Opinión

“El tiempo en las bastillas” (un relato íntimo)

En la profundidad de esa noche, las estrellas titilaban sobre el bosque que corona la Quinta Vergara; más abajo, miles de almas con el fuego de sus antorchas … yo podía sentir mi corazón golpeando la guitarra, mientras cantaba El tiempo en las bastillas.

Lo que ocurrió el verano del año 78 en el Festival de Viña del Mar fue inolvidable y al pasar de los años, conservo esa sensación de haber experimentado algo mágico.

Esta experiencia transita la memoria como un episodio de emoción colectiva e íntima a la vez; es difícil definir en palabras esa noche que definió mi vida en un antes y un después.

Como en los años anteriores, había enviado dos canciones a la competencia del Festival, que recibía no menos de 700 postulaciones en cada edición. Y aunque mi entusiasmo era grande, ya podía intuir que las canciones que componía no eran lo suficientemente atractivas para las disqueras y, por lo mismo, suponía que tampoco para la radio y menos aún para la TV.

Desde 1975 enviaba canciones y competía en distintos festivales y me ilusionaba cada vez que ganaba uno de esos certámenes, aunque mi alegría y los abrazos de cada final siempre terminaban conmigo sentado en bus de regreso a Santiago, con la guitarra y algún diploma o trofeo. Así eran las cosas; presentaba mi canción, la aplaudían, a veces con fervor; obtenía un buen lugar, me ilusionaba, soñaba esa noche, y al día siguiente todo era increíblemente igual a la semana anterior… en la carretera, un bus, y comenzando a aceptar que estas canciones mías se quedarían anónimas en mis casetes o en las bastillas de aquel tiempo. Tal vez por esa incerteza mía, cada marzo regresaba a clases en la universidad, aunque sin una real motivación.

Me daba cuenta, además, que un dejo de melancolía impregnaba casi todo lo que escribía y que no era una buena receta para un tiempo en que la radio y la TV privilegiaban formas y ritmos más alegres o festivos.

En noviembre de 1977, una de mis canciones, como un genio, escapó de su lámpara para convertirse en mi primer disco; un vinilo 45 RPM.

Mi canción había ganado el primer lugar en un festival transmitido por la televisión y eso claramente ayudó a que una compañía de discos se interesara en publicar Un café para Platón.

En menos de dos semanas, con alegría y algo de incredulidad, vi como el café para Platón sonaba repentinamente en las radios de Santiago y del país; como consecuencia de esa masividad la canción pronto escaló en los rankings de difusión y ventas.

En tanto, mi rutina personal como estudiante del Pedagógico de Universidad de Chile seguía más o menos igual, con la diferencia que algunas personas me reconocían y firmaba mis primeros autógrafos. Después vinieron las llamadas para algunas entrevistas y, en breve, mis actividades se multiplicaron; y volví al estudio para grabar ahora un larga duración con diez canciones. A diario ensayaba con el maestro Guillermo Riffo, inolvidable amigo, que preparaba los arreglos para esas nuevas canciones.

Poco antes de Navidad, desde Viña del Mar me avisan que habían clasificado la dos canciones que un par de meses antes envié a la competencia del Festival, y ahora debía optar por una de ellas.

Unos minutos después de esa llamada de la organización me decidí por El tiempo en las bastillas, dejando en el camino a Golondrinas de metal, la que había sido mi preferida hasta entonces; ciertas situaciones vividas en las semanas previas, influyeron en esa determinación. La cuestión es que ahora me sentía más identificado e inmerso en la narrativa de esa desconocida canción llamada El tiempo en las bastillas.

A pocos días del inicio de ese Festival del 1978, tuve un aterrizaje forzoso luego que la avioneta en que viajaba viniendo desde Valdivia a Viña fuera engullida por una tormenta y terminara medio enterrada en el barro de un potrero al sur de Gorbea, en la Araucanía, y luego de habernos desviado desde la costa; entre nubes, sin visión y con fuertes ráfagas sobre las montañas de cuesta Lastarria.

Esa mañana, con los pies en el barro y empapado bajo un diluvio, agradecí al cielo y supe que lo haría el resto de mi vida.

Es algo increíble lo que ocurrió, porque a sólo días de haber visto tan de cerca el fin, estaba parado sobre el escenario de la Quinta Vergara; con el corazón latiéndome fuerte tras la guitarra, con mis manos sosteniendo dos gaviotas en lo alto y mis ojos llenándose de antorchas.

Mientras todo ocurría, mi mente repetía una breve y hermosa oración que mi madre me enseñó de niño. En el corazón tenía una llama que me acompañaría por el resto de la vida.

Por Fernando Ubiergo, cantautor chileno.

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