Columna de Juan Larraín C.: Expertos: ¿opiniones o conocimiento?



La importancia y necesidad de contar con el aporte de personas expertas es evidente. Durante la pandemia las voces expertas fueron las más buscadas, en el tema constitucional aún se discute cómo podrían contribuir los expertos, y en las últimos días hemos visto el requerimiento a personas expertas en temas previsionales. En una encuesta reciente (octubre 2022, UDP-Criteria) el 53% prefiere que la nueva Constitución sea escrita por expertos y académicos, refrendando la importancia que les atribuye la sociedad.

Entonces es relevante establecer qué define quién es una persona experta. En términos simples es alguien que opina en base a sus conocimientos en una determinada área del saber. Conocimientos que ha adquirido mediante sus estudios, su investigación, experiencia y trabajo. Con frecuencia, pero no exclusivamente, las personas expertas trabajan en universidades o centros de investigación.

Por lo tanto, para establecer si una persona es experta debemos definir qué es el conocimiento. Para la epistemología -rama de la filosofía que estudia el conocimiento humano- el conocimiento es una creencia verdadera y justificada. Definir que es la verdad es una tema complejo, por lo cual aquí nos conformaremos con definir el conocimiento como una creencia aproximadamente verdadera y justificada. La clave entonces para saber si un experto habla desde conocimiento, o si entrega una mera opinión, es establecer qué justifica que una creencia sea aproximadamente verdadera.

Para ello me referiré a dos aproximaciones que ayudan a justificar que nuestras creencias son aproximadamente verdaderas: la epistemología social, y en especial la epistemología de la virtud.

La epistemología social propone que la justificación de una creencia se sustenta en que la creación del conocimiento es un proceso colectivo. Para ello la creación del conocimiento se debe basar en comunidades lo más diversas posibles que permitan desarrollar, escuchar y considerar adecuadamente una amplia variedad de puntos de vista. Y lo central, para maximizar la objetividad es que dichas comunidades cuenten con vías formales y sólidas para la crítica, como la revisión por pares y la discusión abierta del conocimiento generado (Oreskes, 2021). De esta manera la justificación estaría dada por el consenso entre expertos que tienen una diversidad de miradas, aun sabiendo que la confianza en esa justificación nunca debe ser absoluta.

Más importante aún, es la necesidad de una conducta individual basada en una epistemología de la virtud. Esto implica que el conocimiento debe adquirirse de forma virtuosa para lo cual se requiere el desarrollo de las virtudes intelectuales en las personas expertas. Las virtudes intelectuales son excelencias del carácter intelectual que se adquieren mediante el ejercicio voluntario y consciente, y que disponen a las personas a actuar, sentir y pensar de forma excelente en el contexto de la generación del conocimiento (Zagzebski, 1996).

Tres virtudes intelectuales, son particularmente imprescindibles: humildad intelectual, honestidad intelectual, y la apertura mental. La humildad intelectual se entiende como la ausencia de un sesgo centrado en uno mismo, evitando así exagerar la relevancia y significancia del propio conocimiento y reconociendo sus posibles limitaciones y problemas, sin por ello caer en un servilismo intelectual, ni falta de independencia de juicio y de espíritu crítico. La honestidad intelectual o integridad se refiere a personas expertas que no esconden, ni destruyen ni alteran sus resultados, y que ponen a disposición de la comunidad la totalidad de sus conocimientos.

Finalmente, la apertura mental es la virtud de considerar los méritos de otros expertos, de ponerse en el supuesto de que nuestra propuesta podría estar equivocada y por ende estar dispuestos a considerar otras evidencias y a cambiar de perspectiva. En ningún caso la apertura mental debe ser sinónimo de neutralidad, ni de una actitud permisiva respecto de lo que otros creen. Las personas con apertura mental deben ser capaces de considerar diversos puntos de vista, y perspectivas, y decidir en base a ello minimizando los sesgos. Es lo contrario de una mente cerrada o dogmática, que tiene la tendencia a sólo seleccionar aquella información que refuerza su propia postura. En palabras de J. Stuart Mill, “aquel que solo conoce su propio lado del caso poco sabe de eso”.

La sociedad necesita, y debe exigir, que los expertos y expertas aporten su conocimiento, y que indiquen explícitamente cuando están dando solo opiniones que no se basan en conocimiento. Para ello las personas expertas deben practicar una epistemología social y por sobre todo una epistemología de la virtud. Esto es fundamental ya que la democracia y nuestro país requieren mantener y reforzar la confianza que se tiene en las personas expertas.

Por Juan Larraín C.. Instituto de Éticas Aplicadas, Pontificia Universidad Católica de Chile

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