Elefantes en la cristalería
Megáfono en mano y voz en cuello el Presidente de le República intentó explicar, a funcionarios de la salud en Temuco, que el oficio de Hacienda que planteaba descontinuar más de 140 programas sociales no derivaría en recortes que pongan en riesgo la vida o la salud de ningún niño.
Se trata de una garantía modesta, que duda cabe, sobre todo porque la promesa del gobierno actual mientras estuvo en campaña fue que las metas de recorte fiscal -que el consenso técnico tildaba de poco realistas- fue explícita en orden a que se alcanzarían sin recortar beneficios sociales. Y entre esa promesa amplia y un acotado “les garantizo que los recortes no matarán a ningún niño” hay una distancia significativa.
Pero más allá del ajuste de expectativas que toca a todo gobierno realizar una vez que toma la guitarra en sus manos, lo llamativo del gesto presidencial es que, nuevamente y en el marco de pocas semanas, haya tenido que salir el Presidente a blindar, explicar o contextualizar a uno de sus ministros. El asunto no es menor y de hecho ya ha despertado una ola de críticas dentro del propio oficialismo, donde cada día hay menos tolerancia para llenar con explicaciones los casilleros que hasta hace poco se colmaban de promesas.
Ahora bien, de todas las críticas que se han desplegado en los últimos días, la más significativa es la que emana del presidente del partido del Presidente de la República. Y es que Arturo Squella es mucho más que el timonel de los Republicanos: es uno de los escuderos principales de Kast, a quien apoya desde que no era más que un desafiante candidato retador escindido de la, hasta entonces, frontera derecha del mapa político local.
De hecho, antes de que fuera Squella el portavoz de la crítica, la mayoría de las tensiones con el diseño, las políticas o los elencos del gobierno era leída en el marco de la distancia entre coaliciones que, aunque hoy gobiernan juntas, compitieron duramente entre sí hasta la primera vuelta electoral. Pero cuando el dardo sale de la boca de quien hasta hace poco era considerado como el cónsul más cercano a Kast, es necesario ajustar los instrumentos.
Que el elenco de gobierno no convence en las propias filas del oficialismo es un secreto a voces. Y tampoco es un misterio que varios de los nombres escogidos ya han sido, en la práctica, desahuciados por los políticos profesionales, entre quienes ya han comenzado a asomar los comentarios sobre quiénes comen pan de pascua, toman chicha en cacho o son capaces siquiera de llegar a la primera cuenta pública. Hasta aquí nada nuevo.
Dónde si se está comenzando a generar una tensión mayor es alrededor de los denominados “hombres fuertes” del gabinete: el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz; el ministro de Vivienda, Iván Poduje y el jefe del segundo piso, Alejandro Irrarrázaval. Todas figuras que se mueven con un cierto desparpajo; poseen personalidades más propensas a pedir perdón que permiso y que, según se puede apreciar hasta ahora, mantienen un altísimo concepto de sí mismos.
Por ahora la crítica principal se ha centrado en la falta de tino en una u otra declaración, o en la baja sensibilidad que cada uno tiene en materia de consideraciones políticas o comunicacionales. Se les apunta como a elefantes dentro de una cristalería y los llamados no son a la destitución sino a una mayor coordinación.
Pero lo que está en el fondo de la fisura que estas críticas develan, es una acelerada pérdida de cohesión oficialista, motivada por un inconfesable desengaño de quienes, hasta hace poco, se veían como figuras centrales del proyecto y se comienzan a sentir ahora como meros actores de reparto. Esa es una historia que rara vez termina bien y que, más temprano que tarde, demandará el arbitraje del Presidente. Porque en este diseño, todo pende de él.
Por Camilo Feres, director de Asuntos Políticos y Sociales de Azerta
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