Detectores de metales. Revisión de mochilas. Penas más altas contra quienes infringen las normas. Todas medidas que pueden ayudar, especialmente a contener la angustia de padres y madres frente al riesgo, pero que no han sido la panacea para bajar la violencia y la ocurrencia de estos hechos.
Vamos al caso de la ministra Ximena Lincolao. Respecto de los detectores, se discute hoy ¿qué detector de metales hubiera servido para parar a aquellos jóvenes que decidieron, en la práctica, secuestrarla? ¿Que la insultaron por su origen mapuche, que le pegaron, que la asustaron, que le tiraron escupos, la dejaron en un tiempo suspendido, a la espera de que alguien la sacara, volando, en un auto de puertas abiertas?
A las políticas de castigo, y especialmente de prevención, hay que sumar también la reflexión sobre aquellos factores que habilitan que jóvenes que se están educando -sea en el colegio o la universidad- piensen y actúen bajo la premisa de que la violencia es aceptable si sus causas lo ameritan. Que piensan que golpear o insultar a una mujer es aceptable si es que es de un ideario político distinto, por ejemplo, o si representa a un gobierno cuyas políticas educacionales no se comparten.
Esos alumnos que la maltrataron no lo deben ver así, pero tienen un pensamiento y una praxis política completamente trumpista. La policía ICE de Trump deshumaniza y persigue a los migrantes como si fueran animales: separa hijos de padres, secuestra personas, expulsa sin debido proceso, hasta encarcela niños pequeños -las historias son de horror-, pues considera que el fin que persigue justifica los medios violentos. Que sus políticas antimigrantes lo autorizan a despojar a los migrantes (o a la comunidad trans, o cualquier otra que él deteste) de su condición de humanos. (Lo mismo con la civilización iraní, que amenazó con hacer desaparecer por completo, y tantos otros ejemplos en que se impone esta lógica -ilógica- de que los derechos de las personas dependen de su grado de proximidad ideológica).
Que Trump tenga este poder carente de la mínima idea de reglas se explica porque hay millones de ciudadanos que han apoyado -han estado dispuestos a apoyar- esta política de odio, de enemistad, de pulverización del otro. Él ha cosechado en un terreno que estaba como pasto seco: el bullying y el odio políticos son un subproducto de una esfera pública dañada y hasta podrida, donde parece casi quijotesco exigir y practicar un debate racional y razonable. Como dice el escritor Andrés Barba -autor de la magnífica novela Auge y caída del conejo Bam-, hay que mirar, más allá de las personas, cómo este foro es tóxico y crea una esfera pública ejercida a tuitazo limpio, carente de filtros y reglas, matices y dudas. Una cultura en que solo se puede poner un dedo para arriba o un dedo para abajo (de nuevo Andrés Barba). Y donde la violencia de los trolls y bots habilita y prefigura una violencia en el mundo real.
La responsabilidad de los jóvenes que ejercen violencia en sus liceos y en los campus universitarios la deben asumir. Debe haber consecuencias claras para una conducta inaceptable y que contraviene la esencia de lo que una universidad es y debe ser. Pero también hay una responsabilidad de los adultos, cuando algunos usan y abusan de un modo de relacionarse agresivo y carente de la más básica amistad cívica. Ayudan a quitarle oxígeno -y envenenar aún más- la dañada esfera pública actual. En tal sentido, es extraño que el rector que invitó a la ministra Lincolao, Egon Montecinos, no vea que sus frases antes de ser rector -pero cuando sí era, sin embargo, profesor universitario- son el abono para un foro público sin racionalidad ni formas mínimas. “De la mano con la ley que castiga el insulto a los carabipacos, yo le agregaría un añito más de estudios. Putas que les haría bien”, escribió el 2013, por citar uno de los ejemplos de sus mensajes en redes sociales.
El rector Montecinos dice que está angustiado con lo que pasó, y ha condenado la violencia contra la ministra con mucha vehemencia. Pero ese es el piso mínimo: también el rector -y quienes son autoridades y/o participan del debate público- debe atender aquello que hacen, y que alimenta la violencia, pues hace que algunos jóvenes legitimen un modo de procesar las diferencias que es completamente antidemocrático, como vimos esta semana.
Parafraseándolo: al rector le haría bien pensar sobre eso.
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