Columna de Pablo Ortúzar: Familia cariñosa, luz y sombra

LEAH NASH FOR THE WALL STREET JOURNAL



La familia ha sido despojada de casi todas sus funciones tradicionales, pero su prestigio no para de crecer. Esta paradoja, identificada ya en los 60 por Raymond Aron, parece explicarse porque ella constituye la principal comunidad de afectos que nos ofrece el mundo moderno, mientras todos los demás espacios sociales son racionalizados y optimizados. Así, si bien el valor de la unidad doméstica como organización económica decae, su valor como espacio de realización afectiva escala. Encuesta tras encuesta, los resultados son consistentes: la mayoría de las personas ven a su familia como la gran fuente de sentido de su existencia. Esto se ve reforzado en países como Chile, donde las amistades escasean y los hijos abandonan tarde el hogar.

De hecho, la principal razón por la que cambia la percepción sobre el matrimonio homosexual es una transformación en la concepción del matrimonio: se le ve mucho menos como una institución político-económica de raigambre natural y mucho más como una alianza afectiva voluntaria. Ninguna exigencia, salvo el afecto, parece válida. Y, por otro lado, excluir a parte de la población de un igual acceso a la institución que opera como refugio y manantial de sentido en medio del mundo parece cruel y arbitrario. Si la familia es lo mejor que hay, todos deberían poder tener una.

El lado luminoso de esta revolución afectiva es claro: el ideal de la infancia moderna supera con creces lo que conocieron las generaciones pasadas. Ser niño en Occidente hoy -y especialmente ser niña- implica, en promedio, una experiencia mucho más feliz y cariñosa que la de nuestros abuelos y bisabuelos. Y algo parecido ocurre con la pareja: la amistad conyugal, el respeto mutuo y la responsabilidad compartida están en un récord histórico de popularidad. Nunca los esposos habían esperado más el uno del otro: al ser la familia moderna una comunidad de afectos basada en la voluntad y movida por la expectativa de realización mutua, demanda altos grados de compromiso. Finalmente, esto también implica una clara mejoría para la mujer: de estar a la par con los hijos bajo el patriarca, pasa a ser una igual, con iguales perspectivas de realización.

El lado negativo, en cambio, es que las altas expectativas sobre la institución, mezcladas con la lógica de consumo y satisfacción instantánea imperantes, facilitan su naufragio: la construcción del cariño conyugal se ve menos como un proceso y más como un contrato. Como se espera mucho, se exige mucho de la relación, y rápido. El resultado es un porcentaje alto de divorcios, que sin duda afectan, de existir, a los hijos de la pareja. La caridad y el perdón como camino de amistad ceden terreno a lógicas de optimización de corto plazo de la ganancia afectiva.

Los hijos, por otro lado, están expuestos a la comodificación (vientres de alquiler, al verse como un derecho), la corrupción del carácter por la confusión de afecto y licencia (renuncia a la formación, traspasada al colegio) y exceso de expectativas de rendimiento (como retorno de la intensa inversión parental). El cariño, después de todo, no está exento de los desórdenes y excesos del principio de soberanía individual que hoy rige nuestra civilización.

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