Ángel Soto

Ángel Soto

Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales Universidad de los Andes

Opinión

Escribiendo la historia de la vejez

Foto: Agencia Uno

Los historiadores preguntamos desde nuestro presente al pasado por la necesidad de comprendernos.  En esa mirada a tiempos pretéritos, descubrimos obviedades, como que en el pasado había mujeres, niños, pobres, comida, juegos infantiles, y un largo etcétera que la historia tradicional olvida.

Hoy, es tiempo de saber que también había ancianos, adultos mayores, años dorados, tercera edad. ¿Vivían éstos una época de gloria o más bien su rol estaba minusvalorado?

La misma aproximación conceptual, es una forma de abordar culturalmente lo que nos preocupa: ¿en qué momento pasamos del anciano y el viejo a los años dorados, la tercera edad o el adulto mayor? ¿Cuáles son los imaginarios que construyeron las sociedades al respecto? ¿Había viejos?

Una rápida mirada –por ejemplo- al promedio de vida de los presidentes de la república de Chile durante el siglo XIX, nos muestra que fue de 67 años. El más “anciano” fue José Joaquín Pérez, que falleció de 88 años seguido de Manuel Blanco Encalada quien alcanzó los 86. En un contexto cuya esperanza de vida era tan solo de 32 años. En el siglo XX, la edad promedio de los mandatarios fue 73 años, aunque la esperanza de vida era de 56. El más longevo, hasta ahora, fue Patricio Aylwin quien murió de 98 años.

Si observamos la esperanza de vida entre 1910 y el 2010, vemos que se duplicó, pasando de 30  a 79 años.

Con la historiadora Catalina Tressler, estamos escribiendo la historia de la vejez en Chile. Y una cosa esencial, es distinguir entre este adulto mayor a título individual y el grupo social. Una pregunta inicial es ¿cuándo comenzamos a ser viejos? No se trata de la “edad del espíritu”, sino que, antiguamente esto tenía que ver más bien con el aporte económico.

Pat Thane en su libro Old Age in English History, se pregunta ¿estamos frente a un tema o un problema?

El adulto mayor pasa por etapas dependiendo de su contexto socioeconómico. Desde un pater familia que encabezaba la mesa rodeado de los suyos, al anciano venerado, escuchado, pero también postergado, excluido y olvidado. Son un grupo históricamente marginalizado.

Observamos como varios pasaban sus días de retiro en sus casas, en plazas, otros fueron eran acogidos por instituciones de caridad, fundamentalmente religiosas, pero también hay quienes fueron internados  en hospitales psiquiátricos. Del mismo modo, es importante conocer en qué momento del siglo XX el Estado asumió una responsabilidad. No solo con sistemas de pensiones y leyes sociales, sino que fiscalizando hogares –muchos clandestinos- y asilos. La caridad privada se mantuvo en fundaciones, pero más tardíamente también los gobiernos locales se hicieron cargo de programas para el Adulto Mayor que explotan –en buena hora- la industria del ocio y la entretención-, aportando compañía y apoyo.

En  fin, como dice Víctor Alba: “la vejez no es solo cuestión de pensiones, comodidad, cuidados, seguridad material, alojamiento especial”, es un estado de ánimo que refleja las condiciones físicas y mentales, pero también se deriva, “sobre todo, del estado de ánimo de los no viejos respecto a la vejez”.

 

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