Deterioros



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Nos pasa a todos, seguramente. Unos días fuera de Santiago y el regreso se siente forzoso, como que no hay escapatoria. Tal y cual, aún no había desempacado, y un amigo me refiere a un reportaje de Radio Bío Bío que trata “La lenta agonía de Santiago Centro en medio de la pandemia”. Lo leo y me doy cuenta que estoy de vuelta; un par de días más y va a ser como si nunca estuve fuera.

Impactante lo que relata. Negocios que han debido cerrar (no pueden pagar los alquileres), edificios abandonados; avisos “Se Vende” y “Se Arrienda”; comercio ambulante; delincuencia, droga y prostitución (los dos últimos combinados, imponiéndose estas mafias también en inmuebles residenciales); cada diez personas una sin trabajo; y, como si fuera la cosa más natural del mundo, gente de un minuto a otro los viernes corre a perderse para evitar a los encapuchados, la ciudad quedando convertida en tierra de nadie.

Obviamente, la descomposición no es de ahora. El reportaje está bien titulado: es “en” pandemia que tiene lugar, no a causa de ella. Puede parecer paradójico pero la otra cara del deterioro suele ser el progreso (piense en la obsolescencia programada y lo buen negocio que es reemplazar lo desechado por un consumo al que progresivamente se le acostumbra a una menor calidad). Notamos la decadencia, además, porque algo del original todavía sobrevive, su buena arquitectura, ingeniería y materiales, que hacen que cueste que caiga, aunque igual se degrade si las circunstancias lo acompañan. Roma es eterna no porque no muera (ha resucitado varias veces), sino porque no la terminan de matar. Pasa lo mismo con La Habana Vieja y la revolución.

En cambio, las cosas feas, vulgares y de mala calidad no se deterioran, se podría decir que son hasta inmunes, desaparecen sin que nadie se percate y nadie las eche de menos. Es lo que explica por qué el centro de Santiago, territorio en disputa, es el que sufre vandalismo, al igual que nuestro sistema político. Ambos fueron bien construidos y hasta el día de hoy la política sigue intentando funcionar en esas ocho manzanas de ministerios y dependencias públicas, esperando que le toque su turno. Súmele que, desde hace décadas, el mundo privado, bancos y corporaciones, su plana gerencial, también sectores acomodados antiguamente residentes, lo hayan abandonado. Ni que al desastre actual lo hubiesen mandado a hacer.

Santiago sobrevivirá la pandemia, pero quién sabe si a esta historia previa, en cuyo caso la decadencia tiene para rato. Según Kevin Lynch, “las principales causas de muerte [de las ciudades] han sido la guerra, el desorden y el desplazamiento del comercio. El abandono final sobreviene solo después de una larga serie de desastres que agotan la voluntad y el capital de los sobrevivientes” (Echar a perder. Un análisis del deterioro, GG, 1990).

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