¿El acercamiento entre EE.UU. y Corea del Norte quedó en el olvido?

Donald-Trump-y-Kim-Jong-Un



Por Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae

Hace un año, el 30 de junio de 2019, Kim Jong-un y Donald Trump se reunieron por última vez. El encuentro ocurrió en el complejo de Panmunjom, al interior de la zona desmilitarizada que separa ambas coreas, oportunidad en la que Trump aprovechó de cruzar al lado norcoreano y convertirse así en el primer mandatario estadounidense en -técnicamente- “visitar” Corea del Norte.

Fue un encuentro mediático que dejó decenas de fotos de sonrisas y apretones de manos. Y muchos lo vimos como un intento por reflotar el diálogo entre Washington y Pyongyang. Pero la esperada reactivación jamás ocurrió y el tema ha ido perdiendo cada vez más urgencia dentro de la política exterior de Estados Unidos.

Eso explica, en gran medida, el endurecimiento del régimen de Kim con EE.UU. y Surcorea. Un ejemplo de eso fue lo ocurrido el pasado 16 de junio, cuando el gobierno norcoreano destruyó con explosivos la oficina de enlace con Corea del Sur -construida hace dos años en la localidad de Kaesong y vacía desde hace meses-, demostrando así su molestia y frustración.

Pyongyang había amenazado con romper el acuerdo intercoreano de 2018 si Seúl no tomaba acciones concretas para detener el envío de globos cargados con panfletos contrarios al gobierno norcoreano, que activistas y desertores estaban enviando desde el otro lado de la frontera.

Y aunque el Ministerio de Unificación surcoreano dijo que había denunciado a los grupos responsables, la cada vez más poderosa hermana menor del gobernante norcoreano, Kim Yo-jong, aseguró que Norcorea tomaría acciones en contra de su vecino por sus “traiciones” y “herir el prestigio” de su líder.

Por su parte, Kwon Jong-gun, director general del Departamento de Asuntos Estadounidenses de la Cancillería norcoreana, declaró que Washington debería “callarse y ocuparse de sus asuntos internos primero”. Mientras que el propio ministro de Relaciones Exteriores de Corea del Norte, Ri Son-gwon, acusó a Estados Unidos de pretender derrocar al régimen. Y afirmó que “no hay nada más hipócrita que una promesa vacía”, en alusión al estancamiento producido entre ambos tras la fracasada cumbre de Hanói, en febrero de 2019.

Es probable que Washington mantendrá congelado el diálogo con Norcorea hasta después de las elecciones de noviembre, en las que Trump buscará la reelección. Sobre todo, porque para los votantes estadounidenses -en general- la economía y los asuntos internos resultan más urgentes que los temas de política exterior de la superpotencia.

Pero mientras más tiempo pase, más difícil será retomar las negociaciones destinadas a lograr la desnuclearización de la península. Después de todo, para Kim Jong-un el acercamiento con Donald Trump representaba una esperanza de lograr el levantamiento total o parcial de las sanciones que ahogan desde hace años a la economía del hermético país.

Y en la medida que no ha habido avances concretos desde que ambos se reunieron por primera hace dos años en Singapur, resurge el temor de que Pyongyang reanude a gran escala las pruebas de sus misiles balísticos o incluso concrete un séptimo ensayo nuclear. Medidas que, sin duda, afectarían el frágil diálogo entre EE.UU. y Corea del Norte, pero que también podrían complicar las ya deterioradas relaciones entre Estados Unidos y China.

Pero, ¿y si Joe Biden gana la elección y se convierte en el próximo presidente de Estados Unidos? Probablemente los demócratas instalarán un nuevo enfoque en las negociaciones con Norcorea -quizá retomando la línea de Barack Obama-, lo que la dinastía Kim podría interpretar como un retroceso.

Lo que está claro es que la impaciencia está creciendo en Pyongyang y la comunidad internacional no debería dejar este tema en el olvido, porque las consecuencias podrían ir más allá de la tradicional retórica norcoreana.

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