Del 88 al 2020 (sin miedo, sin violencia)



Por Felipe Harboe, senador

Estamos a pocos días del plebiscito y recordé el ambiente que rondaba en octubre de 1988: un país que se despertaba con incertidumbre y se dormía con miedo. Un país que se debatía entre la esperanza, la resignación o la revelación. Familias que se dividían por sus opciones políticas y empresarios que vaticinaban la llegada de todos los males si ganaba el NO.

En cifras, Chile crecía al 7%, pero mantenía un 40% de la población bajo la línea de pobreza, la tasa de mortalidad infantil alcanzaba 17,5 niños cada 1.000 que nacían (hoy es 5,6) y solo el 26% de las mujeres trabajaba. No existía TV cable y en la TV abierta pasaban la teleserie "Bellas y Audaces”, donde se lucían los beneficios del naciente consumo y la moda local.

Hoy, 32 años después, enfrentamos un nuevo desafío como sociedad: decidir si queremos o no iniciar un proceso de cambio constitucional. El 25 de octubre la ciudadanía decidirá el camino a seguir, si quieren una nueva Constitución y qué órgano es el que debería crearla, de aprobarse la idea del cambio.

Es importante relevar que la Constitución tiene un pecado de origen, que nunca ha podido modificarse: los quórums supramayoritarios. En fácil, si usted quiere reformar la Constitución, no basta con la mayoría absoluta de los votos de senadores y diputados. La Constitución exige 2/3 o 3/5, lo que hace compleja su modificación, dándole a la minoría un derecho a veto permanente y obliga a llegar a acuerdos que satisfagan a esta minoría poderosa.

Pero la Constitución no es la reina de todos los males, lo sabemos. Nuestros problemas como sociedad son más profundos y responden, entre otros, a concepciones culturales clasistas e individualistas difíciles de modificar. No obstante, la Constitución es el pacto social, es la forma en que nos organizamos, limitamos el poder de las autoridades y donde se consagran los valores, principios y reglas. Es la jefa de todas las leyes.

Quizás piense: “la Constitución no influye en mi día, yo tengo que trabajar igual”. Es cierto, la vida en sociedad supone que trabajemos para satisfacer nuestras necesidades, pero es distinto trabajar en condiciones de paz y con oportunidades similares. Trabajar sabiendo que tenemos un sistema de seguridad social que nos ampara en caso de enfermedades o de vejez. Es distinto trabajar con la tranquilidad que sus hijos(a)s tendrán una buena educación pública (independiente de la capacidad de pago), que les servirá como herramienta de movilidad social. Es distinto -para la mujer- saber que la Constitución será la que termine con discriminaciones legales, como la diferencia de rentas y la imposibilidad de disponer de bienes en régimen de sociedad conyugal.

Este 25 de octubre volveremos a advertir esa esperanza transformadora, pero hay que hacerlo sin violencia ni agresiones, ni descalificaciones. Hay que realizarlo en calma, con un lápiz pasta y votar Apruebo. Así lo hicimos en 1988 y así lo tenemos que hacer en 2020.

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