El Carmen y la memoria

La Virgen del Carmen y el Niño Jesús resplandecen en el interior del templo de La Tirana, desde donde la imagen sale a ser venerada en las calles cada julio.


El martes recién pasado celebramos algo que puede sonar como vestigio de otra época: El día de la Virgen del Carmen. Avanzado el siglo XXI lo seguimos celebrando, a pesar de ser una sociedad secular y que la separación entre Iglesia y Estado quedó zanjada en 1925. Se ha dicho que esta celebración sería incompatible con un estado laico no confesional, y que por lo tanto debería eliminarse. Estoy muy en desacuerdo.

El 14 de marzo de 1818, cuando nuestra autonomía de España era una realidad frágil y apenas incipiente, se efectuó en la Iglesia Catedral de Santiago el solemne juramento en que se acordó construir un templo en Maipú y se declaró a la Virgen del Carmen como "patrona de estas provincias e intercesora en nuestros conflictos". Hacía solo un mes; si, apenas un mes desde que O´Higgins había firmado el acta de la independencia (12 febrero). Así, la festividad del Carmen está íntimamente ligada a nuestro origen histórico y a nuestra identidad como república independiente.

La memoria, lo sabemos, es importante. Hay cosas o eventos que nos empeñamos en no olvidar, hacemos museos, incluso a alguno llamamos "de la memoria", justamente para que eso, el olvido, no ocurra. Es que, sin memoria, nuestro origen e identidad se pierden en la bruma oscura de lo que nunca fue. La historia es memoria, esa que nos permite conocer el pasado, pero quizás más importante, comprender nuestra realidad presente.

Sin memoria no existiríamos como nación (tampoco como personas, debo agregar). En parte la construimos, la trabajamos, cimentamos un relato: monumentos, libros, fotografías, todo para fundar una memoria colectiva que nos represente e identifique. Queremos recordar fechas, personajes, poetas, obras que van edificando una memoria compartida de lo que somos. Pensemos en esos males de la vejez en que la memoria individual se borra; entonces, lo sabemos, la persona, aunque viva, desaparece. Despojados de memoria, no somos nada.

Recordamos el Holocausto, Hiroshima, la Revolución Francesa, porque son hitos que la humanidad no quiere y no debe olvidar. Somo hijos de esos hechos, aunque no los hayamos vivido directamente. En nuestro cercano Museo de la Memoria se declara un propósito esperanzador, y es que éste "fortalezca la voluntad nacional para que nunca más se repitan hechos que afecten la dignidad del ser humano". Todo esto puede hacer la memoria, por todo esto es importante.

¿Debemos preservar la festividad del Carmen? Mi respuesta es que sí. Está en nuestro origen, nos ayuda a comprendernos como país y como sociedad. Nos hace sentirnos parte de una comunidad que comparte un legado, una cultura, unos sentimientos. No es necesario ser creyente, ni parte de la Iglesia para recordarlo o incluso celebrarlo. Si desaparece, una parte de nosotros mismos se desvanecerá. La memoria colectiva de una nación es un legado. Su destrucción, se llama olvido.

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