El quiebre de Occidente como ente geopolítico
El año 2026 no podría haber comenzado peor. El ataque de EE.UU. a Caracas para secuestrar a Nicolás Maduro, que dejo 100 muertos, fue seguido por el anuncio del Presidente Trump de querer anexar Groenlandia. Los mismos que aplaudieron a rabiar lo primero, han guardado un silencio ensordecedor acerca de lo segundo. Los más patéticos han sido los propios europeos. Hicieron la vista gorda ante la crasa violación del Derecho Internacional que implico el ataque a Venezuela. Pensaron que con eso se congraciarían con el actual ocupante de la Casa Blanca, sin darse cuenta de que “quien calla, otorga”.
Y lo de Groenlandia no salió de la nada. Como señala la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 del mes de noviembre, la actual administración en Washington siente un notorio desprecio por la Europa de hoy. El proyecto de integración regional europeo, su apertura al pluralismo religioso y étnico, su compromiso con el multilateralismo y afán por combatir desafíos globales como el calentamiento global, son profundamente antagónicos a la ideología MAGA.
Ya en la Conferencia de Seguridad de Munich en febrero, el vicepresidente estadounidense J.D. Vance, dio muestra de ello. Sus críticas más duras no fueron para Rusia, sino que para los gobiernos europeos, por su alegada intolerancia con los partidos de extrema derecha y su aceptación de crecientes minorías islámicas y de personas de color. Ello dio una pauta para la creciente brecha surgida en 2025 entre Washington y Bruselas, de lo cual la anexión de Groenlandia sería la culminación.
Más allá de ello, sin embargo, la verdad es que la actual crisis de la alianza transatlántica, que puede poner fin a la OTAN, base de la noción de “Occidente” como ente geopolítico, se debe también a la profunda debilidad que ha mostrado Europa ante las repetidas arremetidas de EE.UU. A diferencia de países como China y Brasil, que no se han dejado “mangonear” por las amenazas arancelarias y de otro tipo por parte de Washington y se han terminado imponiendo, los gobiernos europeos y la propia UE se han humillado una y otra vez ante las exigencias de Trump. La visita de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen al campo de golf privado de este último en Escocia en julio, para firmar un acuerdo comercial vergonzosamente unilateral con EE.UU. es el caso más notorio. Como nos dicen los cuentos del Conde Lucanor, si al principio no muestras quién eres, nunca podrás cuando quisieres.
En el turbulento cuadro del orden internacional, en que la competencia entre EE. UU. y China sigue fijando la dinámica principal, América Latina ha pasado de su tradicional condición periférica a ocupar un escenario central. La noción, muy común en Chile, que abanderizarse con una de las partes y agachar el moño sería el camino hacia adelante, porque somos parte de “Occidente”, ha demostrado ser falsa. Ya no hay tal cosa. Ante la incertidumbre actual, la única alternativa es mantener nuestras opciones abiertas.
Por Jorge Heine, investigador no residente en el Quincy Institute
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