Max Colodro

Max Colodro

Filósofo y analista político

Opinión

Cifras en contraste

El Presidente Piñera, en junio pasado, durante el Encuentro Empresarial de La Araucanía. FOTO: Christian Iglesias/Aton Chile

La percepción que cristaliza en encuestas y estudios de opinión es, en principio, menos consistente que la expresada en procesos electorales. Por ejemplo, Michelle Bachelet terminó su primer mandato con una aprobación superior al 70%, es decir, mucha gente que no era de centroizquierda y nunca habría votado por ese sector, respaldaba su gestión en ese momento. Con Sebastián Piñera ha pasado algo similar, en las movilizaciones estudiantiles de 2011 llegó a niveles cercanos al 20%, o sea, un amplio contingente de votantes de derecha rechazó su gestión durante ese proceso. Y a tres meses de iniciado su segundo gobierno alcanzaba un 60%, lo que implica que en junio de este año tuvo el respaldo de un sector que no votó por él y nunca ha sido de derecha.

Ahora las cosas han vuelto a cambiar, pues en los últimos dos meses el actual Mandatario perdió cerca de un 15% de respaldo y los niveles de rechazo superan ya las cifras de aprobación. Ello ha venido a confirmar que vivimos tiempos en el que la ciudadanía es especialmente sensible y voluble a las señales públicas, y que los errores y debilidades en la conducción política se pagan con relativa rapidez.
Con todo, la caída del respaldo y el aumento de la desaprobación al gobierno poseen también factores más difíciles de controlar, y que dicen relación con un marcado contraste en los indicadores económicos. Así, mientras las cifras de crecimiento de los últimos meses se ubican por sobre el 4%, el índice de remuneraciones ha sufrido su primera baja relativa desde 2009, afectando al elemento más sensible, que es el bolsillo de la gente. Del mismo modo, la mayor inversión privada no logra traspasarse aún a la creación de empleo formal, lo que sumado al estancamiento en los salarios ha terminado por golpear las expectativas de un sector importante de la población.

En resumen, el gobierno atraviesa en la actualidad su primer quiebre en materia de confianza pública, pero hay al menos una consideración que es importante no perder de vista, ya que en un contexto global de fuerte deterioro político y desprestigio institucional, no es fácil encontrar en el mundo occidental gestiones que tengan niveles de respaldo superiores al 40%, más aún en sistemas políticos marcados por altos niveles de polarización.

La pregunta, entonces, es si el gobierno entiende las causas y la lógica de este nuevo momento, si ha preparado una estrategia para abordarlo y tiene claro sus objetivos para esta etapa. Entre sus “activos” políticos dispone aún de una oposición balcanizada, llena de grietas, desafectos y contradicciones. Y de la relativa condescendencia de un sector de la población que vivió con alto grado de temor e incertidumbre el ímpetu reformista de la administración anterior. Pero las cifras de los últimos meses confirman que eso ya no suficiente.

Es el gobierno, por tanto, el que debe clarificar y acotar su agenda a las nuevas circunstancias, y el que debe ser capaz de generar confianza en que los buenos indicadores macroeconómicos se verán reflejados más temprano que tarde en la vida cotidiana de las personas. Ambos objetivos son complejos y se hacen todavía más cuesta arriba cuando no se observa un horizonte político para la gestión, un imaginario de futuro consistente y realista, que permita, entre otras cosas, aminorar la desconfianza subyacente asociada al término del ciclo de acuerdos generado durante la transición.

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