Claudia Matus

Claudia Matus

Académica de la Facultad de Educación de la Universidad Católica

Opinión

¿Cómo y dónde ocurre la brecha de género?


Las instituciones educativas en Chile durante el presente año han sido interpeladas por mujeres que han hecho visible la violencia de género, el acoso y prácticas discriminatorias que, históricamente, han sido naturalizadas en instituciones educativas y espacios públicos.

Dentro de las demandas de las estudiantes se encuentran la implementación de una educación no sexista y de protocolos institucionales que sancionen el acoso.  Estas dos medidas, nos lleva a considerar, seriamente, cómo estamos entendiendo género. Esta pregunta es vital para poder responder a las demandas legítimas que se exigen hoy a las instituciones escolares y de educación superior. Cuando hablamos de género, por ejemplo, en aquellas políticas que exigen una perspectiva de género, ¿a qué nos referimos?: ¿insistiremos en que esto es solo una cuestión de ecualizar números y condiciones laborales para las mujeres (lo que es evidente); o estamos pensando en profundizar en cómo se resuelve este problema?

Dos datos desde donde se pueden situar dos tipos de problemas para entender cómo ocurre la brecha de género: (1) la diferencia entre hombres y mujeres académicas dirigiendo proyectos de investigación es significativa particularmente cuando la naturaleza de los proyectos se pone de manifiesto.  Por ejemplo, en proyectos que están más vinculados con “la práctica escolar” (como son los proyectos Explora) nos encontramos que en el año 2017, 340 proyectos fueron adjudicados a hombres versus 1.033 a mujeres.  En contraste, en instrumentos (PIA-Conicyt) orientados a generar investigación con producción de alto impacto y que requieren destrezas para generar redes institucionales, el número de hombres dirigiendo estos tipos de proyectos alcanza a 138 versus 26 mujeres. Estos números dicen algo por sí solos. 

Vamos a nuestro segundo dato. Si ponemos atención a cómo la brecha de género se produce en espacios escolares, entendiendo el género como aquellas diferencias “naturales” entre hombres y mujeres, es crítico comprender cómo las niñas aprenden sobre sus capacidades y para lo que, en definitiva, están destinadas. Por ejemplo, algunos de los estudios etnográficos que hemos realizado en los últimos años muestran cómo los adultos piensan que se debe educar a las niñas. La siguiente cita habla por sí sola:

En una conversación con un profesor acerca del significado de “ser señoritas”, éste señala: “la reivindicación de género no es responsabilidad de la escuela. En la escuela se enseña a las niñas a ser buenas personas, señoritas, damitas, esto significa que se comporten acorde a su género, que sean educadas, que tengan buenas costumbres, moral, buenas prácticas. Que no abran las piernas al sentarse, sean respetuosas, no se coman las uñas. Esta es una de las fortalezas, la formación de señoritas en esta escuela” (2016).

Si esta es la forma de pensar a las niñas (y como consecuencia, también es una forma de educar a los niños), no es tan difícil hacer una relación entre aquello que se aprende en la escuela y cómo esto se traduce en diferencias a la hora  de tomar decisiones en las vidas adultas (como por ejemplo, escoger carreras profesionales). Ahora la pregunta que nos queda es, ¿dónde debiéramos poner el esfuerzo para una política que transforme estas formas de educar a hombres y mujeres? Mi propuesta es que debemos educar en aquello que llamamos género, de tal manera que dejemos de justificar la desigualdad a propósito de lo que hemos naturalizado como “diferencias de género”.

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