¿El feminismo está de moda?

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Por Yanira Zúñiga, profesora titular Instituto de Derecho Público Universidad Austral de Chile

En 2017, Dior lanzó una camiseta cuyo lema (“We should all be feminists”) emulaba el título de una charla dictada por la reconocida escritora nigeriana Chimamanda Ngozi. En esa charla, luego recogida en un libro, ella definía el feminismo como un proyecto de justicia social que parte del reconocimiento de la desigualdad de género y se compromete activamente con su superación. En sus palabras, “feminista es todo hombre o mujer que dice: sí, hay un problema con la situación de género hoy en día y tenemos que solucionarlo, tenemos que mejorar las cosas”.

A lo largo del tiempo, el feminismo se ha presentado de forma episódica, como una sucesión de períodos intensos (olas) y de letargos. Todo indica que atravesamos la cresta de una nueva ola feminista, derivada de un recambio generacional y de una tendencia expansiva. En efecto, la fuerza del feminismo actual radica en su capacidad de convocar y movilizar diversas agendas políticas (antisexistas, anticapitalistas, antirracistas, contra la homofobia etc.). Sin embargo, aun en estos períodos de apogeo, el feminismo no deja de ser molesto. Chimanmanda Ngozi resalta esta característica de modo vivencial. Relata que antes de saber siquiera en qué consistía el feminismo, la etiqueta “feminista” se le espetaba de manera peyorativa, como una marca estigmatizadora que le reprochaba su osadía de discrepar.

La hostilidad hacia el feminismo se ha reducido, pero no ha desaparecido. Subyace en quienes rehúyen nombrarlo, lo reemplazan por sucedáneos -como hizo una candidata a la Convención Constituyente al sustituirlo por un humanismo androcéntrico- o lo tergiversan y caricaturizan -como ocurrió con un candidato a gobernador regional de la RM, quien, durante una intervención televisiva cantinflesca, lo describió en clave neoliberal. La forma enmascarada de la hostilidad hacia el feminismo es, entonces, el intento de apropiárselo.

Pero, el feminismo no es domesticable. Pretender que se ajuste a un cierto lenguaje, imaginario o práctica convencional es pedirle peras al olmo. La tradición subversiva del feminismo está anclada a una larga historia de reivindicaciones que reposa sobre un imperativo de justicia no negociable. Si bien no hay una sola forma de ser feminista, sino muchas, y se puede ser feminista incluso sin ser del todo consciente de ello (como le ocurrió a la misma Simone de Beauvoir al escribir “El segundo sexo”), no toda práctica o discurso sobre las mujeres es feminismo. Parafraseando a Chimanmanda Ngozi, el feminismo denuncia la opresión de género, ese sistema que prescribe lo que somos, tiñe nuestras experiencias y dicta nuestros destinos. El feminismo no es una moda, pero deviene una mercancía no solo cuando se le usa para vender camisetas, como lo hace Dior, sino también cuando sus demandas por una sociedad más justa son instrumentalizadas para hacer marketing político.

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