Columna de Daniel Matamala: ... pero no todavía

31 DE MARZO DE 2020/VALPARAISO Vista general, durante la sesion especial de la Camara de Diputados. FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO



"La luz del sol es el mejor desinfectante; la luz eléctrica es el policía más eficiente”. Esta frase -que el Presidente Piñera suele parafrasear- fue escrita en 1914 por Louis Brandeis. Quien llegaría a ser juez de la Corte Suprema estadounidense alertaba así cómo los grupos económicos usaban espacios opacos para acrecentar su poder.

En los últimos días hemos tenido una nueva prueba de la desinfección que provee la luz del sol.

Los mismos que hasta la semana pasada se negaban rotundamente a limitar la repartición de utilidades entre los dueños de las empresas que dejaran de pagar sueldos a sus trabajadores, terminaron votando a favor de esa norma. Lo que en las sombras era imposible e inconstitucional, a la luz del escándalo Cencosud se volvió súbitamente posible y legal.

El directorio del holding -con la flamante inclusión del ex ministro de Hacienda Felipe Larraín- echó pie atrás y anunció que pagará los sueldos a los trabajadores suspendidos. Así ratificó lo que era obvio desde el principio: que sí podía pagar los salarios, y que había intentado aprovechar una ley de emergencia para ahorrar costos con cargo al Fisco y al bolsillo de sus trabajadores.

Fue un breve revival de tiempos más felices de la opinión pública chilena, en 2015 y 2016, cuando la presión de una ciudadanía indignada empujó normas contra los carteles, el financiamiento empresarial de la política y los conflictos de interés.

Duró poco, por cierto. Muy pronto los políticos descubrieron el truco para manejar a esa ciudadanía encabritada de las redes sociales: había que darle un enemigo. Un ejército de bots, trols y políticos duchos en pulsar las teclas del odio hacen el trabajo sucio. Cada vez que la presión ciudadana amenaza algún privilegio, basta convertirlo en una disputa entre izquierda y derecha, entre zurdos y fachos, para sepultar el debate.

Un caso de libro lo tuvimos esta semana con las dietas parlamentarias. Los sueldos de diputados y senadores en Chile son por lejos los mayores de la OCDE (33 veces el sueldo mínimo, contra 5 veces en Francia, Alemania y España, o 3 veces en Suecia, Nueva Zelandia y Noruega). Durante seis años, los parlamentarios se hicieron los lesos para no votar un proyecto que reducía esas dietas a la mitad, tratándolo de “populista” o inconstitucional.

Cuando el estallido social los obligó a actuar, aplicaron armas de distracción masiva. Tras una inentendible seguidilla de comisiones mixtas, indicaciones e informes, esta semana terminó con una guerrilla entre políticos adictos al Twitter sobre pantallazos falsos de la votación en la Cámara y donaciones que no son donaciones.

La verdad es que no se bajaron el sueldo. En cambio, dejaron la decisión en manos del consejo de la Alta Dirección Pública, un nombre que suena muy convincente hasta que sabemos que es elegido por el mismo Senado mediante cuoteo político, e incluye a una ex vicepresidenta de la DC y un ex vicepresidente de RN. Como confesó uno de los mismos consejeros, “tenemos un alto conflicto de interés para regular las dietas” de quienes los nombraron en el cargo.

Los parlamentarios se felicitan a sí mismos por haberse bajado el sueldo. Pero no lo hicieron.

También esta semana se supo que las ganancias de las isapres subieron un 87,6% en el primer trimestre del año, totalizando $ 18.198 millones. Saludables cifras para una industria que recién había anunciado estar en la penosa obligación de aplicar un alza de 4,5% de sus planes, la que luego, en un gesto magnánimo, aceptó postergar por 90 días. Esta se sumaba al alza de la prima GES, de 50,5%. “Es un alza que no se justifica. Estoy muy molesto”, había dicho entonces el ministro de Salud, Jaime Mañalich.

Su molestia no les importó a las isapres. Tampoco las decenas de miles de fallos judiciales que declaran ilegales estas alzas. Sólo este jueves, según el conteo del abogado Luis Cordero, la Corte Suprema vio 1.234 casos. 1.173 de ellos (el 95%) eran recursos contra las isapres.

Desde hace al menos una década, isapres, gobiernos y parlamentarios coinciden en que esto es insostenible; todos están de acuerdo en que hay que reformar el sistema; todos prometen que pondrán fin a los abusos en algún momento. Mientras, las isapres siguen ganando miles de millones y subiendo precios, ganando miles de millones y subiendo precios, ganando miles de millones y subiendo precios.

Este infinito día de la marmota permite recuperar inversiones: como hemos contado en esta misma columna antes, las isapres han financiado generosamente a políticos y han hecho funcionar la puerta giratoria para convertir a sus gerentes en fiscalizadores, y viceversa. El sistema político y económico nos dice que tengamos paciencia. Se oculta de la luz, agazapado en las sombras de las complejidades técnicas y legislativas mientras promete pronta redención. Como San Agustín, cuando era un joven vividor que quería alargar la juerga y rezaba: “Señor, dame castidad y templanza... pero no todavía”.

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