Columna de Carolina Tohá: La convicción de la conveniencia

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En política hay problemas que parecen errores de cálculo, precipitación o inexperiencia, pero son en realidad reflejo de cuestiones más profundas. En la última semana hubo varios de esos que vale la pena analizar.

Vamos por parte. Los votos que faltaron en las bancadas oficialistas para extender el Estado de Excepción son un síntoma preocupante. Faltaron porque todo indicaba que la propuesta estaba aprobada y era mejor ahorrarse el costo ante un electorado al que hasta hace poco se le dijo que esa medida era aberrante. Puesto en la balanza, no vale la pena apoyar al propio gobierno, especialmente si las consecuencias no parecen tan graves. El problema es que sí lo son, porque muestran una falta de respaldo al Presidente por parte de sus más cercanos. ¿Qué esperar del resto, de la oposición y la ciudadanía, a quienes se les pedirá mil veces confiar y apoyar?

El sorpresivo adelantamiento de las vacaciones de invierno parece un caso de manual. Con esta medida se contradijeron las cosas que el actual oficialismo dijo y repitió mil veces cuando era oposición o recién asumía: seguir a los expertos, considerar a los territorios, atender a los impactos de género, evitar la suspensión de clases, no improvisar. Puede haber razones para ese cambio de opinión, pero lo que nunca habrá es una forma de entender por qué se puede ser tan duro con el adversario y tan poco rigurosos con los propios. Pareciera, simplemente, que la vara no es la misma cuando uno es el juzgado que cuando se juzga a los demás.

La resistencia a invitar a los expresidentes a la entrega del informe de la Convención es de otras ligas. Como nadie aquí es tan cándido para no darse cuenta del significado que eso tiene, hay que presumir que el cálculo de los costos se hizo y se optó, en un primer momento, por asumirlos. La única razón para explicar algo así es que persiste en algunos la impresión de que todo lo que hizo Chile hasta ahora fue despojo, farsa, abuso y corrupción, y bien vale la pena cortar con ese pasado vergonzoso, aunque duela. Lo más problemático de esa postura no es lo injusto o insultante que sea para los expresidentes, sino lo peligroso que es para el país que actitudes tan mesiánicas lleguen a posiciones de poder. O quizás no sea tan grave y se trate solamente de una interpretación de la historia acomodada a los propios intereses. Muchos dirigentes de la nueva generación han coqueteado con ese estilo, pero afortunadamente lo han ido dejando atrás. Ojalá contagien a sus compañeros.

Las reacciones suspicaces a la declaración del PPD es la guinda de la torta, partiendo porque varios opinaron sin haberla leído. Una declaración que llama a Aprobar con todas sus letras y sin vacilación alguna, fundamenta sólidamente las razones y advierte problemas del texto que se buscarán corregir después, debiera ser una buena noticia para quienes quieren que triunfe le nueva Constitución. Pero no. Se prefiere descalificar esa posición porque hay una sola manera correcta de aprobar: la que ellos proponen.

En todas estas situaciones se esconde una matriz común que consiste en un exceso de confianza en las propias opiniones y un descarte rápido de las ajenas, incluso si son las del mismo gobierno del que eres parte. Esta postura política, nada nueva por lo demás, consiste en explicar los problemas como el resultado de las fallas de los otros en lugar de asumirlos como expresiones de la complejidad y de los difíciles dilemas que plantea la vida en sociedad. Es optar por una simplicidad que deja réditos para uno y le echa los costos a los demás. Desde otra perspectiva, estas situaciones se pueden entender como la expresión de un balance muy particular entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. A primera vista se podría decir que hay una inclinación hacia la segunda, pero un examen más profundo muestra que más bien predomina una ética de la liviandad: disfrazar como convicción lo que es pura conveniencia. Más viejo que el hilo negro.

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