¿Bachelet inviable?
Era un zapato chino.
Kast postergó su decisión -o la comunicación de la misma- desde que ganó la presidencia. Por fin esta semana el Presidente Kast informó que su gobierno resolvió quitarle el apoyo a la expresidenta Bachelet para su candidatura a la Secretaría General de la ONU. En un comunicado escueto -hasta seco- anunció que el Ministerio de Relaciones Exteriores y las embajadas que nos representan en el exterior “dejarán de participar en los esfuerzos de promoción de esta candidatura”.
El gobierno de Kast ha intentado enmarcar su decisión en la “viabilidad” -o “inviabilidad”, más bien- de su candidatura: “La dispersión de candidaturas de países de América Latina y las diferencias con algunos de los actores relevantes que definen este proceso hacen inviable esta candidatura y el eventual éxito de esta postulación”, se dijo.
Como premio de consuelo -o deferencia- hacia la dos veces expresidenta de Chile se informó que si ella decidía continuar, “Chile se va a abstener de apoyar a cualquier otro candidato en este proceso eleccionario”.
Pero el argumento no se sostiene.
Primero, determinar la viabilidad o no de una candidatura de naturaleza internacional es, de suyo, complejo. No hay modo de predecir la conducta de actores clave (para qué decir de Trump). Entre la decisión de Kast y hoy, se bajó una candidatura y hay, por tanto, menos competidores de la región. Y si el punto era la viabilidad, bueno, el golpe más duro hacia la viabilidad de la candidatura de Bachelet hasta ahora ha sido, justamente, el que le propinó el Presidente Kast. Para países como China o Estados Unidos -u otros- es evidente que es un dato no menor esa falta de respaldo de los suyos. Es extraño, entonces, enarbolar como razón para quitar el apoyo aquello que la decisión misma ha provocado.
Y si no hay nadie a quien vayan a apoyar, ¿por qué el gobierno no apoya a su compatriota? ¿Bachelet no es viable o no es idónea? ¿Por qué? Preguntas sin respuestas y decisiones sin lógica.
Quizás desde el gobierno de Kast pensaron que, al retirar el apoyo, la expresidenta iba a bajar su candidatura para evitarse una humillación frente al mundo, un mundo que ella, como pocos chilenos, conoce bien.
Pero no fue así, y hoy la Cancillería enfrenta un escenario insólito. Brasil y México la siguen apoyando. La Presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, de hecho, reforzó ese apoyo. No es poco: se trata de los dos países más relevantes de la región, y hay varios países más que ven con buenos ojos el liderazgo de Bachelet para los turbulentos tiempos que corren. Por su experiencia internacional, su oficio político, sus redes y por su modo de hacer política, que evita la odiosidad y la confrontación. Hasta sus adversarios le reconocen humanidad en el trato, capacidad de diálogo y negociación, y que es una persona que no emplea ni hostilidad ni odio como práctica política. En un mundo polarizado y lleno de conflictos, eso es lo que se requiere.
Como dijeron destacados excancilleres: su candidatura tenía sentido de Estado.
Abandonarla es un error del kastismo. Y no solo táctico (se abrió un nuevo flanco y logró unir a una oposición dispersa), sino estratégico, pues el gesto es revelador de una pulsión por marcar señales ideológicas, lejano al discurso de la “unidad” que el Presidente Kast asumió al ganar.
Había en el caso Bachelet la posibilidad de mostrar amistad cívica, transversalidad en los nombramientos de Estado, una retórica y una práctica no partisana, que enfatice en lo que une a las y los chilenos y no en lo que divide. Hay tradición en tal sentido respecto de varios ámbitos, y especialmente en nombramientos en cargos internacionales. Es el caso de José Miguel Insulza en la OEA (respaldado por el expresidente Piñera), Andrés Allamand como secretario general iberoamericano (respaldado por el expresidente Boric), por citar dos ejemplos. Eso no significó que Piñera fuera socialista, ni Boric, derechista, sino que se consideró que -más allá de las diferencias políticas- había, en un nivel superior a la trinchera política, algo que es importante promover y proteger.
Kast, en cambio, tomó otro rumbo, complaciendo a su base más dura, que no quería que apoyara a Bachelet (aunque según la encuesta Descifra, el 52% de la población está en desacuerdo con su decisión de quitarle el piso a Bachelet).
Paradójicamente, la principal perjudicada por este episodio quizás no sea la expresidenta Bachelet, que ha vivido éxitos y fracasos políticos en su larga y ya consolidada trayectoria, y que, si de algo sabe, es de resiliencia. Y quedó en una posición expectante: si, contra viento y marea, gana la Secretaría General de la ONU, será un logro extraordinario. Sería, además, una nueva Gabriela Mistral, ninguneada en su tierra, reconocida afuera.
Y si pierde, la lápida se la puso -o ayudó a ponérsela- el Presidente Kast, cuya historia presidencial recién comienza.
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