Chile en el Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2020

mujer



Por Claudia Mora, doctora en Sociología; profesora titular, Universidad Mayor

El Informe de Desarrollo Humano 2020 del PNUD publicado recientemente ubica a Chile en el primer lugar del ranking de desarrollo humano en América Latina y el Caribe, y en el lugar 43 a nivel global. Esta buena noticia se diluye, sin embargo, al considerar los niveles de inequidad existentes en nuestro país revelados por el informe. El mismo documento presenta un índice ajustado por desigualdad, que muestra la distribución de los logros de cada país entre sus ciudadanos. En este indicador, ya no somos los primeros a nivel regional, porque la desigualdad en la sociedad chilena nos hace bajar 11 puestos -y deja a Argentina en el lugar número uno en la región-. Responsable de tal caída es, de manera importante, la exclusión social por género, en particular la que persiste en el mercado laboral a pesar de modestos avances en la última década.

Como evidencia, las dificultades y barreras que las mujeres enfrentan en el trabajo remunerado atraviesan toda su historia laboral, lo que se ve reflejado en una mayor pobreza en su vejez. Los datos del informe PNUD 2020 muestran que, en Chile, ellas dedican más de un 20% de su día al trabajo doméstico y del cuidado, lo que ubica al país en el grupo de bajo rendimiento en esta dimensión a nivel global. Vinculado a ello, las mujeres en Chile muestran una de las tasas de participación en el mercado laboral más bajas de la región que, de acuerdo a la Cepal, se debe casi en un 70% a razones familiares. Pero, además, ellas perciben menores ingresos en relación a hombres con igual calificación y trayectoria. En el mapa global del PNUD 2020, el ingreso nacional bruto per cápita estimado para los hombres en Chile es cercano al doble que el de las mujeres. Y, como se podría anticipar, las pensiones contributivas -que dependen del ahorro previsional- cubren a una mayor proporción de hombres, mientras que las pensiones solidarias, a una mayor proporción de mujeres.

Este desalentador panorama se debe en gran medida a que el mercado laboral chileno presenta importantes trabas al trabajo remunerado de las mujeres, que se traduce en una tasa de participación laboral femenina por debajo del promedio regional; y, además, en una segregación por género en el trabajo en dos dimensiones: una horizontal, que significa que hombres y mujeres en Chile se concentran en labores distintas, lo que es relevante en tanto que las ocupaciones que concentran a mujeres, es decir, ocupaciones feminizadas, perciben en promedio menores ingresos que las ocupaciones masculinizadas; y una segregación vertical, que implica una alta concentración de mujeres en los escalones más bajos en sus ocupaciones. Así, el “techo de cristal” impide a las mujeres en Chile alcanzar puestos de poder: de acuerdo al PNUD, solo ocupan un 28% de los empleos en management senior y medio-. Sin embargo, la persistente brecha de ingresos entre hombres y mujeres no desaparece en estos empleos. Por el contrario, de acuerdo a datos del INE, la brecha aumenta significativamente con el nivel educacional (es decir, hombres y mujeres con enseñanza superior y postgrado exhiben las diferencias de ingresos más amplias en el país).

Estos datos parecieran indicar que el desarrollo humano de Chile está siendo frenado por la distribución desigual de los beneficios del desarrollo en la población y, además, que el bajo rendimiento del país en las dimensiones de género y trabajo tiene un gran impacto en cómo se distribuye el ingreso en la población. Por ello, las políticas de Estado diseñadas para paliar las inequidades en acceso, condiciones, y trayectorias laborales de las mujeres en nuestro país son urgentes. No obstante, las medidas que se limitan a apoyar solo a la mujer “madre trabajadora” y no al conjunto de trabajadores; las respuestas que insistan en que los costos del cuidado familiar sean asumidos individualmente por las mujeres; y que no contribuyan decididamente a la valoración del aporte y lugar de mujeres y hombres por igual en la sociedad chilena, solo terminarán por reproducir las inequidades que se muestran sin grandes cambios en informes internacionales, como el de PNUD 2020 y otros, como el Informe de Brecha de Género del Foro Económico Mundial, (que es aún más castigador en los rankings de Chile en igualdad de género en el trabajo). Sin medidas y políticas que tengan como punto de partida la igualdad de posiciones y responsabilidades de mujeres y hombres en el trabajo remunerado y no remunerado, la desigualdad laboral -y su ingreso, como corolario- no tendrá mayores transformaciones. Y ya es hora que esto ocurra, si el país quiere dar el salto al desarrollo.

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