Columna de Héctor Soto: Día de arrepentimientos

Fachada de La Moneda-



Mañana tendremos seguramente muchas maneras de leer esta elección. Al margen de eso, sin embargo, la gran duda es si continuaremos en el ciclo político que partió con el estallido de hace dos años, que sería el escenario de rigor en caso de ganar Boric, o si la ciudadanía quiere cerrarlo con el triunfo de José Antonio Kast.

Como a estas alturas las cartas ya están jugadas, el día del arrepentimiento es fundamentalmente hoy. Si alguna capacidad de juicio crítico quedara, la extrema izquierda debería estar revaluando muchas de sus posiciones, planteamientos y prácticas, porque obviamente no fue una buena estrategia hacerse cómplice de la violencia, jugarse a desfondar las instituciones, reivindicar las barricadas, los incendios y los saqueos como una forma de protesta legítima contra el sistema y negarle la sal y el agua a un gobierno impopular, porque, en esa pasada, el que más perdió -mucho más que el Presidente Piñera- fue el país. La reacción del Chile más sensato contra estos exabruptos y desafueros comenzó hace cerca de un año, pero el hastío se puso manifiesto sobre todo después de la elección, a mediados de mayo de este año, que se tradujo en una Convención Constitucional a la cual la tarea asignada le quedó grande. No era esto lo que el país esperaba. Aun hoy cuesta entender que esta instancia de diálogo y debate se haya dejado llevar por pulsiones totalitarias. Es sintomático que ni siquiera haya podido inaugurar sus actividades entonando la Canción Nacional y que en varios momentos de estos meses haya proyectado una imagen más próxima a la de una turba descontrolada que a una verdadera instancia de deliberación ciudadana.

El liderazgo que conquistó José Antonio Kast en esta elección le debe mucho al vasallaje con que el mundo de la centroizquierda se prestó a este juego. Ahora el expresidente Lagos y también Gabriel Boric lamentan que la radicalización le haya pavimentado la campaña a Kast. Es verdad, pero es un lamento tardío. No hay que ser un gran estadista para anticipar que este iba a ser, sí o sí, el desenlace, y el exmandatario prefirió mirar para el techo mientras el partido en que militó toda su vida, el PS, y el partido que fundó, el PPD, se sumaban a la barra brava que trataba de botar a Piñera a como diera lugar. Boric, por su parte, lejos de contener a los extremistas de su sector, incluso apoyó la idea de ofrecerles impunidad.

Kast también debiera tener varios arrepentimientos en su mochila. Para su campaña, que cobró inesperada viabilidad política cuando la candidatura de Sebastián Sichel se desplomó, sin duda que todo hubiera sido más fácil si no hubiera tenido que cargar con los fuertes sesgos antifeministas iniciales. Fue un error anunciar el fin del Ministerio de la Mujer y dar un portazo a los organismos internos e internacionales de derechos humanos. El candidato rectificó estos despropósitos cuando se dio cuenta del alcance que tenían, pero ya era tarde, porque quedó instalado el virus de la desconfianza en mujeres y jóvenes, dos estamentos que aprecian como nadie estos temas y a los cuales no les cabe en la cabeza que alguien mediamente civilizado no los comparta. Kast ha trabajado muchísimo en las últimas semanas tratando de disipar estos malentendidos, pero está claro que el mismo esfuerzo, aplicado por ejemplo a la acción política en las poblaciones de Santiago, le habría redituado más en términos electorales.

Lo hecho, sin embargo, hecho está. No es malo que quien consiga esta noche la Presidencia entre a La Moneda sabiendo que ser triunfador no es sinónimo de ser perfecto y que hubo cosas en las cuales se equivocó, por culpa casi siempre de la imprudencia o de la falta de rigor intelectual. Es cierto que todos los errores se pueden enmendar, aunque no ad infinitum. Como le dijeron alguna vez a ese gran polemista británico que fue Christopher Hitchens, aun en política no hay segundas oportunidades para las primeras impresiones.

Se ha dicho que, sea cual sea el resultado de la elección, lo que vendrá requerirá una gran capacidad de acuerdo de la clase política y de los poderes públicos. Es cierto, aunque también lo era a los inicios de la actual administración. La mesa de los acuerdos estaba puesta, porque el Ejecutivo y el Legislativo representaban mundos políticos distintos. Sin embargo, acuerdo nunca hubo. En lo único que fueron consistentes las dos cámaras fue en el intento de destituir al Presidente de la República, primero en diciembre de 2019 y después este año. ¿Qué hace pensar que ahora sí la clase política, en la actualidad más polarizada que hace cuatro años, podría abrirse a perspectivas constructivas? ¿Es solo porque se moderó un poco la composición de la Cámara de Diputados y otro poco la del Senado? ¿O es porque los políticos aprendieron que no es gratis seguir con la Plaza Baquedano secuestrada y que la democracia, por lo bajo, siempre exige una dosis de responsabilidad?

Puesto que la clase política está demasiado intoxicada de resentimientos, hay razones para pensar que los verdaderos acuerdos a los que tenga que llegar el próximo Mandatario serán no con los políticos, que hasta aquí han preferido desertar de su función, sino con la ciudadanía. El próximo gobierno solo hará lo que los ciudadanos quieran que haga. Ni más ni menos. Por eso será importante la popularidad del Presidente. El rating con que lleguen y el que puedan mejorar con el correr de los meses. Si no lo logran hacer, y se farrean su capital político, tal como le ocurrió al actual gobierno, mejor que el país se encomiende a los dioses, porque significa que no vendrán tiempos especialmente felices.

La Presidente Bachelet ya lo dijo: siempre se puede estar peor.

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