Columna de Ascanio Cavallo: La rana hervida



Finalmente, el gobierno ha entrado en la campaña por el Apruebo para el plebiscito del 4 de septiembre. Algunos piensan que es inevitable. El proyecto mismo del Frente Amplio pasa por este trance. Y si las encuestas muestran tan consistentemente que las imágenes del proyecto constitucional y del gobierno están atadas, ¿cómo eludir ese compromiso?

Naturalmente, sería más fácil si las encuestas favorecieran la aprobación del Ejecutivo cuatro meses después de su instalación. Para su infortunio, no es así: este es el gobierno que más rápidamente ha caído en adhesión desde el momento de su elección. Tal vez es el destino de todos los gobiernos en sociedades donde se ha desmoronado el prestigio de la autoridad y de las instituciones. Pero esa reflexión pertenece a otro costal.

Tampoco la conducción del gobierno mejora demasiado. La frecuencia con que el gabinete muestra contradicciones y marchas y contramarchas hace pensar, ya no en los problemas del debutante, sino en 1) una capacidad muy limitada para atender a la materialidad de los problemas (la situación del sur y el complicado manejo de estos proyectos en el Parlamento, por ejemplo), o 2) la cohabitación de tendencias muy contrapuestas, que sólo están a la espera del 4 de septiembre para entrar en una lucha más abierta por la hegemonía.

La tercera posibilidad es que el oficialismo se esté enfrentando con uno de los hallazgos de la modernidad: que el gobierno es una máquina imperfecta (imposible, decía Freud), con la que es más fácil fallar que tener éxito repetidamente. El fracaso reiterado, eso sí, termina por arruinar la máquina.

Otros piensan que, en realidad, el gobierno y el Presidente Boric han iniciado una operación de salvataje ante la elevada probabilidad de que triunfe el Rechazo. Este sería un movimiento de última hora, que se ve obligado a poner por delante la idea de que la propuesta constitucional a) es esencial para el cambio social imaginado; b) tiene poco que ver con los convencionales que la elaboraron, y c), sobre todo, que se puede seguir reformando a piacere.

La idea de más difícil conciliación es la que dice que de otro modo habrá un nuevo período de incertidumbre. Hay algo de amenaza inútil en ella. Chile ha pasado con largueza casi tres años de incertidumbre y seguramente pasará bastantes más, porque la confrontación de largo aliento no es únicamente constitucional. Es de poder.

Pero si se trata de salvataje, lo que enfrenta no son cosas muy nuevas, sino los desafíos básicos de una contienda electoral en blanco y negro, de sí o no, de amigos o enemigos. Precisamente por esas razones, la participación del gobierno en la campaña tendría que moverse en una línea mucho más fina de la que parece querer seguir, más prudente y pudorosa. El riesgo de que el electorado perciba que se gastan recursos fiscales escasos en una campaña electoral puede ser más alto que sus potenciales beneficios. Un gobierno en campaña nunca ha sido algo muy decoroso. Pero lo es menos después de la larga pedagogía de la desconfianza que se ha practicado en Chile.

Con o sin compromiso, gane quien gane, se imponga el Apruebo o el Rechazo, la discusión constitucional polarizada, casi sin opciones, amenaza con convertirse en la carga permanente del cuatrienio del Presidente. Tal como van las cosas, Gabriel Boric podría ser recordado como el gobernante que sacó al país de una hecatombe inminente y que, sin haberla resuelto del todo, lo metió en una polémica incesante sobre su organización, sin tampoco resolverla completamente.

Moisés Naím llama “la estrategia de la rana hervida” al proceso de alteración progresiva de las normas de convivencia democrática. La idea es que una rana ha de saltar lejos al contacto con el agua hirviendo, pero si se la deja en un agua cuya temperatura va creciendo progresivamente, no se dará cuenta hasta que ya sea demasiado tarde. Naím identifica esta estrategia dentro del repertorio de modalidades con las que algunos autócratas modernos se han hecho del monopolio del poder. Pero también es posible lo contrario, esto es, que el agua que se calienta durante demasiado tiempo termine hirviendo a quien ha creído tener el poder.

La Convención fue una exhibición de esas posibilidades: los que querían hervir la rana de una vez, los que trataban de hervirla por partes y los que no querían ningún tipo de hervor. Se puede decir que después de ese proceso, la rana quedó sensible, con baja disposición a una nueva sumergida pasional. La idea de no repetir esa experiencia crispante puede dar base a la propuesta de cerrar el proceso de una vez, como insinuó el Presidente.

De todos modos, una discusión constitucional tiene un aspecto más serio que una simple asonada política. En principio, puede tener mayor densidad conceptual y más profundidad social. Pero eso depende de que sea un debate sin artilugios, que no se particularice y que abra las opciones para decisiones racionales.

No es lo que se insinúa para las próximas semanas.

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