Andrea Rojas

Andrea Rojas

Académica de la Facultad de Derecho de la Universidad Andrés Bello

Opinión

Diferencias de género: no son un juego de niños


En estas fechas resulta trascendente hacer un llamado a reflexionar a mujeres y hombres sobre las diferencias estructurales de género que se mantienen en nuestra sociedad y de las que, en la gran mayoría de los casos, no somos conscientes. Un ejemplo frecuentemente citado es el caso de los juegos que se les incita a practicar a los infantes y que, en muchas ocasiones, los modelan en la vida adulta.

En esta línea, un liderazgo enérgico o juegos violentos son asociados con prácticas de hombres, mientras que actitudes más suaves o emocionales se relacionan a las mujeres, sobretodo mediante actividades vinculadas con la experiencia doméstica.  El juego no es cosa de niños/as, es un mecanismo de conexión con el espacio interno y externo, la manera en que comenzamos a eliminar los imaginarios, a excluirnos de universos, de posibilidades.

Ya en la vida adulta, dicha temprana inducción social, tiene consecuencias en el acceso a puestos de trabajo, con énfasis en los cargos directivos, y en la percepción que se tiene de los roles femeninos en el ámbito laboral y doméstico. Las diferencias salariales, junto con un castigo soslayado a la maternidad para aquellas mujeres que optan –y en algunos casos ni siquiera pueden optar- por esta forma de realización del plan de vida, acentúa la diferencia entre hombres y mujeres: es en ese momento cuando se evidencia un fuerte cambio en la curva de ingreso por género.

En este contexto, no debemos caer en la tentación de creer que la pugna que el feminismo plantea ubica al hombre como adversario por el mero hecho de ser tal, nada más alejado de la realidad. Debemos comprender que la acción del feminismo, como ideología de la liberación de la mujer y también como práctica que busca lograr en el espacio público y privado la igualdad de deberes y oportunidades, a veces implica también descubrir y debatir entre nosotras mismas. Muestra de lo anterior se grafica en una encuesta realizada por Amnistía Internacional (2005) que reveló que 1 de cada 3 mujeres creía en la responsabilidad femenina, si tras haberse insinuado a un hombre, la víctima había acabado siendo violada, lo cual nos muestra cuán arraigada se encuentra la ideología de la dominación patriarcal.

Por tal razón, el llamado en este 8 de marzo es a tomar conciencia y a luchar por acabar definitivamente con todas las formas de discriminación y violencia contra la mujer, pero también por buscar la verdadera sororidad que implica llevar esta ideología emancipatoria y de igualdad a todos los estratos de la sociedad, pues no podemos olvidar que quienes murieron en el incendio de la fábrica “Triangle Shirtwaist”, no sólo eran mujeres, sino que eran pobres y trabajadoras, que buscaron revertir su condición de oprimidas pagando con su vida el precio de su proclama.

En tal sentido, considero que el cada vez más fuerte movimiento por las reivindicaciones de la mujer no debe fomentar la generación de divisiones odiosas entre quienes buscan la igualdad, sino que debe ser un clamor potente para revisar nustro día a día, que sirva para preguntarnos, objetivamente, cuánto de lo que soy está permeado por mi condición de mujer u hombre. Solo de esta manera, el otro, del cual tanto han debatido los filósofos contemporáneos, podrá reconocer a una otra como una exterioridad con un plan de vida propio y con aptitudes y objetivos que nos hagan avanzar juntos, como iguales y en una sociedad de respeto y paz.

Esta es la posibilidad de justicia social que hoy se encuentra latente en el llamado que nos hace el movimiento feminista, el cual ha vuelto a despertar con fuerza para remecer los cimientos de la comunidad que todos queremos, obligándonos a repensar nuestra experiencia que, poco a poco toma conciencia de la violencia cotidiana que desde hace centurias ha experimentado la mujer.

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