Anatomía identitaria de Chile



Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

En la sociedad chilena hay cinco identidades políticas. Las dos principales, mayoritarias, vigorosas, son “negativas”. A riesgo de ser reduccionista, las presento como antipinochetismo y anticomunismo. La primera de izquierda, progresista, adversa al legado político y económico de la dictadura; la segunda de derecha, conservadora, opuesta al ethos de la lucha de clases.

Ambas identidades estuvieron, alguna vez, contenidas bajo coaliciones partidarias (Concertación/Nueva Mayoría y Alianza/Chile Vamos, respectivamente), pero poco a poco fueron desbordando a estas organizaciones envejecidas. Hoy no tienen dueño partidario; solo inquilinos. Circunstancialmente han encontrado cobijo electoral. El domingo último, el antipinochetismo fue atraído por Gabriel Boric (hace cuatro años por Beatriz Sánchez); el anticomunismo por José Antonio Kast. Estos electores no son frenteamplistas convencidos ni “republicanos” consagrados. Muy difícilmente agrupaciones de tan corta vida conquistan tan rápidamente mentes y corazones; pero sí son vehículos portadores de las animadversiones más viscerales.

Otras dos identidades partidarias, no casualmente “positivas”, están desgastadas. Son las relacionadas con las coaliciones tradicionales. Son aquellas simpatías originadas en la Transición que subsisten, con un pie en la nostalgia y el otro en la incredulidad de un presente ajeno. Los sobrevivientes de la Concertación se inclinaron por Yasna Provoste; los náufragos de las coaliciones de derecha, siguieron la deriva de Sebastián Sichel. Sin hechos fortuitos en el camino, estas identidades continuarán languideciendo, por élites partidarias desconectadas de las nuevas generaciones que le son indiferentes, a pesar de la sintonía ideológica.

La quinta identidad política es post-partidaria: el anti-establishment. La portan aquellos que no se sienten reconocidos en las disputas que dividen la sociedad chilena (para ellos, no hay “zanja” ni “grieta”), no son de izquierda ni de derecha, pero sí les interesa la política. Votar por Parisi les parece un gesto, una revancha a las viejas coaliciones y una burla a sus herederos. No es endoso al telecandidato; es esencialmente rechazo a los incumbentes y a los concertacionistas, a los octubristas y a los antioctubristas. No les seduce las narrativas del “cambio” y del “orden” y son quienes definirán el próximo Presidente.

Las magnitudes de estas cinco identidades partidarias y post-partidarias varían lentamente, suelen perdurar más de lo que supone “la crisis de representación”. Los candidatos son pasajeros; las identidades obviamente que no.

De cara a la segunda vuelta, Kast parece haber entendido mejor esta anatomía identitaria del electorado al dirigir su primer discurso en tono anticomunista. La primera perorata de Boric, al prescindir del “voto en contra” -al menos esa parecía su intención-, atenúa el antipinochetismo que es, por ahora, su identidad movilizadora. En cualquier caso, lo decisivo estará en atraer el anti-establishment y, para ello, quien tenga mejores herramientas populistas, será el ganador.

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