Álvaro Matus

Álvaro Matus

Periodista

Opinión

Berlin: elogio del escepticismo


Hace 60 años, en una sala abarrotada de alumnos y académicos en el Schools Building de Oxford, Isaiah Berlin dictó su conferencia más influyente: “Dos conceptos de libertad”. Michael Ignatieff, autor de una biografía excepcional -que acaba de ser reeditada-, cuenta que antes de salir al salón, Berlin estaba embargado por el pesimismo y la inseguridad. Creía que se estaba repitiendo, que carecía de originalidad. La primera versión del texto, además, era tan extensa que habría demorado cuatro horas leyéndolo. Pero lo redujo. Como era habitual en él, escribía 60 páginas que luego quedaban en 30 y después en 10, hasta que al final todo se reducía a una carilla con unas cuantas notas. Berlin improvisaba. O hablaba de memoria. Mejor, transmitía vidas, conceptos y procesos históricos con un talento más propio del novelista que del filósofo. Bob Silvers, el editor del New York Review of Books, atinaba al decir que su talento era esencialmente artístico.

Por eso mismo, no fue autor de un gran libro teórico, sino de ensayos dispersos que aparecían en revistas, de ponencias que daba en universidades y de las célebres charlas que transmitió la radio de la BBC. Ignatieff lo define perfecto: prefería la digresión antes que la exposición monográfica y le importaban más las clases medias cultas que los especialistas. Su razonamiento y la indagación en sus propios conflictos afloraban en la escritura sobre otros, fuera Marx o Herder, Tolstói o Turgueniev. Gran conversador, su pensamiento brotaba mejor durante una reunión social que en el silencio de la biblioteca.

Su principal interés eran las personas; de ahí que subrayara la importancia de la “libertad negativa”, esa ausencia de coacción fundamental para poder elegir cómo vivir, sin que nadie establezca qué camino es mejor o peor. Porque en aras de la “libertad positiva” -tener el poder para hacer lo que se quiera- se habían cometido los mayores horrores y a Berlin no se le escapaba que su conferencia, ese 31 de octubre de 1958, tenía como trasfondo la Guerra Fría y las luchas poscoloniales.

Fue un visionario a la hora de advertirnos sobre la tecnocracia: era demasiado consciente de que, en un mundo donde los valores se oponen entre sí, no existen soluciones racionales y perfectas. Elegir es perder, también. Y la libertad no es sinónimo de felicidad ni de certeza. En el mundo de hoy, con el auge de discursos cada vez más agresivos -de Trump a Bolsonaro-, resulta indispensable volver a Berlin. Ya en los 50 decía que no se necesitaba “más fe o un liderazgo más fuerte, o más organización científica. Es más bien lo contrario: menos ardor mesiánico, más escepticismo culto, más tolerancia de las idiosincrasias”.

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