Cultura y Covid-19: ¿Cómo hacer que una institución cultural sea indispensable?



Por Thomas Yaksic, head of New Business Development, Latin America Theatre Projects Consultants

Como para todos, es obviamente difícil para un artista o un gestor cultural encontrar el lado positivo de una crisis sanitaria que ha mantenido a centros culturales cerrados y a artistas subsistiendo a través de transmisiones o programas online. Sin perjuicio de este impacto abrumadoramente negativo, se vislumbra una oportunidad excepcional y provechosa para enfocarnos de manera casi exclusiva en la planificación y gestión de las organizaciones. Una de las preguntas centrales al pensar en la reapertura de las instituciones culturales como centros sostenibles en el tiempo es cómo forjar una organización cultural relevante y valiosa.

Las artes son expresiones sensoriales y estamos acostumbrados a experimentarlas en persona. Sin embargo, forzados por la crisis actual que mantiene cerrados los centros culturales, tanto gestores como artistas se han volcado a Internet para ofrecer programación cultural, como acertadamente lo ha hecho el Teatro Municipal de Santiago. En algunos casos, las instituciones ofrecen transmisiones de funciones que ocurrieron antes de la pandemia, en otros, contenido original para presentar de manera online. Antes de la llegada del Covid-19, el streaming y las grabaciones eran por lo general un soporte complementario al acto en vivo. Hoy, son el único medio. Las instituciones que han seguido funcionando con programación online han ido por el buen camino, pues han entendido que deben mantener el vínculo con sus audiencias y que tienen una función social que cumplir. Aquellas que han sido más pasivas arriesgan perder no solo a sus audiencias, sino también a sus socios y auspiciadores. Considerando este nuevo contexto de consumo cultural, surge la pregunta de si una institución es imprescindible para su comunidad y cuál es el aporte real que entrega. Esta pregunta nos permite distinguir entre dos tipos de instituciones culturales: aquella que suma un conjunto más o menos diverso de espectáculos artísticos sin una “línea editorial” común, por una parte, y una institución que tiene una misión clara y que busca un objetivo particular con su programación, por la otra. La primera se queda en la mera entretención; la segunda busca ser relevante y contribuir al desarrollo de la sociedad, mediante la educación y la discusión de temas que reflexionen sobre el rol del ser humano en comunidad y en la relación con su entorno en todas sus complejas aristas; en suma, cómo el arte puede contribuir de manera significativa al desarrollo de la sociedad. La segunda es indispensable y puede proyectarse para buscar socios a largo plazo.

Es de la esencia de un artista tener una identidad creativa que lo distinga. Por ejemplo, el coreógrafo inglés Matthew Bourne se caracteriza por hacer relecturas del repertorio de ballet clásico, transformando roles originalmente femeninos para bailarines hombres, lo cual cuestiona los roles de género tradicionales. Las organizaciones culturales, al igual que los artistas, necesitan tener una identidad artística que los distinga; sus temporadas deben perseguir un propósito, lo que no solo ayuda a fidelizar audiencias, sino a tener un impacto positivo en sus comunidades. Así, el prestigioso festival de ópera de Bayreuth fue concebido para presentar el repertorio wagneriano en las condiciones que el compositor -uno de los primeros diseñadores de teatros de ópera como los entendemos actualmente- imaginó originalmente, lo que incluye características específicas del edificio y en particular del foso de orquesta. Pero Bayreuth también es reconocido por sus producciones vanguardistas y provocadoras, que obligan al público a repensar los temas de las óperas del compositor alemán. De manera similar, el Globe de Londres mantiene el diseño de teatro isabelino que utilizó Shakespeare y busca además rescatar las prácticas de teatro de la temprana edad moderna, que incluyen instrumentación acompañante y obras con pronunciación de la época. Nikolaus Bachler, el brillante intendente de la Bayerische Staatsoper entre 2008 y 2020, desarrolló una línea artística que, de manera progresiva, incorporó nuevas obras al repertorio, pero, por sobre todo, desarrolló, con un afán modernizador, producciones que se hacían cargo de los grandes temas que nos movilizan como sociedad, siendo un aporte trascendental a las grandes discusiones éticas en el sur de Alemania.

Un centro cultural puede construir su cartelera con distintos espectáculos, algunos más interesantes que otros, sin que exista entre ellos un elemento que los unifique y que le dé coherencia a toda la programación del espacio. Se pueden vender entradas, anunciar la programación en el sitio web y llenar las calles de afiches. Pero si cuando ese centro cultural cierra sus puertas, la producción que tenían agendada puede presentarse igualmente en el teatro de al lado sin que cambie en nada su recepción, se deduce que las audiencias no están identificadas con la sala sino con el espectáculo. Así, es difícil advertir la contribución que ese centro cultural hace efectivamente a su comunidad.

Hoy, en que se cierne la amenaza real de la desaparición de centros culturales, cabe preguntarse ¿qué pasaría si una organización cultural determinada dejara de existir? Ahora que las puertas de teatros, museos y centros culturales están cerradas, tenemos un momento privilegiado para que una organización cultural gestione un plan de acción propio, que desarrolle o potencie de manera tangible el compromiso con su comunidad, para así hacerse indispensable. No es este un asunto solo de financiamiento, sino de creatividad.

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