Columna de Óscar Contardo: Cosa de costumbre



En otoño de 2011, tal vez en una fecha similar a la actual, fui hasta la casa de una familia en la parte más antigua de la población La Legua. Era una entrevista que giraba en torno a las dificultades de la vida cotidiana en un barrio asediado por el narcotráfico. En un momento, durante la conversación, en un living de cielo bajo iluminado por la luz tenue que traspasaba una ventana revestida por una cortina de velos, la dueña de casa hizo un silencio y me dijo: “Ahí están de nuevo”. Yo no entendí bien a qué se refería y le pedí que me explicara. Ella elevó un dedo índice, pidiéndome que prestara atención. Entonces escuché algo que recuerdo como una explosión leve, como petardos. Un sonido del que no me hubiera percatado si ella no me lo advierte. Eran balazos sucesivos desde La Legua de Emergencia, del otro lado de la plaza, hacia calle Santa Rosa. No sé si calificarlos como ráfagas, porque era la primera vez que los escuchaba, pero sí un ruido muy distinto al habitual que muestran las películas, la única experiencia de ese orden que yo había tenido. La mujer que entrevistaba, su familia y sus vecinos, sin embargo, estaban acostumbrados, tanto así que parte de los hábitos adquiridos por los niños de una escuela cercana era lanzarse al suelo cada vez que la profesora advertía disparos. Cuando regresé de aquella entrevista sentí un alivio mezquino y culposo.

Años después, en mayo de 2019, recordé esa tarde en ese living durante las noches en que se hizo habitual que los fuegos artificiales estallaran en distintas zonas de la periferia, anunciando sin pudor el arribo de cargamentos de drogas. Era posible verlos desde los pisos altos coloreando los suburbios. En esa oportunidad escribí algo así como que los bordes habían sido sobrepasados y recién lo estábamos notando gracias a los rituales públicos -balazos al aire durante los funerales, celebraciones estruendosas, videos de reguetoneros armados- de un mundo que supuestamente estaba circunscrito a los márgenes, un azote que sólo los más pobres padecían y que se solucionaba con intervenciones periódicas de Carabineros. Eran zonas de sacrificio social en donde el narco se expandía fácilmente gracias la pobreza, como señores acaudalados buscando siervos. De vez en cuando la televisión mostraba algún allanamiento, y la policía exhibía especies incautadas. La ruta del dinero, sin embargo, siempre parecía ser un misterio difícil de resolver y más aún de dar a conocer. Cada vez con mayor frecuencia fueron apareciendo las armas de fuego. Muchas, distintas y supongo que muy difíciles de conseguir. ¿De dónde las sacaban? Ahora están en todas partes.

La jornada del 1 de mayo, cuando la periodista Francisca Sandoval cayó herida después de recibir un disparo en su cabeza, aparecieron imágenes de hombres de civil armados recorriendo calle Meiggs, cerca de donde pasó la marcha del Día del Trabajador. Aparentemente protegían al comercio establecido de saqueadores. En los videos y fotos se veía que estos hombres circulaban entre los vendedores ambulantes que colman la vía ejerciendo dominio, como si se tratara de guardias privados con derecho a portar y exhibir pistolas. Se movían sin contratiempos junto a carros policiales y uniformados. Las secuencias fueron difundidas por las redes sociales y los canales de televisión. Horas más tarde fueron detenidos dos sujetos registrados en esas imágenes y luego un tercero, llamado Marcelo Naranjo y apodado “El Pestaña”. Naranjo fue identificado como el posible autor de los disparos contra Francisca Sandoval. Todo ocurrió a metros de la Alameda, el eje principal de la ciudad, cuyo deterioro parece no tener freno.

“El Pestaña” tiene 41 años y prontuario policial desde los 22, el que incluye condenas por hurto, tráfico de estupefacientes y tenencia ilegal de armas. No está claro, al menos por las notas de prensa, qué funciones cumplía esa tarde ni por qué pudo disparar sin que Carabineros lo impidiera. Tres días después de la marcha, el general director de Carabineros, Ricardo Yáñez, expuso ante la Comisión de Seguridad de la Cámara de Diputados, y entre otras cosas dijo que la deslegitimación de la institución no es tal, criticó el rol de los medios de comunicación y sostuvo que la manifestación por el Día del Trabajador en realidad fue “un enfrentamiento entre quienes querían proteger sus locales comerciales y otros que querían destruir para generar barricadas y desorden”. Lo que Yáñez describía era un paisaje de todos contra todos, en donde su institución encarnaba el rol de una víctima de las circunstancias. Anunció, eso sí, una investigación interna. Cuando el general de Carabineros declaraba ante los diputados, Francisca Sandoval permanecía grave internada en la Posta Central. Frente a la urgencia, hubo grupos que decidieron hacer barricadas humeantes para apoyar su recuperación, dificultando el ingreso de pacientes y el trabajo del personal de salud. Ocho días después, murió.

En 2011, el mismo año en que visité La Legua, el narco en México envió un mensaje a las autoridades en la ciudad de Guadalajara. En la víspera de la inauguración de la Feria Internacional del Libro, el crimen organizado dejó tres camionetas estacionadas en puntos estratégicos de la ciudad, cada una de ellas llena de cadáveres de hombres maniatados. Fueron 26 cuerpos en total. El gobierno mexicano expresó su consternación, hubo alarma, notas de prensa, pero la vida siguió su ritmo. Situaciones así no pueden pasar, no deberían ocurrir en una democracia, pero cuando suceden, cuando quienes representan al Estado pierden los papeles, la brújula y el criterio, cuando las instituciones se pudren, cuando cualquiera puede salir a la calle a disparar por lo que juzga pertinente, cuando los gobiernos asumen que su rol es encogerse de hombros y limitarse a expresar profundas condolencias, uno se termina acostumbrando a cualquier cosa. Incluso, a distinguir el silbido de las balas como si se tratara de un ruido de fondo habitual durante una tarde cualquiera.

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