Columna de Daniel Matamala: Gary tiene razón



“En Chile debe haber elecciones”, decía en 1983 Carlos Caszely, entrevistado por Aldo Schiappacasse en Deporte Total. Al año siguiente, la misma revista publicaba un diálogo, de igual a igual, entre Caszely y el filósofo Edison Otero.

La osadía no le salió gratis: dos veces, en 1975 y 1983, Caszely fue sacado de la Selección Nacional por el veto de la dictadura a sus ideas políticas.

No es habitual que los futbolistas chilenos opinen de contingencia. Pero casi 40 años después, otro ídolo se atrevió a hacerlo, explicando por qué se radicará en España tras su retiro. “Me importa mucho que mi familia tenga garantizada la salud y la educación”, dijo Gary Medel. “Uno se llega a sorprender con lo que se vive en Chile. Mi mamá, por tener preexistencia por enfermedades como la diabetes, no tiene previsión. Todo tiene que hacerlo de forma particular”.

Las declaraciones no le costaron un veto político, pero sí varias respuestas desdeñosas. El cientista político Patricio Navia dijo que Medel “todavía no sabe que le va a tocar pagar impuestos en España. Cree que para millonarios como él todo es gratis”. Y el inversionista y columnista Tomás Casanegra lo criticó por supuestamente pedir que “Chile (grupo de personas en que el 99,99% tiene ingresos menores que él) debiera garantizarle (pagarle) salud y educación a su familia”.

Ambas críticas eran fruto del desconocimiento. Medel lleva 11 años viviendo en Europa, tres de ellos en España, por lo que sabe cómo son los impuestos en esos países. Y en la entrevista, el propio futbolista especifica que su situación es privilegiada: “Yo gasté $ 17 millones por dos veces que mi mamá estuvo internada. Está claro que la buena atención de salud no está garantizada en Chile. Yo, por suerte, puedo costearla, pero sé que muchos no pueden. Lo mismo con la educación. Eso es distinto en España”.

A los contradictores de Medel les falta chispeza. Evalúan los impuestos desde una perspectiva estrecha. Así, concluyen que a un millonario no le conviene vivir en Europa, porque lo que pagará por tributos es más de lo que recibirá de vuelta en prestaciones sociales gratuitas. En la suma y resta, sale perdiendo.

¿Será así? Los países que recaudan menos impuestos como porcentaje del PIB son Nigeria (6,0%), República Democrática del Congo (7,5%), República del Congo (8,0%) y Chad (8,1%). En el otro extremo, soportando los impuestos más altos, están Dinamarca (47,4%), Francia (47,3%), Bélgica (45,4%), Suecia (43,7%).

¿Por qué, entonces, más millonarios prefieren vivir en Suecia antes que en Chad? ¿Si usted fuera uno de ellos, elegiría residir en Francia o en Nigeria? ¿Se llevaría a su familia a soportar la alta carga fiscal de Dinamarca, o a disfrutar de los bajos impuestos en el Congo?

El juez estadounidense Oliver Wendell Holmes definió los impuestos como “el precio que pagamos por vivir en una sociedad civilizada”. Ellos no sólo financian educación y salud pública, pensiones mínimas, fuerzas policiales, calles y plazas, tribunales de justicia y defensa de las fronteras. A través de todas esas prestaciones, construimos una sociedad cohesionada, en que primen la paz social y la seguridad jurídica.

Y en esa sociedad, las personas ricas son las más beneficiadas. Su dinero y sus contratos están seguros, porque un sistema jurídico (pagado con nuestros impuestos) los protegen. Sus propiedades y sus inversiones les pertenecen, porque la fuerza del Estado (pagado con nuestros impuestos) así lo garantiza. Mientras una persona más tiene, mientras más privilegiada es su posición en una sociedad, más comprometida debería estar con ese país que le permite prosperar, y más gustoso debería pagar esos impuestos que garantizan su bienestar.

Por eso es tan cuestionable que algunos de los más privilegiados se lleven su dinero a “paraísos fiscales”, aprovechando nuestra sociedad para acumular ese dinero, pero evadiendo su responsabilidad de contribuir a ella.

Todo lo anterior supone fortalecer nuestras instituciones, para garantizar que el dinero no se robe o despilfarre. Datos de la Ocde y el World Governance Index (WGI) del Banco Mundial evalúan positivamente a Chile en la eficiencia de su gasto público. Chile está en el 20% mejor del mundo en cinco de los seis parámetros que mide el WGI: responsabilidad, efectividad del gobierno, calidad de las regulaciones, imperio de la ley y control de la corrupción. El único punto bajo es la presencia de violencia, donde hemos caído en los últimos años.

Hay mucho que mejorar, por cierto. Pero el discurso interesado que culpa de todos nuestros males a la burocracia o a los gremios del sector público no se sostiene en evidencia.

También se dice que los impuestos deben ir subiendo a medida que los países se desarrollan. Cierto. Ahora veamos la evidencia: según un estudio del CEP, nuestra carga tributaria está tres puntos del PIB por debajo de los países Ocde cuando ellos tenían una riqueza similar a la que tenemos hoy. Estamos al nivel que la Ocde tenía en 1965, cuando esas economías eran más pobres que el Chile actual.

Estamos rezagados en la tarea de recaudar más impuestos progresivos para financiar mejores prestaciones sociales universales.

“¿Millonario? Se dice TRABAJADOR”, respondió Medel a sus críticos. Y ahí está toda la diferencia. Medel no se benefició de una herencia generosa, una posición social aventajada ni redes de contactos: acumuló su patrimonio exclusivamente gracias a su talento y esfuerzo. Pero, aun así, no se ve a sí mismo como un individuo aislado. Se percibe como un trabajador más, un miembro de una sociedad a la que todos contribuimos y de la que todos nos beneficiamos.

Como decía Caszely, otro hijo de la meritocracia, hace 40 años, al explicar su ideal de país: “Que tanto el hijo del rico como el del pobre tengan un techo donde cobijarse, la posibilidad de estudiar y vivir tranquilos”.

Igual que en la cancha: somos un equipo.

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