Columna de Óscar Contardo: El contexto jesuita

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Muchos de los retratos que el sacerdote tomaba a sus estudiantes los guardaba en álbumes, otros los mantenía en su habitación de la residencia del colegio, a vista y paciencia del que entrara. Guzmán también llegó a exhibir las fotos de los muchachos desnudos en un diario mural del colegio, con un detalle significativo: tapaba la zona genital con dibujos. Todo indica que a la comunidad escolar esto le parecía “normal”.



La Compañía de Jesús rechazó esta semana la demanda de un grupo de exalumnos del Colegio San Ignacio El Bosque en contra de la institución. La acción judicial busca la reparación civil por los abusos cometidos por el cura Jaime Guzmán Astaburuaga mientras era profesor del establecimiento. Guzmán llegó a ese colegio a fines de los 80, después de haber ejercido como director del Colegio San Francisco Javier de Puerto Montt. En el San Ignacio el sacerdote se hizo popular entre los alumnos por el apodo ridículo que usaba durante sus clases para referirse al aparato reproductor masculino, y por los retiros periódicos que organizaba en la casa de la congregación en el Cajón del Maipo.

Un momento clave de esos paseos al Cajón del Maipo ocurría en la piscina, cuando el cura instaba a sus alumnos a desnudarse. Una vez que estaban sin ropa, los fotografiaba. Las jornadas de formación incluían confesiones en la habitación del sacerdote y la exhibición de álbumes con fotos de genitales. Existía, al menos durante una generación de alumnos del colegio, una especie de consejo para los estudiantes menores: si en los retiros alguno de ellos sorprendía al cura merodeando las habitaciones durante la noche, había que reaccionar rápido y sacarlo a empujones y patadas si era necesario. Al día siguiente, Guzmán no reclamaría, se presentaría al desayuno sin mencionar el incidente. Clases prácticas de negación de la realidad impartidas en un colegio de renombre.

Muchos de los retratos que el sacerdote tomaba a sus estudiantes los guardaba en álbumes, otros los mantenía en su habitación de la residencia del colegio, a vista y paciencia del que entrara. Guzmán también llegó a exhibir las fotos de los muchachos desnudos en un diario mural del colegio, con un detalle significativo: tapaba la zona genital con dibujos. Todo indica que a la comunidad escolar esto le parecía “normal”.

En el período comprendido por las décadas del 80 y 90, la Compañía de Jesús logró gran visibilidad mediática gracias a una política intensa de relaciones públicas impulsada por Renato Poblete, en su rol de capellán del Hogar de Cristo. Los sacerdotes jesuitas aparecían una y otra vez en diarios, revistas y programas de televisión opinando sobre los más variados temas, encabezando campañas de caridad o dejándose fotografiar rodeados de la élite local en las páginas sociales. Todo para los pobres, pero sin los pobres. Poblete creó un modelo de influencia que combinaba crítica social en formato de cuñas de papel cuché, con marketing de culpa y lustrosos vínculos de clase; el hombre que nos pintaban como santo sabía a quién acercarse para ofrecerle sus servicios espirituales y obtener a cambio una gratitud sin límite. El modelo Poblete fue replicado con éxito por muchos de sus protegidos: el prestigio de la congregación creció, formando una tupida red de poder que iba desde empresarios hasta políticos, pasando por directores de medios y periodistas. Sin embargo, mientras eso sucedía, en esos mismos años, el cura Poblete violaba mujeres; el cura Jaime Guzmán manoseaba niños; el cura Leonel Ibacache abusaba de los alumnos de catequesis en Antofagasta; el sacerdote Juan Leturia dedicaba largas jornadas a medir el cuerpo desnudo de sus estudiantes con la excusa de un estudio científico, y el entonces religioso Felipe Denegri se encerraba en su oficina de la CVX con alumnas de colegios católicos que sólo se atrevieron a contar lo que pasaba ahí después de su muerte. Todos eran jesuitas admirados por sus pares; capellanes, directores de colegios, maestros de novicios, líderes de sus comunidades, personajes de renombre y no simples “profesores”, como alguna vez tratara de hacer creer uno de los sacerdotes favoritos de los medios en una entrevista. Para que esos hombres, y varios más, pudieran hacer lo que hicieron durante años fue necesario que muchos otros guardaran el secreto. La prescripción de los crímenes cometidos descansa sobre ese silencio. No es posible que tantos delitos quedaran ocultos sin que existiera una voluntad clara de acallar los hechos. Por otra parte, quién habría querido enfrentarse a la congregación más popular de Chile. Hacerlo, hasta hace muy poco, era chocar contra un muro. Provocaba el mismo rechazo que causa hablar mal de los santones populares que hacen de la bondad una puesta en escena, y del narcisismo soberbio una virtud piadosa.

En un documento entregado por su defensa, la Compañía de Jesús rechazó la demanda de los exalumnos del Colegio San Ignacio porque los delitos están prescritos y porque los hechos ocurrieron “en una época y contexto social y cultural muy distintos al actual”. Es decir, tal vez conocían cada detalle de los hechos acontecidos -abusos, violaciones, manipulación de conciencia-, sólo que en esos años no lo juzgaban grave. Haberlo dicho antes. Una organización cuyo principal giro es la guía moral de los creyentes debería aclarar ese punto, o al menos detallar los crímenes que consideran de gravedad variable, para saber a qué atenernos, o para ir dimensionando cuánto nos queda aún por saber.

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