Efecto dominó: cuando las posibilidades laborales femeninas no cuadran con las necesidades del país
Chile cruzó un umbral que parecía propio de países lejanos y envejecidos: menos de un hijo por mujer. Además, según estimaciones del INE, se proyecta que entre 2027 y 2028 las defunciones superen a los nacimientos, iniciando un período de crecimiento natural negativo. ¿Por qué ocurrió esto? ¿Qué efectos tiene?
Durante años, el debate público ha buscado explicaciones rápidas: cambios culturales, nuevas prioridades, decisiones individuales. Sin embargo, la evidencia muestra que la caída de la natalidad está estrechamente ligada a cómo el país organiza el trabajo, los cuidados y, en particular, la inserción laboral de las mujeres en un mundo cada vez más competitivo. No es que Chile tenga pocos hijos: es que Chile se transformó en un país donde criar se volvió un riesgo.
El filósofo coreano Byung-Chul-Han plantea que el eros se ha diluido por el narcisismo digital, la veneración al rendimiento individual y la consecuente incapacidad de conectar con el otro (La agonía del Eros). Sin embargo, la postergación de la maternidad y paternidad no responde a una falta de deseo individual, sino a un cambio estructural en la forma de vivir la adultez, influido por el alto costo de la vida, la inestabilidad laboral, la dificultad de conciliar trabajo y familia, la carencia de redes de apoyo, entre otros. No hemos construido una cultura empática para tener hijos, menos aún para ser madre.
Las brechas y dificultades económicas activan una racionalidad doméstica que refuerza sesgos culturales. En hogares donde alguien debe reducir su jornada o salir del mercado laboral para cuidar, la decisión suele recaer en quien gana menos o tiene menor estabilidad: las mujeres. Así, el cuidado de hijos, personas enfermas y adultos mayores se feminiza. Es lo que ha ocurrido en Chile.
El efecto dominó comienza en el empleo femenino. Cuando las mujeres enfrentan mayor informalidad, menores salarios y trayectorias laborales más frágiles, el costo económico de la maternidad se dispara. En Chile, la informalidad laboral femenina alcanza cerca del 30%, superando la masculina, lo que implica menor protección social, menor estabilidad y mayor vulnerabilidad frente a interrupciones laborales.
Chile necesita romper este círculo vicioso con políticas integrales en donde formar familia deje de ser un acto heroico, transformándose en un camino para construir una sociedad en la que todos (mujeres y hombres) puedan desarrollarse y proyectarse en plenitud. Si este problema lo seguimos postergando, no solo continuaremos envejeciendo, sino que a futuro pondremos en jaque los sistemas de pensiones, de salud, de cuidados y del propio mercado laboral.
¿Cómo avanzar? Primero, tratar la sala cuna y la primera infancia con prioridad social y económica. Segundo, abordar la temática de los cuidados con altura de miras, en corresponsabilidad, haciéndose cargo del envejecimiento acelerado. Tercero, reducir la informalidad laboral femenina como una política demográfica indirecta, disminuyendo el costo y riesgo de tener hijos. Y cuarto, avanzar hacia una educación a lo largo de la vida que extienda la proyección laboral de hombres y mujeres.
Por Lucas Palacios Covarrubias, rector de Inacap.
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