Columna de Ricardo Abuauad: Barrios universitarios



En estos tiempos revueltos, la columna “Buenas noticias” del destacado periodista Rodrigo Guendelman, en este mismo diario, me pareció un bálsamo: “hay que creerse el cuento”, dice, y tiene toda la razón.

Vemos con frecuencia anuncios de comercios que cierran y empresas que dejan el centro. Pero esta columna trata de un sector que ha permanecido, que se “ha creído el cuento”, que atrae población e inversiones, y que es (no solo aquí, sino en cualquier parte del mundo), un motor de renovación: la universidad. Los barrios universitarios (cuando son abiertos, integrados a la ciudad) se instalan bien en sectores céntricos, atraen gente joven, promueven una agenda cultural. Y si las instituciones detrás de ellos se toman las cosas en serio (tenemos varios ejemplos), además renuevan el patrimonio y ponen en valor espacios públicos, hacen ciudad.

En Valparaíso conviven en pocas cuadras varias facultades de la PUCV, DUOC y otros centros, habitando edificios restaurados y algunos nuevos, mezclándose con programas culturales, recreativos, y equipamiento comunitario. La Universidad de Concepción, con su extraordinario campus urbano, ha sido un ejemplo permanente de estos beneficios.

El barrio universitario de Santiago es otro ejemplo (disclaimer: me tocó participar en él); varias universidades y centros de formación conviviendo en un cuadrante patrimonial (calles República, Ejército), accesible, y una colaboración público/privada con el municipio que hizo posible reevaluar la normativa, invertir en calles y plazas, renovar y mejorar.

En el otro extremo del centro, el polo formado por la Casa Central de la UC, la FAU y la FEN de la Chile, hace algo similar. Atrae estudiantes y profesores, da vida a esas calles, traspasa manzanas, genera un importante foco vinculado a la salud. Y todavía falta formalizar el que es probablemente el polo universitario por excelencia, en Bellavista, donde varios de estos centros interactúan con comercio, restaurantes y talleres que atraen turismo, con la presencia del río y el cerro, en un tejido precioso pero frágil, todo esto a pasos de la zona cero.

No ha sido siempre fácil, y a veces la convivencia entre la población flotante y habitantes tradicionales es compleja. Movilizaciones y la falta de seguridad han hecho que la apertura de los campus hacia el entorno disminuya. Todo esto requiere autoridades que defiendan reglas claras para invertir y renovar, garantía de seguridad y orden, identidad e imagen, mejor espacio público, instalación de viviendas y startups, extensión y educación que se abran a los vecinos. Eso es un buen barrio universitario.

Aquí hay un sector que se resiste al atrincheramiento, una demostración de que permanecer en los centros está lleno de ventajas, un punto de partida para la renovación de estas áreas que hay que proteger y alentar. El resultado vale la pena, y una renovación mayor puede partir de estos polos dinámicos, cargados de energía, cultura y vida. Estas también son “buenas noticias”.

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