Columna de Óscar Contardo: Los madrugadores del rechazo



Nada va a volver a ser como antes. Es un hecho, no una opción, no algo que se desea y se cumple con tan solo empeñarse en que se haga realidad. En un punto algo se rompió, y aunque las causas de esa ruptura puedan estar en disputa, el resultado es que aquello que en otra época pudo haber servido para remontar la corriente, dejó de ser útil, o puede llegar a serlo de un modo diferente al acostumbrado. Por ejemplo, el miedo a los cambios.

Explotar el temor como una manera de volver al 17 de octubre de 2019, y a la época en que las posibilidades de que la Constitución de 1980 fuera reemplazada parecían imposibles, es un ritual vacío de contenido. La campaña desplegada para rechazar de antemano la propuesta de la Convención Constitucional luce como una sucesión de escenas desesperadas sostenidas por la terquedad ciega de quien se aferra a lo que ya no existe. Principalmente, porque quienes impulsan el rechazo a la propuesta de antemano no quieren reformar nada, como queda en evidencia en sus votaciones, pero al mismo tiempo prometen a cambio estabilidad, una ecuación que no cuadra después de todo lo visto y escuchado durante años. No es verosímil. Tampoco resulta lógico, si la promesa la invocan las mismas personas que confesaban haber ignorado por completo la existencia del descontento que llevó al estallido y las revueltas. O, peor que eso, haber sugerido que quienes se quejaban eran unos malagradecidos o una manga de frustrados que deberían ir a tratar sus problemas mentales con un especialista. Si no vieron las señales y síntomas en ese entonces -anunciadas por distintas vías y evidenciadas de distintas formas-, cómo es que ahora les parece tan nítido que el camino tomado por la Convención es totalmente incorrecto. Cómo es que ahora les preocupa tanto la unidad de un país que venía fragmentándose desde hacía décadas, dándose la espalda, convirtiéndose en un archipiélago esparcido en un mar de insatisfacción, sin que eso les provocara antes la más mínima inquietud. Cómo es que ahora acuden al argumento de que han sido excluidos del debate, si, de hecho, apuntalan una Constitución diseñada para mantener fuera de discusión posible temas tan centrales como la salud, la educación o las pensiones, precisamente los asuntos que evidenciaban con mayor crudeza la falta de cohesión social que anunciaba el descalabro. Resulta que ahora los dos tercios de los votos del pleno en una convención elegida democráticamente no son suficientes para considerar las decisiones tomadas como representativas. ¿Qué sería suficiente entonces? Si consideran que el Senado es una institución tan imprescindible para la República, ¿por qué no se ocuparon antes del desprestigio y la desconfianza que despertaba la institución? Porque ese es justamente uno de los factores que impulsaron la crisis. En las propuestas y votaciones de quienes están madrugando con el Rechazo de salida no hay ninguna propuesta de apoyo para acercar esas instituciones a la ciudadanía, remediar la fractura de credibilidad y confianza, lo único que se repite es el lamento, el regaño o las medias verdades o mentiras completas sobre lo que se vota y sobre los alcances de lo acordado. Es cierto que han existido propuestas descabelladas -rechazadas por el pleno- y conductas inapropiadas de constituyentes que han actuado de manera irresponsable, concentrados en lograr atención mediática. Pero esos representantes llegaron ahí por el vacío que dejaron los partidos políticos tradicionales. Las mamarrachadas de cierta izquierda tienen su origen en la irresponsabilidad con la que se han conducido dirigentes tradicionales que suelen abanicar su propia valía como si se tratara de un tesoro de la nación, y abandonaron un electorado que no les cree ni a ellos ni a sus cercanos y que acabó votando por vociferantes de ocasión. Los esperpentos de cierta derecha tienen su raíz en la actitud fóbica, irreflexiva y contradictoria que por una parte dice buscar la unidad del país, y por otra recurre a la burla, el sarcasmo, el ninguneo o la ofensa grosera como herramienta de un diálogo que boicotea como si en eso consistiera su trabajo. Difundir la escandalera, naturalmente, resulta mucho más atractivo que informar sobre los aburridos avances de un borrador sobre el que muchos tienen una opinión formada sin siquiera haberse dado el trabajo de leerlo.

Es el mismo país que el 18 de octubre de 2019, pero distinto. Es uno más agotado y rabioso, uno al que se le cruzó el descontento con la pandemia y una crisis de confianza institucional con una migratoria a la que se suma una económica. A ese país no se le puede ofrecer temor, o más bien, es irresponsable que quienes jamás han pretendido hacer transformación alguna, nuevamente recurran a la espada y la pared como único argumento. La misma pauta, el mismo repertorio durante tres elecciones seguidas, sin matizarlo con alguna autocritica, con un gesto que suponga una voluntad de reconocimiento de que pudieron hacer mucho para evitar lo ocurrido, o, por último, de haberse sumado en el plebiscito de entrada a la voluntad del proceso constituyente con un proyecto propio que fuera algo más que la reverberación infinita del texto de 1980. Queremos la unidad, dicen, sembrando división. Exigen ser tomados en cuenta, como si en algún momento se les hubiera privado la posibilidad de hacerse escuchar, como si no tuvieran todos los micrófonos, todas las cámaras y todas las pantallas a disposición de su malestar, que siempre resulta mucho más urgente y mucho más importante que el del resto.

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