Consecuencias inesperadas de las elecciones regionales

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Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

El gobierno apuesta por postergar la primera elección de gobernadores regionales para noviembre del 2021 -coincidente con la elección presidencial-. Esta iniciativa ha generado adhesiones y discrepancias. Entre las primeras, se indica que aún no está dado el marco descentralizador para empoderar a las nuevas autoridades, lo que amerita la espera. Entre las segundas, se menciona la falta de tino al desfasar las elecciones subnacionales, cuando se trata de discutir una política descentralizadora integral. Me sorprende el poco debate sobre los potenciales efectos de una elección de autoridades regionales en el ya magullado sistema de partidos chileno.

No es ningún misterio que el sistema de partidos transita por un proceso de extremo debilitamiento. Ha perdido conexiones “verticales” con la sociedad y cada vez menos, articula “horizontalmente” a los integrantes de los elencos partidarios, a los miembros de sus élites a escala nacional, regional y local. Es decir, los partidos han perdido sintonía con la gente y han dejado de ser un imán para atraer a políticos ambiciosos. En ese contexto, el lanzamiento de comicios en un nivel intermedio puede ser un golpe duro a las esperanzas de partidos en reconstituirse como engranajes efectivos entre la política subnacional y nacional.

Un proceso eleccionario para optar por autoridades previamente designadas a dedo, definitivamente otorga legitimidad social. El efecto democratizador se realiza sin dudas. A mayor desconcentración del poder, mayor accountability. Pero también es cierto que una elección regional supone abrir una competencia política inédita en tal nivel, hasta ahora dominado por parlamentarios de cuño regional y con altos niveles de arbitrariedad en sus feudos, aunque manteniendo cierta disciplina con las consignas de las dirigencias nacionales. En un contexto de crítica al establishment, lo más probable es que esas bisagras de la estructuración de las élites partidarias cedan terreno ante la emergencia a operadores políticos retadores del mainstream partidario. Un proceso de descentralización política en medio de una crisis de partidos, antes que tirar un salvavidas a los náufragos, puede terminar hundiéndolos más. Así, lo más probable es un escenario sin fortalecimiento partidario.

Y no toda renovación política es necesariamente positiva, pues la expansión de poderes informales -e ilegales- acecha los fueros de la política formal. Los caciques locales de mayor vigencia, quizás tengan más relación con lumpen-burguesías que con élites modernizadoras. Si bien los partidos tradicionales no han sabido librarse de “filtraciones” de estos intereses particulares, debido a la debilidad sistémica, los esfuerzos de “control de entrada” se relajan. Por ello, el debate no debiera concentrarse en la fecha de los comicios, sino en las medidas que, además de empoderar autoridades locales -algunas, con desempeño eficiente en contextos de convulsión social y pandémica-, impidan la atomización política, la desconexión regional de los partidos nacionales y la captura del poder subnacional por emergentes fuerzas ilegales.

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