“Del avanzar sin transar al transar sin parar”

Boric



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

El paso de uno a otro -de la incondicionalidad de convicciones supuestamente a toda prueba a las más oportunistas concesiones a fin de hacerse y administrar por un rato el poder- es la principal marca de nuestra historia contemporánea. Implica transformismos, traiciones y autotraiciones. Pensemos en Alessandri Palma y militares, cómo liquidaron el parlamentarismo, en la Falange y su cuna conservadora, en militares que juran obedecer y luego bombardean La Moneda, en el hasta hace poco “socialismo renovado” y su zigzagueo permanente. Novedad no es. Menos ahora que el candidato de Apruebo Dignidad, azote ¿fingido? de la “vieja política”, llamado a “regenerarla”, decide confirmar a la hora undécima esta vía chilena al empantanamiento, y de paso desmiente que esta elección sería la más trascendental desde el 88, marcando un antes y después (que así se le ha vendido).

Para nada significativa. De hecho desemboca en “más de lo mismo” por enésima vez, en la consabida “medida de lo posible” acompañada de risita sardónica, y anticipa lo que de sobra conocemos: consensualismos forzados, cuoteo entre partidos, de gobierno e incluso de oposición, aceptación de rayados de cancha (en Chacarillas se condicionó un piso de “normalización” mínima conforme los dos modelos de la dictadura, el económico y constitucional), deviniendo hace rato este consensualismo en una “transición” sin término, eterna, y en un cuánto hay de otras concesiones sin parar.

En este nuevo capítulo, por tanto, ¿habrá que sacrificar las movilizaciones? Las hubo y se creyó en ellas, al son de “¡La esperanza está en las calles!”, según Hugo Chávez, además de los deterioros y puestas en jaque institucionales tanto o más graves que en los años 1967-73. En efecto, no son “treinta años” sino treinta o más todavía por verse. Llega a ponerse en juego la preciada “gobernabilidad” del país según el Banco Mundial, ¿y Boric y su gente volverán a rendirse de rodillas? No seamos ingenuos, la convergencia de hoy resulta desesperada, grotescamente convenida por fuerzas débiles (la artrítica Concertación y el cínico Frente Amplio); por lo mismo, ¿qué hace presumir que funcione, se la honre, y no vuelva a hacer estallar el país?

La más cercana analogía que se puede invocar es el chaqueteo de González Videla y su gobierno (de triste recuerdo y de cuya cabeza se dijera inicialmente “el pueblo lo llama Gabriel”). También marcado por un golpe blando el 48 (volviendo ilegal el PC y forzándose una traición), dando origen a dieciséis años de respiro dudoso hasta que vino el 64 y lo que siguió. En suma, gobiernos erráticos, mediocres, país a la deriva, incapaz de aprovechar condiciones internacionales favorables, fuerzas políticas irresponsables y, a la primera (Cuba el 59) todo yéndose a lo que bien sabemos y lamentamos.

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